jueves, 19 de enero de 2023

Domingo III del Tiempo Ordinario (A)

22-1-2023                   DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO (A)

Is. 9, 1-4; Slm. 26; 1 Cor. 1, 10-13.17; Mt. 4,12-23

Homilía de vídeo. 

Homilía en audio.

Queridos hermanos:

            Cuando leemos este evangelio en que Jesús llama a sus primeros discípulos para que lo sigan y prediquen con él la Buena Nueva del Amor de Dios, habitualmente explicamos cómo tienen que ser los discípulos de Jesús, qué tienen que hacer, etc. Sin embargo, hoy quisiera contaros una historia en que veamos esta realidad del llamamiento de Jesús, no desde la posición de los misioneros o de los discípulos de Jesús (de los cristianos), sino desde la postura de los que tendrían que recibir el mensaje de Jesús. Es una historia que a mí me ha dejado muy intranquilo y desasosegado. Ahí va la historia:

            “Cuentan que, una vez, un misionero llegó a una tribu de paganos (gente que adoraban a otro dios), que, por otra parte, lo recibieron muy bien, cosa que no siempre pasa entre los cristianos.

Este misionero comenzó por ganarse las simpatías de aquellas gentes, tratando de conocerlos bien, antes de anunciarles la Buena Noticia del Evangelio. Convivió unas cuantas semanas con ellos, acostumbrándose a sus comidas, escuchando sus cantos, aprendiendo su idioma, y sobre todo tratando de conocer lo que pensaban y sabían sobre Dios. Y aquí se llevó una tremenda sorpresa. Aquellas pobres gentes tenían de Dios una imagen temible. Pensaba que Dios era un ser implacable, que estaba continuamente irritado, que se disgustaba por cualquier cosa y que exigía sacrificios enormes para quedar satisfecho. Su Dios no buscaba para nada la felicidad de sus fieles. Ni qué hablar de la posibilidad de amor. Estaban permanentemente atemorizados, creyéndose en falta por cualquier descuido o pequeño error en el cumplimiento de sus minuciosos deberes religiosos. Se podría decir que vivían sometidos a una oprimente superstición de la que no podían liberarse.

Una vez que nuestro misionero se percató bien de todo lo que les cuento, pensó que había llegado el momento de iluminar aquellos corazones con la verdad del Evangelio. Y en una tibia noche de luna creciente pidió la palabra, junto al fuego de la tribu. A su alrededor cantaban todos los bichos de la noche. Los perfumes del monte que los rodeaban parecían invitar a la vida y al amor. El momento no podía ser mejor para entregar el mensaje de un Dios Padre que tanto amó al mundo que le envío a su propio Hijo, no para condenar el mundo, sino para que el mundo se salve por Él. Y así, ante los atentos oídos de aquellas gentes asustadas por lo divino, les fue relatando los sencillos sucesos de la Encarnación, la Navidad, las parábolas, llegando finalmente al Misterio pascual, con la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor.

Los ancianos de la tribu se ponían la mano en el oído, haciendo pantalla para no perderse ni una sola palabra. Los hombres sentían que un aire nuevo, lleno de libertad y alegría, comenzaba a soplar sobre sus vidas. Las mujeres, desde las puertas de sus chozas, trataban de hacer callar a sus bulliciosas criaturas para poder atender a aquellas inauditas novedades. Copado por esta atención colmada de expectativa, el misionero sacó sus mejores recursos para pintar la bondad de un Dios lleno de amor y de ternura, que luego de darnos a su propio Hijo cuando aún éramos pecadores, ya nada nos puede negar siendo como somos ahora sus hijos queridos.

El mensaje dejó francamente estupefactos y llenos de admiración a aquellas gentes. Les parecían imposibles tantas cosas bellas juntas. Se sentían renacer a la alegría y a la paz. Ya podrían sentirse seguros en medio de las tormentas, cuando bramara el huracán o resplandecieran los relámpagos en el corazón de la noche. Si Dios estaba con ellos, ¿quién podría estar contra ellos? Porque todo, absolutamente todo lo que Dios permitiera, les había dicho el misionero, serviría para el bien de aquellos que eran amados por Dios.

