jueves, 28 de junio de 2012

Domingo XIII Tiempo Ordinario (B)


1-7-2012                                 DOMINGO XIII TIEMPO ORDINARIO (B)
Homilía de audio en MP3
Queridos hermanos:
            Una vez más, no nos contentaremos con oír el texto del evangelio. Queremos escuchar y queremos profundizar en la Palabra de Dios para que nos dé todo lo que tiene o, al menos, mucho de lo que tiene. Necesitamos la Palabra de Dios para que nos alimente y nos dé vida.
            El evangelio que acabamos de escuchar nos muestra a un Jesús que nos enamora, que nos atrae, que nos enseña, QUE NOS MUESTRA EL VERDADERO ROSTRO DE DIOS. En efecto, veamos qué podemos descubrir a través de lo que nos narra el evangelista San Marcos:
            - Jesús escucha y acoge a quienes se acercan a Él: 1) “Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y al verlo se echó a sus pies, rogándole con insistencia: ‘Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva’.
Jesús se fue con él”.
2) “Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Muchos médicos la habían sometido a toda clase de tratamientos y se había gastado en eso toda su fortuna; pero, en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando que, con sólo tocarle el vestido, curaría”.
            - Jesús sana y cura a quienes se acercan a Él: 1) En cuanto la mujer lo tocó, “inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias y notó que su cuerpo estaba curado”. 2) La hija de Jairo estaba muerta y Jesús la revivió: “La niña se puso en pie inmediatamente y echó a andar”. Jesús nos cura de nuestras enfermedades, de nuestras muertes, de nuestros miedos, de nuestros pecados, de nuestras inseguridades, de nuestras superficialidades…
            - Jesús no se apropia de nada que no sea suyo. Él sabe que la salud, la salvación están en Dios, en Él, pero, cuando las perdemos, sólo podemos recuperarlas con una CONDICIÓN INDISPENSABLE. Y esta condición no está en Dios, sino en el hombre, en nosotros: 1) “La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado, se le echó a los pies y le confesó todo. Él le dijo: ‘Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud’”. 2) Por eso, porque la condición para la salud, para la vida, para la salvación, para la santidad está en nosotros y no únicamente en Dios, es por lo que Jesús, cuando dicen a Jairo que su hija ha muerto y que no hace falta que siga molestando a Jesús, le recuerda esa condición: “No temas; basta que tengas fe.
            - ¿Cómo sabemos nosotros que estamos poniendo esa CONDICIÓN para que el Dios de la salud, el Dios de la salvación, el Dios de la santidad… actúe en nosotros? Lo que está claro es que Jairo y la mujer que padecía flujos de sangre sí que pusieron esa condición. El evangelio nos dice muy poco de sus sufrimientos interiores, de sus dudas, de sus pensamientos, de su historia personal, de su familia, de su fe, de sus pecados…, pero sí que se ven en el evangelio una serie de coincidencias en ambos en lo poco que se nos dice de ellos: 1) Los dos se aproximan a Jesús: “Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo”; la mujer que padecía flujos de sangre “oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto”. 2) Los dos se echan a los pies de Jesús: uno para suplicarle por su hija enferma y la otra para reconocer lo que le había sucedido al tocarle el manto: Jairo “al verlo se echó a sus pies”; “la mujer se acercó asustada y […] se le echó a los pies”. Este ‘echarse a los pies’ indica confianza, súplica y humildad. En definitiva, la ‘condición indispensable’ de la que hablaba más arriba ha de tener estos ingredientes: búsqueda y acercamiento a Jesús, confianza absoluta en Él, petición de auxilio y la humildad necesaria para reconocerse necesitado de Dios y que sólo Él puede ayudarnos. ¿Sabéis cómo se llama en cristiano esta ‘condición indispensable’? Pues se llama FE.
            - ¿Os acordáis que el otro domingo, en la homilía sobre San Juan Bautista, os decía que Zacarías dudó que Dios pudiera lograr que Isabel, una mujer anciana y estéril, quedará encinta por la acción su marido, también anciano? Pues lo mismo sucede en el evangelio de hoy: Familiares, empleados o conocidos de Jairo le dijeron a éste: “Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?” Y, cuando Jesús llega a la casa y dice que “la niña no está muerta, está dormida”, todos se rieron de Él. Esas personas miraban y hablaban de tejas para abajo; no esperaban nada de Dios, pues tantas veces la vida les había dicho que de la muerte nadie volvía, y así lo habían experimentado. Ellos podían esperar la curación de un buen médico, de un profeta, de un mago o incluso hasta de Jesús. Lo que no esperaban de nadie… era que hiciera volver a la vida a quien había muerto.
            - Ya para terminar, comento las preciosas palabras que Jesús dirige a la hija de Jairo: “Talitha qumi (que significa: contigo hablo, niña, levántate)”. Jesús habla contigo, conmigo, con nosotros:
1) TALITHA: ‘Contigo hablo, niño-niña-hombre-mujer-anciano-anciana-rico-pobre-sano-enfermo-santo-pecador-creyente-ateo-de izquierdas-de derechas…’ TALITHA…
2) QUMI: ‘levántate’. Sí, levántate del suelo, levántate de tu pecado, levántate de tus miedos, levántate de tu muerte, levántate de tus complejos, levántate de tus esclavitudes, levántate de tus seguridades, levántate de tu sabiduría, levántate de tu fuerza, levántate de tu debilidad, levántate de tu riqueza, levántate de tu pobreza, levántate de lo que tienes, levántate de lo que te falta… Levántate de ahí, pues eso no te da la VIDA y ven a mí. “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré” (Mt. 11, 28).

