jueves, 20 de julio de 2017

Domingo XVI del Tiempo Ordinario (A)



23-7-17                        DOMINGO XVI TIEMPO ORDINARIO (A)

Homilía en vídeo
Homilía de audio
Queridos hermanos:
            Como os decía el domingo pasado, voy a repetir lo dicho en los ejercicios espirituales que impartí en Oviedo y en Lugo en esta Cuaresma. Hoy, de la mano del Papa Francisco, hablaré un poco de lo dicho por san Pablo a los corintios en el capítulo 13. Se trata del famoso himno de la caridad, que se lee en tantas bodas.
Quisiera en este momento profundizar un poco en este bello texto de la Palabra de Dios, que dice así: “El amor es paciente, es servicial; el amor no tiene envidia, no hace alarde, no es arrogante, no obra con dureza, no busca su propio interés, no se irrita, no lleva cuentas del mal, no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1ª Co 13,4-7). Sí, aquí el Señor, por la pluma de san Pablo, nos habla de amor y los esposos lo utilizan en tantas ocasiones para acompañar su consentimiento matrimonial. En la Exhortación Postsinodal Amoris Laetitia (nn. 90-119) el Papa Francisco explica el significado de cada palabra de san Pablo. Vamos a escuchar lo que nos dice el Papa: En este himno se ven “algunas características del amor verdadero” (n. 90).
Hemos de escuchar todo lo que se dice hasta el final. No podemos formarnos ya una idea por una de las palabras. Esto es como un puzle, que sólo tiene sentido cuando se termina. Lo que percibimos ahora, lo que entendemos ahora… es cierto, pero es parcial. Esperemos hasta el final para tener una visión completa.
Descubramos con estas palabras cómo tenemos que amar y cómo no tenemos que amar, cómo nos aman bien y cómo nos aman mal. Tan importante es saber lo que debe de ser, como saber lo que NO debe de ser.
No tengamos miedo a lo que descubramos aquí. Estamos siempre escondiéndonos y mostrándonos de un modo u otro, según a quien, para ser aceptados y con miedo a ser rechazados. Podemos descubrir que nuestro matrimonio, amistad… no es verdadera según este relato del amor. No tengamos miedo. Vamos a partir de esta la realidad que descubrimos en julio de 2017, y desde ahí podemos cambiar, mejorar, transformar, avanzar...
            Durante varios domingos profundizaremos en este texto y haremos trece paradas para descubrir un poco más qué es y cómo es el amor.
1.- Paciencia
2.- Actitud de servicio
3.- Sanando la envidia
4.- No hace alarde ni es arrogante
5.- Amabilidad (no obra con dureza)
6.- No busca su propio interés
7.- No se irrita (sin violencia interior)
8.- No lleva cuentas del mal (perdón)
9.- Alegrarse con los demás
10.- Disculpa todo
11.- Confía
12.- Espera
13.- Soporta todo
1.- Paciencia.
La paciencia la tiene Dios, que es “lento a la ira” (Ex 34,6; Nm 14,18). Dios da tiempo al arrepentimiento. Por eso, la paciencia de Dios es signo de su misericordia con el pecador. A partir de la paciencia de Dios, el Papa saca una serie de indicaciones muy prácticas de cómo hemos de vivir la paciencia con los demás: La paciencia “se muestra cuando la persona no se deja llevar por los impulsos y evita agredir” (n. 91). “Tener paciencia no es dejar que nos maltraten continuamente, o tolerar agresiones físicas, o permitir que nos traten como objetos[1]. El problema es cuando exigimos que las relaciones sean celestiales o que las personas sean perfectas, o cuando nos colocamos en el centro y esperamos que sólo se cumpla la propia voluntad. Entonces todo nos impacienta, todo nos lleva a reaccionar con agresividad. Si no cultivamos la paciencia, siempre tendremos excusas para responder con ira, y finalmente nos convertiremos en personas que no saben convivir, antisociales, incapaces de postergar los impulsos, y la familia se volverá un campo de batalla […] Esta paciencia se afianza cuando reconozco que el otro también tiene derecho a vivir en esta tierra junto a mí, así como es. No importa si es un estorbo para mí, si altera mis planes, si me molesta con su modo de ser o con sus ideas, si no es todo lo que yo esperaba. El amor tiene siempre un sentido de profunda compasión que lleva a aceptar al otro como parte de este mundo, también cuando actúa de un modo diferente a lo que yo desearía” (n. 92).
2.- Actitud de servicio.
“Pablo quiere aclarar que la ‘paciencia’ nombrada en primer lugar no es una postura totalmente pasiva, sino que está acompañada por una actividad, por una reacción dinámica y creativa ante los demás. Indica que el amor beneficia y promueve a los demás. Por eso se traduce como ‘servicial’” (n. 93).  “Pablo quiere insistir en que el amor no es sólo un sentimiento, sino que se debe entender en el sentido que tiene el verbo ‘amar’ en hebreo: es ‘hacer el bien’” (n. 94).