Cuando el misionero terminó su mensaje se hizo un profundo silencio, cargado de preguntas pendientes. Fue el cacique quien, haciéndose eco de lo que estaba en el corazón de todos, se atrevió a interrogar:

-‘Y ¿cuándo sucedió todo esto tan hermoso que nos viene a contar? ¿Tal vez en la luna llena pasada? O tal vez hace más tiempo, ¿varias lunas atrás?’ (Se refería a uno a varios meses atrás).

El misionero se dio cuenta de que sus oyentes desconocían totalmente la historia y que no tenían noción de todo el tiempo que había transcurrido desde los sucesos vividos por Cristo de Belén a la Ascensión. Les explicó que hacía mucho tiempo que todo esto había sucedido. Que era imposible contarlo sumando lunas llenas (por meses). Que había que contarlo por soles y primaveras (por años). Cuando finalmente les logró hacer entender que los acontecimientos hermosos que constituyen la Buena Nueva del Evangelio hacía ya dos mil años que habían sucedido, y que, por tanto, los árboles más antiguos del monte aún ni siquiera habían nacido cuando todo esto pasó, sintió que sus oyentes cambiaban su sonrisa de agradecimiento por una mueca de rabia. Y fue nuevamente el cacique quien rompió el silencio diciendo:

-‘¡Desgraciados! Hace dos mil soles que esto ha sucedido ¿y ahora mismo nos lo vienen a contar? Esto es señal de que ustedes mismos no le dan importancia, o que nunca nos han querido bien. De lo contrario, hace tiempo que nos habrían buscado por todos los medios para venir a decirnos cosas que para nosotros son tan fundamentales’”[1].

            Yo me he sentido retratado en esta historia. ¿Y vosotros?

            CONCLUSIONES:

1) Si de verdad es algo tan maravilloso en lo que creemos y lo que vivimos, entonces ¿por qué nos avergonzamos de ello? ¿Por qué no lo proclamamos a los cuatro vientos? ¿Por qué no lo vivimos en nuestras vidas? ¿Por qué en nuestra vida diaria luchamos y nos esforzamos más por lo material, por lo que se acaba y por nuestro ego, y no tanto por Dios? ¿Recordáis la historia que contaba en la homilía del domingo pasado[2]? En efecto para este joven es más importante su cama, su bicicleta, sus aficiones, su ego…, que Jesucristo. Así somos nosotros en tantas ocasiones.

            2) Otro ejemplo: imaginaros que un amigo nuestro va a contraer matrimonio con una chica, que sabemos que no es la adecuada (por cualquier motivo). No decimos nada a nuestro amigo; éste se casa y luego salen a luz aquellos problemas y tienen que separarse y, con el tiempo, nuestro amigo se entera de que nosotros sabíamos lo que pasaba, pero no le dijimos nada. ¿Cómo reaccionará ante nosotros? Otro ejemplo, nosotros estamos en paro y sabemos de una empresa que va a contratar gente. Tenemos amigos que están en paro como nosotros, pero no compartimos con ellos esta noticia. Con el tiempo nosotros entramos a trabajar en la empresa y nuestros amigos no, por no saber nada del asunto. Cuando se enteren de todo el tema y de que nosotros conocíamos esta posibilidad, ¿cómo reaccionarán? ¿Qué pensarán de nosotros?

            Pues lo mismo pasa con la fe y el evangelio de Jesucristo: conocemos este tesoro, lo vivimos y nos alegramos con ello, pero no hacemos nada o casi nada por compartirlo con otros. ¿Qué nos dirán los que están a nuestro alrededor cuando, al morir, o tiempo antes de morir, sepan de la existencia de este tesoro y que nosotros no hemos hecho lo necesario para comunicárselo?


[1] MAMERTO MENAPACE, Cuentos desde la Cruz del Sur, PPC, Madrid 2002, 49ss.