jueves, 21 de junio de 2012

Natividad de San Juan Bautista (B)


24-6-2012                   NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA (B)
Homilía de audio en MP3
Queridos hermanos:
En este día en que celebramos la Natividad de San Juan Bautista me voy a fijar en dos aspectos del evangelio de hoy:
- En unos versículos anteriores al texto que acabamos de escuchar se nos dice que Zacarías, padre de Juan Bautista, se quedó mudo por no dar crédito a las palabras del ángel que le anunció de parte de Dios que su mujer iba a concebir un hijo (“El ángel le dijo: ‘No temas, Zacarías; tu súplica ha sido escuchada. Isabel, tu esposa, te dará un hijo al que llamarás Juan’” [Lc. 1, 13]). Isabel, la mujer de Zacarías, era estéril y también anciana. Zacarías estuvo más de nueve meses mudo y durante este tiempo pudo pensar, orar y recibir la gracia del Espíritu que le ayudó a profundizar en su fe; una fe que era rutinaria, llena de costumbres y sin experiencia real, concreta y cercana de Dios. Conocía a Dios simplemente de oídas. No, no era el mismo Zacarías el que en el templo de Jerusalén dijo al ángel, que le anunció el próximo nacimiento de un hijo engendrado por su mujer estéril y anciana: “¿Cómo puedo estar seguro de esto? Porque yo soy anciano y mi esposa es de edad avanzada” (Lc. 1, 18), que el Zacarías que más de nueve meses después, y ya ante el nacimiento de su hijo, dijo: “Juan es su nombre” (Lc. 1, 63).
Recuerdo una película muy buena o, al menos, a mí me gusta mucho. Se titula ‘Cadena perpetua’. Uno de los actores de color interpreta a un preso que, cuando tenía unos 22 años, asesinó a un hombre. Lo condenaron a cadena perpetua, pero pasados varios años tuvo la oportunidad de solicitar algunos beneficios penitenciarios, por ejemplo, su salida de la cárcel en fines de semana o entre la semana, aunque volviendo a dormir a la cárcel. Se veían en la película varias escenas en las que este preso de color trataba de convencer y engañar a los miembros de la comisión que estudiaban y resolvían su caso: El preso siempre decía que estaba rehabilitado y que no volvería a delinquir, pero se le notaba tan ansioso por salir, incluso empleando para ello la mentira, que era enseguida descubierto, por lo que la respuesta de la comisión invariablemente era negativa. Finalmente, cuando este preso había pasado ya más de 30 años en la cárcel, tuvo otra entrevista con la comisión. Le hicieron las preguntas de rigor para ver si estaba rehabilitado, pero en esta ocasión el preso ya no tenía ningún ansia por salir, y en la entrevista que le hicieron dijo: 'Si Vds. desean saber si estoy rehabilitado, les diré que yo ya no soy aquel joven orgulloso, presuntuoso y agresivo que hace más de 30 años entró en esta cárcel. Siento mucho haber matado a aquel hombre que un día asesiné. Si me preguntan si voy a volver a delinquir, les diré que no lo sé; sólo sé que yo no soy el mismo y que, si no me quieren dejar salir, pues no lo hagan'. La comisión lo escuchó, deliberó y decidió por unanimidad permitir su salida de la cárcel con el sello de REHABILITADO.
También recuerdo haber leído cómo un hombre vivió muy feliz, pero sin casarse, ni civil ni religiosamente, con una mujer durante muchos años. Tuvieron varios hijos. En varias ocasiones aquella mujer le pidió que se casaran, pero él siempre contestaba que estaban bien así y que no hacía falta ningún rito de matrimonio. Pasado un tiempo la mujer murió de una enfermedad rápida y la enterraron. Después él, destrozado, se puso a ordenar en casa las cosas de ella y encontró que, aquella mujer con la que había tenido hijos y habían compartido varios años de vida, tenía guardado un vestido blanco de novia con la ilusión de un día poder estrenarlo y usarlo, mas no había podido utilizarlo porque él, en su egoísmo, sólo había pensado en sí mismo y no en ella.
De todo esto saco cuatro conclusiones:
1) Sí, Zacarías necesitó más de 9 meses para pensar al modo de Dios.
2) Sí, el preso de color y asesino necesitó más de 30 años para dejar atrás su orgullo, su agresividad, su prepotencia y sus engaños.
3) Al hombre que convivió con aquella mujer le bastó un segundo y ver un vestido blanco para darse cuenta de todo su egoísmo, aunque -eso sí- estuvo ‘ciego’ durante unos cuantos años.
4) TODOS NECESITAMOS NUESTRO TIEMPO PARA CAMBIAR, PARA VER LAS COSAS DE OTRA MANERA.
- Cuando nace el hijo de Zacarías y de Isabel los parientes quieren poner al niño el nombre de su padre Zacarías. Es la costumbre: este niño seguirá transmitiendo el nombre de su padre, de sus antepasados… y su sangre también, pero los padres se niegan, porque saben que aquel niño es hijo de Dios antes que hijo suyo, y lo reconocen al ponerle el nombre de JUAN, que significa “Dios es propicio” o “Dios se ha apiadado”.
Zacarías era un hombre anciano. Isabel era estéril y anciana. Sólo una especial intervención de Dios pudo hacer que aquel niño apareciera en el vientre de Isabel. Estos esposos tuvieron la luz y la humildad suficientes para reconocer que Juan era un regalo de Dios y no obra suya. Toda esta realidad quedó significada en un hecho tan sencillo y a la vez tan profundo como el de poner el nombre de Juan al niño que nació de Dios. Zacarías e Isabel no quisieron apropiarse de alguien que sabían que no les pertenecía, sino que les era entregado por unos años. Ellos lo cuidarían y lo educarían para Dios y para su Santa Voluntad.