[1] Un día en Covadonga: “Señora que de malos modos me dice: ¡coge eso!... ¡extiende esto!” Pensaba que estaba hablando con su marido.

jueves, 13 de julio de 2017

Domingo XV del Tiempo Ordinario (A)



16-7-2017                               DOMINGO XV TIEMPO ORDINARIO (A)

Homilía de audio
Queridos hermanos:
            Ya sabéis que, cuando llega el verano, suelo coger una serie de temas para predicar los domingos. De esta manera predico las homilías y a la vez doy una formación cristiana, que ¡buena falta nos hace a todos! Pues bien, este año he pensado en repetir lo dicho en los ejercicios espirituales que impartí en Oviedo y en Lugo en esta Cuaresma. Hablé entonces sobre la siembra que hacemos en nuestras vidas (que repetiré hoy) y también expliqué el himno de la caridad de san Pablo de la mano del Papa Francisco.
Vamos ya con la primera parte aprovechando que las lecturas de hoy nos hablan de sembrar.
Hay unas palabras de san Pablo en la carta a los Gálatas que dicen así: “No os engañéis: nadie se burla de Dios. Se recoge lo que se siembra: el que siembra para satisfacer su carne, de la carne recogerá sólo la corrupción; y el que siembra según el Espíritu, del Espíritu recogerá la Vida eterna. No nos cansemos de hacer el bien, porque la cosecha llegará a su tiempo si no desfallecemos” (Ga 6, 7-9).
- Un labrador va a un campo de su propiedad. En él, y según la época del año y el lugar en donde esté, puede dejarlo tal y como está, o prepararlo para que dé hierba para el ganado, o plantar maíz, o plantar patatas, o plantar trigo, o… Según lo que plante y trabaje en el campo, eso cosechará. Si no siembra, si no trabaja, ni riega, ni cuida lo sembrado, entonces… no cosechará nada o casi nada.
Esto mismo se puede decir en otros ámbitos de la vida: un estudiante tiene que matricularse, asistir a clase, recoger notas de las explicaciones del profesor, completar lo impartido en clase con lecturas y trabajos en casa y en la biblioteca, estudiar… y presentarse a los exámenes. Sólo, después de ‘sembrar’ todo lo anteriormente dicho, podrá ‘cosechar’ los frutos de su esfuerzo: un título, unos conocimientos, unas capacidades, una posibilidad de entrar con la debida preparación y titulación en el mundo laboral. Si no hace esto, no puede después pretender tener un determinado puesto en una empresa o cobrar una determinada cantidad de dinero. Siempre recuerdo que hace ya unos cuantos años una sobrina mía dejó los estudios con 16 años. En aquel momento traté de convencerla para que siguiera estudiando. Me contestó que no, que quería trabajar y ganar dinero. No hubo manera de que diera marcha atrás. Cuando pasados unos 7 años, y como quiera que sólo conseguía trabajos precarios, mal remunerados y con muchas horas trabajadas, me decía que no iba a consentir que la siguieran explotando. A esto le respondí que, con la ‘preparación’ que ella tenía, podía aspirar a trabajos con remuneraciones de 2.000 € a la semana. Mi sobrina, para su desgracia, estaba recogiendo… lo que había sembrado.