[2] Aquel joven conocido mío al que le pregunté por qué no iba a la Misa de los domingos y que me contestó que trabajaba todos los días de la semana, sábados incluidos, y que tenía que madrugar para ir al trabajo, y que para un día que podía dormir (el domingo), por supuesto que no iba a levantarse temprano… Además, ¡para ir a una Misa! ¡Ni hablar! Y cómo a las pocas semanas de esta conversación le vi un domingo temprano andando en bicicleta por la carretera y le pregunté que cómo no estaba durmiendo y me contestó que ¡por qué no iba a practicar su afición favorita: la bicicleta!

jueves, 12 de enero de 2023

Domingo II del Tiempo Ordinario (A)

15-1-2023                              DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO (A)

BAUTISMO II

Is. 49, 3.5-6;Slm. 39; 1 Cor. 1, 1-3; Jn. 1, 29-34

Homilía en vídeo

Homilía en audio. 

Queridos hermanos:

(Debemos repasar un poco lo dicho en la homilía anterior).

Una vez que tenemos claras estas cosas y estos presupuestos, ya podemos contestar más directa y claramente a las preguntas que hacía esa persona:

¿Cuál es el efecto que produce en nosotros el bautismo después de esta edad de pureza, si luego actuamos como cualquier hombre no bautizado, si nada se ve en nuestra actuar el efecto de este bautismo liberador que nos anticipó en esta vida la resurrección eterna?

¿Por qué no actúa con todo su poder sobre nuestras vidas liberándonos en la plena libertad de Dios?

¿En qué se nota en nuestra vida el bautismo?

¿Cómo actúa a día de hoy el bautismo en nuestra vida?

Según lo que se ha explicado más arriba, entre nosotros estamos haciendo la cosa al revés. Es decir, primero nos bautizamos y luego si acaso bien la fe, o no. Luego la conversión y el apartamiento de nuestros pecados, o no. Luego la comunión total con Cristo Jesús en nuestras vidas, o no. En efecto, la acción primordial del sacramento del Bautismo, de todo sacramento, procede de Dios, pero puede quedar sin fruto alguno si los hombres no ponemos de nuestra parte, o no dejamos que el Espíritu actúe en nuestro interior. Como bien decía san Agustín más arriba: Dios “no te salvará a ti sin ti”. Nuestra libertad, la que Dios nos ha regalado a todos nosotros, también a nuestros primeros padres, sirve para acoger la Gracia de Dios o también para rechazarla. Si rechazamos a Dios y la Gracia del Bautismo, tiene toda la razón esa persona cuando dice que nuestra vida no se diferencia en nada de la vida de otra persona no bautizada. Como en el caso del joven rico (Mt. 19, 16-22)[1], Cristo nos ofrece la salvación, pero nosotros podemos rechazarla sin más, aunque sea el mismo Dios (y no un sacerdote o un seglar) quien nos interpele.

Pero vamos a tratar ahora un poco la situación de los padres que piden el sacramento del Bautismo para sus hijos (bebés o niños de muy corta edad). En muchos de los casos se trata de padres que dicen tener fe en Dios, pero que no están casados por la Iglesia[2], aunque no tienen ningún impedimento para ello. Por otra parte, muchos de estos padres, estén casados o no por la Iglesia, resulta que no viven su fe en Dios eclesialmente, es decir, con asistencia regular a la Eucaristía de los domingos, con la confesión sacramental de sus pecados, con la participación en actividades de la parroquia y/o de otros movimientos eclesiales, con la lectura frecuente de la Biblia... Muchos de estos padres viven una fe… un poco por libre.

Y podemos decir que los padrinos, que con frecuencia traen los padres para sus hijos, están en la misma línea. ¿Quiénes son o quiénes deben de ser los padrinos de aquellos que van a ser bautizados? Los padrinos no son ni deben de ser simplemente los que traen regalos a sus ahijados, los que se ocupan de ellos en caso de fallecimiento de los padres, los más amigos o familiares más queridos de los padres… Los padrinos tienen que ser aquellos que han de procurar que sus ahijados lleven una vida lo más coherente posible con el evangelio (Directorio de Iniciación Cristiana de Adultos, canon 872 del Código de Derecho Canónico). Por eso, no vale cualquiera para padrino. La Iglesia pide, no de ahora, sino de siempre, una serie de requisitos para que alguien pueda asumir el papel de padrino: que tenga capacidad para esta misión e intención de desempeñarla; haya cumplido dieciséis años; que sea católico, que esté confirmado, que haya recibido ya el santísimo sacramento de la Eucaristía y que lleve, al mismo tiempo, una vida congruente con la fe y con la misión que va a asumir; que no esté excomulgado (Directorio de Iniciación Cristiana de Adultos, canon 874 § 1 del Código de Derecho Canónico).