jueves, 14 de junio de 2012

Domingo XI Tiempo Ordinario (B)

17-6-2012 DOMINGO XI TIEMPO ORDINARIO (B)


Ez. 17, 22-24; Sal. 91; 2 Co. 5, 6-10; Mc. 4, 26-34

Queridos hermanos:

Este domingo no estaré en Asturias y no “colgaré” la homilía en el blog. Lo siento. La semana siguiente reanudaré los envíos de las homilías.

Un abrazo y que Dios os bendiga.




Andrés

jueves, 7 de junio de 2012

Domingo del Corpus Christi (B)


10-6-2012                                           CORPUS CHRISTI (B)

Homilía de audio en MP3
Queridos hermanos:
            El relato que nos hace hoy San Marcos sobre la institución de la Eucaristía es muy sencillo. Se limita a reproducir las palabras de la consagración por las que Jesús convierte el pan y el vino en su Cuerpo y en su Sangre. Así se da lugar al sacramento central de nuestra salvación: Jesús se sacrifica por nosotros y por nuestros pecados, y nos sirve de alimento: “Tomad, esto es mi cuerpo [...] Ésta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos”.
            - En el Nuevo Testamento se nos narran, al menos, cuatro hechos en los que la Eucaristía, este sacrificio de Jesús y este alimento que Jesús nos entrega, es despreciada y manchada por las acciones del hombre pecador. Vamos a fijarnos en ellos para aprender cómo no hemos de hacer nosotros en las Misas y en nuestra vida de cristianos:
            1) Judas Iscariote, nada más comulgar (es decir, después de comer el Cuerpo de Cristo y de beber la Sangre de Cristo), entrega traidoramente a Jesús (Lc. 22, 19-22; Jn. 13, 21-26). Así lo dice claramente Cristo durante la última Cena del Jueves Santo: “La mano del traidor está sobre la mesa, junto a mí” (Lc. 22, 21).
            2) San Pablo nos hace un retrato no demasiado agradable de cómo se desarrollaban las Misas de los primeros cristianos de Corinto: “No puedo felicitaros por vuestras reuniones, que en lugar de beneficiaros, os perjudican. Ante todo, porque he oído decir que cuando celebráis vuestras asambleas, hay divisiones entre vosotros […] Cuando os reunís, lo que menos hacéis es comer la Cena del Señor, porque apenas os sentáis a la mesa, cada uno se apresura a comer su propia comida, y mientras uno pasa hambre, el otro se emborracha. ¿Acaso no tenéis vuestras casas para comer y beber? ¿O tan poco aprecio tenéis a la Iglesia de Dios, que queréis hacer pasar vergüenza a los que no tienen nada?” (1 Co 11, 17-18.20-22).
            3) También San Pablo, en la carta a los Hebreos, alerta de aquellos cristianos que faltan habitualmente de las Eucaristías dominicales: “No desertemos de nuestras asambleas, como suelen hacerlo algunos” (Hb. 10, 25).
            4) Finalmente, el apóstol Santiago llama la atención sobre otro hecho que observó en las Eucaristías y lo denunció de una forma clara y contundente: “Hermanos, vosotros que creéis en nuestro Señor Jesucristo glorificado, no hagáis acepción de personas. Supongamos que cuando estáis reunidos, entra un hombre con un anillo de oro y vestido elegantemente, y al mismo tiempo, entra otro pobremente vestido. Si os fijáis en el que está muy bien vestido y le decís: ‘Siéntate aquí, en el lugar de honor’, y al pobre le decís: ‘Quédate allí, de pie’, o bien: ‘Siéntate a mis pies’, ¿no estáis haciendo acaso distinciones entre vosotros y actuando como jueces malintencionados?” (Sant. 2, 1-4).