Lo mismo podemos decir en el ámbito de las relaciones afectivas: noviazgo, matrimonio, amistades, hijos… En gran medida recogemos… lo que hemos sembrado o, lo que es peor aún, en muchas ocasiones incluso recogemos los que otros a nuestro lado han sembrado. Pienso ahora en las decisiones[1] que toman otros (por ejemplo, los hijos) y las consecuencias las tienen que pagar los padres.
- SIEMBRA CARNE. Dice san Pablo en su carta a los Gálatas: “El que siembra para satisfacer su carne, de la carne recogerá sólo la corrupción (Ga 6, 8a).
Sí, siembra codicia por los bienes materiales y cosecharás riqueza, pero a costa de machacar a otros hermanos tuyos, hijos de Dios. Les maltratarás, les engañarás, les robarás, envidiarás a los que tienen más que tú, y estarás temeroso de que te puedan quitar lo que tienes.
Siembra codicia por los bienes materiales y cosecharás, quizás, pobreza, pues te puedes arruinar y eso te destrozará a ti mismo, aparte de los cadáveres que has ido dejando por el camino (hermanos por la herencia, familia por el juego…).
Siembra ira y violencia, y cosecharás soledad, terror, rechazo, amargura, desconfianza…
Siembra mentiras, disimulos, falsedades, y nadie se fiará de ti, y tú tampoco te fiarás de nadie.
Siembra soberbia, amor propio, orgullo, y nadie cabrá dentro de tu corazón, pues sólo tú lo estarás ocupando.
Siembra egoísmo y no te ocupes de nadie, y nadie se ocupará de ti (‘Manos que no dais, qué esperáis’).
Siembra materia y no te ocupes de lo espiritual, y tendrás una vida plana y vivirás en la superficie (lo que ves, lo que oyes, lo que tocas) y, cuando llegue el momento de tu muerte, sólo verás un muro o un precipicio horroroso por el que te despeñarás irremediablemente, porque no existe para ti nada después de la muerte.
- SIEMBRA ESPIRITU. Dice san Pablo en su carta a los Gálatas: El que siembra según el Espíritu, del Espíritu recogerá la Vida eterna” (Ga 6, 8b).
O lo que es lo mismo, haz caso del Señor y siembra oración, y recogerás paz a tu corazón, crecimiento de Dios en ti, luz para ver a los demás como hijos del mismo Padre, esperanza en el Señor, soledad acompañada…
Siembra lectura y meditación de la Palabra de Dios, y cosecharás inteligencia y sabiduría divinas, conocerás la voluntad de Dios, encontrarás la Verdad que no se acaba…
Siembra perdón, y recogerás el perdón de Dios, la comprensión de los demás, la paciencia con los defectos del prójimo y con los tuyos propios, la alegría de recibir a los hermanos en la casa del mismo Padre.
Siembra alegría, y recogerás contento interior, risas y agradecimiento de los que te rodean, gozo eterno, ganas de cantar.
Siembra compartir lo que tienes: tus bienes, tu tiempo, tus talentos, y tendrás un milagro maravilloso: ¡Cuánto más des, más tendrás! ¡Cuánto más te entregues y más entregues a los demás, más rico serás!
Siembra Iglesia, ama a la Iglesia, y la sentirás como tu madre, como tu vida, como tu cuidadora en todos los momentos de tu vida.
            Como dice Jesús al terminar el evangelio de hoy: “El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga”.

[1] Droga, deudas, malas elecciones de compañías o de pareja, temeridades con el coche o la moto y los consiguientes accidentes y minusvalías…