Asimismo, es muy corriente el comentario entre los párrocos y los catequistas de cómo se nota en los niños que acuden al catecismo cuando los padres o abuelos o familiares muy cercanos viven la fe con los niños. 

Por lo tanto, con los niños pasa igual que con los adultos: si no se practica esa fe, aunque esté el sacramento del Bautismo de por medio, no hay diferencia externa en la vida de un niño bautizado y la de otro niño no bautizado. El sacramento puede quedar sin fruto por el rechazo, desidia, pereza o indiferencia de los bautizados respecto a Jesús, su evangelio y toda la vida de fe.

Todo esto nos debe hacer reflexionar cómo se vive en nuestro entorno este sacramento recibido y la fe, y cómo vivimos nosotros nuestra fe y la Gracia de Dios que hemos recibido y que recibimos constantemente.

Habiendo ‘colgado’ esta homilía en mi blog, desde Argentina, Ana ha comentado lo siguiente: “¡Buenos días! ¡Mucho que pensar!... En junio bautizaron a mi nieto... Hacía mucho que no iba a un bautismo lo cual para mí era muy especial más que mi nieto formaba parte de ello... Mayor desilusión fue la mía al ver que de los seis niños que fueron bautizados ni los padres incluyendo a mi hijo y su señora ni los padrinos de todos ellos ni las familias estaban atentos a la palabra del sacerdote que tenía que pedir silencio a cada rato... Reían y sacaban fotos... Todo fue tan light..., tan frío que en ese momento le dije a mi hija y a mi esposo: ‘¡Esto es un fraude! ¿Para qué lo bautizan? Para la foto... Para la fiesta... Por las dudas por temor... ¡No lo sé!’ Lamentablemente no creo que estos niños reciban la educación cristiana que guíe su camino... Fue como presenciar una puesta en escena...

Pido a Dios la fe llegue en algún momento para estos pequeños..., pues el vacío que provoca la falta de ella es tremendo”.


[1] “Al oír estas palabras, el joven se retiró entristecido, porque poseía muchos bienes”.

[2] Con esta expresión nos referimos a haber celebrado sacramentalmente su unión.

 

viernes, 6 de enero de 2023

Bautismo del Señor (A)

8-1-2023                                BAUTISMO DEL SEÑOR (A)

BAUTISMO I

Is. 42, 1-4.6-7; Slm. 28; Hch. 10, 34-38; Mt.3, 13-17

Homilía en vídeo. 

Homilía de audio. 

Queridos hermanos:

Hace un tiempo una persona me dirigió un escrito en el que me hacía una serie de preguntas sobre el bautismo. Ya aviso que se trata de unas preguntas profundas. Ahí van:

“Si el bautismo nos libera de la esclavitud del pecado heredado o cometido hasta ese momento, y nos da un nuevo vivir como hijos de Dios, cuando nos bautizamos siendo pequeños y sin maldad en nosotros, ¿por qué caemos en pecado como otro que no estuviese bautizado ni liberado de la culpa?

Y si se une en nosotros la pureza del bautismo a la pureza del ser de inocencia, entonces, ¿hasta nuestro uso de razón, somos como ángeles en el suelo?

Y, si llegado nuestro uso de razón, perdemos nuestra inocencia y empezamos a cometer en nuestra humanidad todo tipo de pecados, entonces padre, ¿hasta los siete años, cuando tenemos un mal comportamiento no somos responsables de él, aunque uno ya empiece a ser instruido en la escuela del pecado de la que más tarde entraremos a formar parte activa? Pero hasta ahí, padre, ¿solo la pureza habita en nuestras almas?

Mas como los siete años, si se está con vida, es inevitable cumplirlos en su fecha, ¿nuestro tiempo de inocente pureza dura más cuanto antes seamos bautizados?