            - A continuación veamos un caso concreto de lo que verdaderamente significa la participación en el sacramento de la Eucaristía, según la voluntad de Dios. Para ello leeremos un trozo de las actas de los mártires en tiempos del imperio romano, en que fueron perseguidos los cristianos. En este caso se les interroga por haber asistido a las Misas de los domingos. Los cristianos acudieron a las Eucaristías sabiendo que podían ser martirizados por ello: “Volviéndose después a Emérito, el procónsul preguntó: '¿En tu casa ha habido reuniones contra el decreto de los emperado­res?' Emérito, lleno del Espíritu Santo, dijo: 'En mi casa hemos celebrado la Eucaristía dominical'. Y el procónsul le dijo: '¿Por qué les han permitido entrar?' Replicó: 'Porque son mis hermanos y no podría impedírselo.' Entonces respondió el procónsul: '¡Tú tenías el deber de impedírselo!' Y Emérito dijo: 'No habría podido porque nosotros, los cristianos, no podemos estar sin la Eucaristía dominical...'
            A Félix el procónsul le dijo así: 'No nos digas si eres cristiano. Solamente responde si has participado en las reunio­nes.' Pero Félix respondió: '¡Como si el cristiano pudiera exis­tir sin la Eucaristía dominical o la Eucaristía dominical pudiese existir sin el cristiano! ¿No sabes que el cristiano encuentra su fundamento en la Eucaristía dominical y la Eucaristía domini­cal en el cristiano, de tal manera que uno no puede subsistir sin el otro? Cuando escuches el nombre de cristiano, debes saber que él se reúne con los hermanos ante el Señor y cuando escuchas hablar de reuniones, debes de reconocer en ellas el nombre de cristiano... Nosotros hemos celebrado las reuniones con toda la solemnidad y siempre nos hemos reunido para la Eucaristía domini­cal y para leer las escrituras del Señor”.
            - Dicho esto escribiré algunos criterios de comportamiento y de actuación de los creyentes en relación con la Santa Misa. Son cosas muy sencillas o básicas, pero totalmente necesarias para nosotros y para una lograr un mayor fruto de la Eucaristía del Señor. Si se tienen todas, bien, pero, en caso contrario, iremos poco a poco esforzándonos por vivirlas en nosotros:
            + Procurar llegar un poco antes al templo para entrar en oración y que nuestro espíritu se sosiegue de las prisas y de los asuntos del mundo.
+ No marcharse nada más recibir la bendición; esperar un poco en paz y en silencio a que los sagrados misterios vividos en la Misa se arraiguen más en nuestro espíritu.
            + Haber leído las lecturas de ese domingo previamente en casa y, si es posible, haber leído también algún comentario de tales lecturas, pues esto nos ayudará a profundizar un poco más en la Palabra de Dios que nos va a ser regalada.
            + Procurar estar en gracia de Dios y que ello nos permita comulgar en la Misa, es decir, alimentarnos del Cuerpo y de la Sangre de nuestro Señor Jesucristo.
            + Situarnos en un sitio de la iglesia que nos facilite la atención y la participación en la Misa. Cada uno sabrá qué sitio es el mejor o el menos malo para lograr estos fines.
            + Procurar participar en la Misa con los cantos, con las oraciones y con las respuestas en la liturgia.
            + Tener durante la semana o, al menos, en el fin de semana algún rato de oración y adoración ante el Santísimo.
            + Estar en paz con todo el mundo, según el mandato de Cristo: “Así pues, si en el momento de llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelve y presenta tu ofrenda” (Mt. 5, 22-23). Pero si esto no es posible, por la razón que sea, ¿qué hacer? La solución nos la da San Pablo: “Haced lo posible, en cuanto de vosotros dependa, por vivir en paz con todos” (Rm. 12, 18).
            + ….

jueves, 31 de mayo de 2012

Domingo de la Santísima Trinidad (B)


3-6-2012                                 SANTISIMA TRINIDAD (B)

Homilía de audio en MP3
Queridos hermanos:
Celebramos hoy la festividad de la Santísima Trinidad. En el Evangelio nos dice Jesús: “…bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.
- Los judíos tienen una fe rígidamente monoteísta: existe un solo Dios. Igualmente los musulmanes tienen una fe absolutamente monoteísta: hay un solo Dios. También los Testigos de Jehová son monoteístas en este mismo sentido; por eso, no son considerados cristianos, ya que no aceptan a Jesús como Señor y como Dios. Únicamente reconocen a Dios Padre como Dios. Sin embargo, los católicos, los protestantes y los ortodoxos, es decir, los cristianos somos monoteístas, puesto que creemos en un solo Dios, pero también creemos que este único Dios tiene tres personas divinas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. ¿Por qué creemos esto? No porque un Papa, o Lutero, o un patriarca ortodoxo lo hayan ‘inventado’ hace ya muchos siglos, sino porque el mismo Jesucristo nos lo ha revelado: Dios es uno y a la vez es tres, Dios es un solo Dios y a la vez en Él hay tres personas: “…en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
- Hay creyentes que dicen en un momento de su vida que tienen mucha devoción al Padre, pero no tanta al Hijo, o al Espíritu Santo. Otros dicen que su oración y su fe se dirige principalmente hacia el Hijo, pero no hacia el Padre o hacia el Espíritu Santo. Finalmente, otros hablan de su fe y confianza absoluta en el Espíritu Santo, pero el Padre y el Hijo quedarían en una cierta penumbra. Unos justifican esto en que el Padre tiene para ellos una imagen de un Dios severo y castigador; para otros el Espíritu Santo les es muy desconocido; etc. En este sentido, puedo hablar desde mi experiencia: Hay momentos en la vida de fe en que en nuestro espíritu se hace más presente una persona u otra de la Santísima Trinidad. ¿Qué hacer en estas circunstancias? Debemos acoger y dejarnos envolver en cada momento por la persona divina que percibamos más claramente en ese instante o en ese período de tiempo. Además, hemos de tener en cuenta que en cada una de ellas están las otras. Si uno se dirige a Jesús, en realidad está confesando su fe en las tres personas divinas. Pienso que no importa que se tenga más devoción a una persona o a otra, porque –repito- en cada una de ellas… están las otras.
- Digamos ahora algunas palabras sobre cada una de las tres personas de la Santísima Trinidad:
1) El Padre. Dios Padre es el Creador del universo y de todos los hombres. Él ha pensado en nosotros desde siempre, pero Dios no piensa en nosotros y en la creación sólo con la cabeza: el pensar de Dios comporta todo su ser: su corazón, sus entrañas, su mente…. Dios Padre nos ha amado desde siempre y para siempre; Dios no tiene otra forma distinta de pensarnos que la de amarnos. Dios nos ama como Padre, pero también nos ama como Madre: Al inicio de esta semana fui a la provincia de Burgos y me hospedé en casa de un matrimonio amigo. Tienen dos hijos: la niña mayor de unos 4 años y el pequeño de poco más de 1 año. El lunes por la mañana nos levantamos y de lo primero que hicimos fue ir a una habitación que habían convertido en capilla, y allí toda la familia se puso en oración. Hicieron que la niña dirigiera la plegaria mientras su hermanito enredaba por allí, pero todos hacían oración a Dios. Luego a las tres de la tarde subimos otra vez a la capilla para rezar una corona del rosario de la Misericordia. Y en todo ello descubrí la acción maravillosa de Dios Padre en esta familia. Ellos, los padres humanos, se portaban con sus hijos como el Padre mismo hacía con todos ellos. Los niños aprenden desde bien pequeños que dependemos de Dios, pues Él nos ha creado y amado desde antes de ser concebidos, y también aprenden que Dios es Padre, Madre, Hermano, Amigo, Confidente, Compañero…
Alguien puede pensar que, a esas edades, no será mucho lo que asimilen los niños; pues os voy a narrar un hecho que me contó la madre. Este suceso le había maravillado y yo lo traslado a la enseñanza y al ejemplo de la fe que hacemos con los niños y con los no tan niños. Resulta que el niño, de poco más de 1 año, se hizo caca y la madre le cambió el pañal. El pañal sucio lo dejó un momento en el suelo mientras recogía otras cosas que había usado para el cambio y, de repente, la madre vio como su hijo cogía el pañal sucio y se iba pasillo adelante. La madre lo siguió para ver qué hacía. Pues bien, el niño llegó a la cocina, abrió una puerta en donde estaba el cubo de la basura, quitó un poco la tapa del cubo y echó allí el pañal sucio, justo como había visto hacer otras veces a sus padres. Por eso, digo que hagamos el bien, pues siempre queda algo en los demás; a veces más de lo que pensamos. Eso mismo hace Dios Padre con nosotros.
2) El Hijo. Jesús, Hijo obediente de su Padre Dios, siguió las indicaciones del Padre y así el Hijo se convirtió en nuestro hermano, igual a nosotros menos en el pecado. Jesús, hermano de los niños muertos en el incendio de centro comercial en Qatar; hermano de los padres de esos niños; hermano de los niños asesinados en Siria; hermano de los hombres en paro y de sus familias; hermano de los que sufren y de los que mueren; hermano de los que nacen y de los que se alegran; hermano de los que tienen fe en Él y de los que no tienen fe…
3) El Espíritu Santo. Del Espíritu, valga por hoy lo que ya he dicho el domingo pasado, en Pentecostés.

jueves, 24 de mayo de 2012

Domingo de Pentecostés (B)


27-5-2012                              PENTECOSTES (B)

Homilía de audio en MP3
Queridos hermanos:
            Voy a tratar de comentar y profundizar en la homilía de hoy sobre las últimas palabras del evangelio, que dicen así: Jesús “exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: ‘Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos’”.
            1) Jesús exhaló el aliento sobre los discípulos. En la mentalidad judía el aliento era el signo de la vida. En efecto, expulsar el último aliento era la señal de la muerte[1], pero recibirlo era el signo de la vida. Por ello, se nos dice en el libro del Génesis que, al crear Dios al hombre, lo hizo de esta manera: “el Señor Dios modeló al hombre con arcilla del suelo y sopló en su nariz un aliento de vida. Así el hombre se convirtió en un ser viviente” (Gn. 2, 7). O también en el libro de Job: “Me ha hecho el espíritu de Dios, el soplo del Poderoso me dio la vida” (Jb 33, 4). De aquí podemos sacar dos consecuencias: 1) Cuando Jesús sopla su aliento sobre los discípulos, hemos de tener en cuenta que es Dios mismo quien lo hace. Por eso podemos decir que se trata de una aliento divino. 2) Por otra parte, Jesús, que sopló sobre los discípulos aquel domingo, había regresado de la muerte y estaba vivo: vivo y para siempre. Por lo tanto, lo que Jesús entrega a sus discípulos es un aliento que da vida eterna.
            Según todo esto que acabamos de decir, los discípulos de Jesús creemos firmemente que, en el momento de la fecundación, o sea, de la unión del espermatozoide y el óvulo, Dios mismo sopla su aliento divino de vida eterna en su criatura. En cada ser humano concebido Dios mismo se hace presente[2] mediante el beso de su soplo, pero también, a la hora de su muerte, Dios mismo recibe en sus labios el último aliento del hombre. El aliento vino de Dios y a Dios vuelve; la vida vino de Dios y a Dios vuelve.
            No obstante, hemos de decir que ese soplo que es aliento divino, y ese soplo que está lleno de vida eterna, no sólo nos es dado al inicio de nuestra vida terrena y nos es retirado al final de la misma. NO. Como nos dice el evangelio de hoy, Jesucristo renueva su soplo en distintos momentos de nuestra vida. Voy a contaros un ejemplo que conocí esta semana: una mujer es catequista de varios niños de 1ª Comunión en una parroquia de Avilés. Esta catequista en algún momento enseñó a los niños a orar guardando silencio y escuchando en su interior la voz de Jesús. Alguna vez lo hicieron y a los niños les gustó mucho. Pues resultó que la semana pasada la catequista les propuso otra vez orar de esa manera y ellos aceptaron entusiasmados. La catequista, no queriendo cansarlos, les propuso hacer esa oración de escucha de Dios durante 5 minutos. Empezaron y uno de los niños, el más trasto, comenzó a reírse por lo que la catequista, para que no distrajera a los demás, le dijo que saliera al pasillo y, cuando se le pasara la risa, que volviera. Al terminar el momento de oración la catequista fue preguntando a cada uno de los niños qué había sentido y una niña contestó de modo natural: ‘Sentí que Jesús me decía que quería ser recibido por mí’ el día de la 1ª Comunión.
            Tengo muy claro que Jesús sopla su aliento divino y lleno de vida eterna sobre todos nosotros, y esto lo hace en muchísimas ocasiones a lo largo de toda nuestra vida. Lo que no tengo tan claro es por qué a algunos Jesús nos envía su aliento y nos comportamos como el niño que se reía y le mandaban ir al pasillo hasta que se le pasara la risa, y otros pueden ser como esa niña que percibió claramente el aliento de Jesús pidiéndole permiso para entrar dentro de ella el día de su 1ª Comunión.
            2) Jesús entrega a sus discípulos el Espíritu Santo. Al soplar Jesús sobre sus discípulos les procura el Espíritu: la tercera persona de la Santísima Trinidad pasa a ser compañero inseparable de los cristianos y así hasta el final de los tiempos. El episodio narrado por el evangelio de hoy sucedió el mismo domingo de resurrección, por la noche. Cincuenta días después, en Pentecostés, los discípulos de Jesús reciben ya en toda su fuerza el Espíritu Santo y éste viene acompañado de viento: era el soplo de Dios: “De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban”.
            3) Con la fuerza de ese Espíritu los discípulos pueden perdonar pecados en nombre de Dios y también pueden retenérselos en nombre de Dios. En los momentos que estamos viviendo en España, en Europa y en el mundo este don: que Dios y los discípulos de Jesús, en su nombre, puedan perdonar pecados, no está muy considerado. Se dice y se piensa: ‘A mí Dios no tiene pecado alguno que perdonarme, y los cristianos o sacerdotes menos todavía’. Sin embargo, para Jesús era y es muy importante este don. ¿Recordáis cuando le presentan un paralítico desde el tejado para que lo sane, y lo primero que hace Jesús es decirle que le perdona los pecados, y sólo después lo cura de su enfermedad? Sí, para Jesús causa más estrago y es mucho más grave el pecado que lleva el paralítico consigo que su misma enfermedad. Para Jesús es mucho más grave nuestro pecado que no nuestra falta de salud o que la crisis económica que estamos viviendo[3]. Sí, Jesús podría haber dicho cualquier otro de los muchos frutos que produce el Espíritu Santo, pero empezó por el más importante: por el perdón de nuestros pecados.

            ¡Señor, concédenos tu aliento de vida eterna, hoy y siempre!
            ¡Señor, danos tu aliento divino a nosotros que somos tan materialistas y duros de corazón!
            ¡Señor, da tu soplo divino a los niños que te perciben y oyen en su espíritu, pero sobre todo a los niños que no te conocen ‘y se ríen’!
            ¡Señor, otórganos el perdón de todos nuestros pecados y no los retengas en nuestro interior!
            ¡Señor, envíanos tu Espíritu Santo en este día de Pentecostés!


[1] En el salmo 104 se dice explícitamente: “si retiras tu soplo (a las criaturas), expiran y vuelven al polvo” (Slm 104, 29).
[2] “Y Dios creó al hombre a su imagen y semejanza; a imagen de Dios lo creo; varón y hembra los creó” (Gn. 1, 27).
[3] “No os inquietéis entonces, diciendo: ‘¿Qué comeremos, qué beberemos, o con qué nos vestiremos?’ Son los paganos los que van detrás de estas cosas. El Padre que está en el cielo sabe bien que las necesitáis. Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y Dios os dará lo demás” (Mt. 6, 31-33).

jueves, 17 de mayo de 2012

Domingo de la Ascensión del Señor (B)


20-5-2012                               DOMINGO DE LA ASCENSION (B)
                                            Hch. 1, 1-11; Sal. 46;Ef. 1, 17-23; Mc. 16, 15-20

Homilía de audio en MP3
Queridos hermanos:
            Dice el evangelio que Jesús, antes de su ascensión al cielo, dio estas instrucciones a sus discípulos: “ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación”. En la homilía de hoy no quisiera profundizar en estas palabras y su significado para los discípulos de Jesús misioneros, ni para los discípulos de Jesús sacerdotes, ni para los discípulos de Jesús monjas o religiosas, ni para los discípulos de Jesús catequistas en las parroquias, ni para los discípulos de Jesús voluntarios de Caritas…, sino para los discípulos de Jesús que estáis ahora sentados en los bancos de la Catedral o en los bancos de una parroquia cualquiera. Mi labor hoy será tratar de ayudaros a vosotros a que llevéis a la práctica este mandato que Jesús os renueva en este día de su Ascensión a los cielos. Vamos a hacer un planteamiento de toda la cuestión en la que iremos dando un paso tras otro o subiendo un peldaño tras otro:
            Primer peldaño: Jesús estuvo tres años entre nosotros predicando el Evangelio de su Padre Dios y enseñándonos dónde estábamos, hacia dónde teníamos que caminar, cómo teníamos que avanzar y con quién podíamos hacer este avance. Al término de esos años, Jesús, muerto y resucitado, vuelve al Reino de Dios con su Padre.
            Segundo peldaño: Jesús retorna con su Padre y nosotros nos quedamos aquí, en la tierra, en nuestra realidad cotidiana. ¿Qué tenemos que hacer aquellos que nos confesamos discípulos de Jesucristo? ¿Cuál es nuestra tarea? Nos la dice Jesús: “ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación”.
            Tercer peldaño: Pero ¿de qué manera puedo yo realizar esa tarea evangelizadora…, yo que no soy ni seré misionero en África o América o Asia, yo que no soy ni seré sacerdote, yo que no soy ni seré monja o religiosa, yo que no soy ni seré catequista, yo que no soy ni seré voluntario de Caritas, yo que vivo en medio de mi familia, con mi trabajo o en paro y que vengo a Misa los domingos? ¿Cómo puedo ir al mundo entero sin moverme de Oviedo y cómo puedo anunciar el Evangelio a todos los hombres que me rodean?
            Cuarto peldaño: Tengo que dar por supuesto lo que os he predicado en estos domingos anteriores: la necesidad de una experiencia personal de Dios (domingo II de Pascua), que Jesús mismo nos haya abierto el entendimiento para comprender las Escrituras (domingo III de Pascua), haber percibido claramente en nuestra vida a Jesús como Buen Pastor y no como asalariado, pues Él ha dado y da su vida por nosotros (domingo IV de Pascua), sentir cómo nuestro Padre Dios nos va podando: cortando lo que sobra y corrigiendo en lo que es necesario (domingo V de Pascua), y cómo vamos practicando en nuestra vida diaria ese mandato de Jesús de amarnos los unos a los otros como Él nos ha amado (domingo VI de Pascua). Digo que doy por supuesto todo esto, porque, si todo ello no ha acontecido ni sucede en nuestras vidas, entonces… nada tenemos que decir a los demás o, aunque lo digamos, nuestras palabras no serán creíbles.
Quinto peldaño: Observar la realidad que nos rodea: El domingo pasado estuve en una 1ª Comunión a la que fui invitado. En la comida posterior participaba un familiar que manifestó en un momento concreto, con gestos y con palabras, lo lejos que le quedaba todo lo de la fe, lo de Dios, lo de la Iglesia, lo de los curas… Y yo me pregunté entonces cómo abrir el corazón de aquella persona para que recibiera en su interior a Jesús y su Evangelio.
            Durante la Misa de la 1ª Comunión a la que había asistido previamente miraba para los niños, y también miraba a los padres y familiares. Sabéis que en una Misa de 1ª Comunión hay mucho ruido, poco espacio para el recogimiento y supongo que muchos estarán simplemente asistiendo a un acto social. No obstante, hubo tres cosas que me llamaron la atención: -En una pantalla se ponía la letra de las canciones y mucha gente cantaba, incluso entre los familiares que había acudido sólo para ese día, es decir, se participaba. –Estaba todo muy bien preparado y se veía que había habido muchas horas y dedicación por parte de los niños, de los catequistas, de los padres y del párroco, y eso se notaba a lo largo de toda la Misa. –Me fijé especialmente en un padre, de unos 35 años, el cual vivía con auténtica fe y entrega la Misa y la 1ª Comunión de su hija, y en su rostro percibí que se sentía tocado por Dios: creía en lo que cantaba, creía en lo que rezaba, creía lo que veían sus ojos: una comunidad unida en la misma fe en Jesús... Y me acordé de unas palabras que me dijo el párroco minutos antes de empezar la ceremonia: algunos padres había llevado a sus hijos allí porque “tocaba”, pero ellos se habían sentido “tocados” por la mano de Dios a través de la acción de sus hijos, de los catequistas, del sacerdote y esto les había servido para retomar una vida de fe que tenían bastante abandonada. ¿Qué quedará de todo ello al cabo de unos meses? No lo sé; lo sabe Dios y eso basta.
            Sexto peldaño: Repito: ¿De qué manera puedo yo realizar la tarea evangelizadora que Jesús me encomendó antes de subir al cielo? ¿Cómo puedo ir al mundo entero sin moverme de Oviedo y cómo puedo anunciar el Evangelio a todos los hombres que me rodean? Aquí van algunas ideas:
            +Cuando el domingo pasado el familiar aquel “saltó” en diciendo algo contra la fe, contra la Iglesia… la madre de la niña que hacía la 1ª Comunión no se calló y no me dio opción a que yo dijera nada. Ella misma contestó de modo sencillo y natural contando su experiencia de fe. Al final, quedó claro que cada uno tiene su opinión y su opción de vida, que es tan respetable una como la otra.
            +El lunes pasado leía un artículo del periodista Esteban Greciet, el cual como católico que es expuso su fe en la Iglesia desde el respeto y desde la verdad, al menos, desde unos datos objetivos que no siempre sale en los medios de comunicación.
            +El discípulo de Jesús ha de hablar sin miedos ni complejos de lo que vive en su interior, de sus convicciones y experiencias, y esto lo hará en la familia, en el trabajo, en el bar, en las fiestas, en la alegría, en la enfermedad, en la muerte…
            +El anuncio que ha de hacer todo discípulo de Jesús no es ni nunca ha de ser una imposición; es un ofrecimiento. Quien lo escucha es libre de aceptarlo o no. Si Dios no se impone a nadie, tampoco nosotros debemos de imponerlo. Pero el anuncio no es sólo con palabras, sino también con el testimonio de nuestra vida de cristianos. Ya que, si la única diferencia entre el discípulo de Jesús y el que no lo es, consiste en que el primero viene a Misa y confiesa por Pascua flori­da, que por otra parte es indispensable hacerlo, dicha diferen­cia es mínima.
            Séptimo peldaño: En realidad, no somos nosotros quienes hemos de realizar el mandato de Jesús, sino que será el Espíritu Santo quien nos sugerirá lo que en cada momento hemos de hacer para proclamar, de palabra y de obra, “el Evangelio a toda la creación”.