Dime, padre: ¿el niño que no es bautizado no adquiere nunca el estado de pureza en esta vida, pues une el pecado heredado al pecado más tarde cometido?

Pero, padre: ¿cuál es el efecto que produce en nosotros el bautismo después de esta edad de pureza, si luego actuamos como cualquier hombre no bautizado, si nada se ve en nuestra actuar el efecto de este bautismo liberador que nos anticipó en esta vida la resurrección eterna?

Y si el Espíritu del primer día habitaba en nuestros primeros padres y aun así ellos pecaron, y si nosotros heredamos de ellos el pecado, pero también el Espíritu dador de vida, y con el bautismo lo recibimos en nosotros como activo Libertador, ¿por qué no actúa con todo su poder sobre nuestras vidas liberándonos en la plena libertad de Dios?

Padre: de nuevo viene a mi corazón el obrar de la libertad humana con la que Dios nos invistió y que nos lleva a tomar decisiones justas y erradas, por culpa de las cuales ‘por vivir la vida’ perderemos la Vida. Viene a mi mente la parábola del Hijo Pródigo, que viviendo en el cielo se adentró en el infierno del pecado, y se enfangó hasta que no pudo más, pero, aún desde el fango y la suciedad del pecado, un día pudo ver lo que antes no había visto: la pureza del Padre, los tesoros del Padre, el bienestar que le proporcionaba el Padre… Y deseó retornar al Padre, que respetando su libertad lo dejó mancharse con el pecado y luego lo recibió como a un triunfador, porque había salido del fango con vida por el reconocimiento de la misericordia del Padre. Y volvió a casa por el amor del Padre y por decisión propia. Así que aquel camino de retorno era un camino de conversión, en el cual se fue limpiando de las manchas que el mal me había imprimido. Padre, pero si esto también le puede pasar a un no bautizado, ¿en qué se nota en nuestra vida el bautismo?

Porque, si estamos habitados de Dios y su Espíritu, arde en nosotros como llama encendida, y por tener los ojos puestos fuera de nosotros no vemos la luz que nos alumbra dentro, y vivimos en el error. Y ahora me adentro en el misterio del bautismo: externamente nada se nota, pero, aun así, estamos siendo protegidos por el Protector y defendidos por el Defensor… Y muchas veces no caemos porque Él nos sostiene aunque nosotros no sepamos que en aquel momento habríamos de caer si Él no nos tomase bajo su protección.

Explícame, padre: ¿Cómo actúa a día de hoy el bautismo en nuestra vida?”

Ciertamente, por lo que esta persona en realidad está preguntando es por toda la problemática de cómo actúa la Gracia de Dios en el hombre y también cómo se conjuga esta Gracia con la libertad del hombre y, finalmente, cómo actúa el pecado en el hombre. Para responder a esto habría que hacer una encíclica del Papa, o dar un año entero clases de teología, o hacer un concilio de obispos y, ni siquiera de este modo, podría comprenderse gran parte de estos misterios.

No obstante, sí que quiero aprovechar estas preguntas para conseguir varios objetivos en el día del Bautismo del Señor: 1) Plantearnos una serie de preguntas o cuestiones que, de otro modo, muchos de nosotros no pensaríamos jamás. 2) Reflexionar sobre nuestro Bautismo. 3) Decir algunas palabras sobre la situación en que se está impartiendo el sacramento del Bautismo en Asturias, en España.

Por supuesto, tengo que decir es que no pretendo en una homilía responder a todas las preguntas que esta persona ha hecho.

Vamos a ello: Existe una gran diferencia entre cómo se impartía el Bautismo en los primeros años de la Iglesia a cómo se hace ahora. En la actualidad el 95 % de los recién bautizados en España son bebés o niños muy pequeños, que no tienen nada de fe, dada su temprana edad. La FE hemos de entenderla como la respuesta que damos los hombres al anuncio del evangelio de Jesucristo. Es claro que así explicada, estos bebés y niños no tienen fe.

En los primeros años y siglos de la Iglesia los apóstoles y los cristianos hablaban de Jesús, de sus obras y de sus palabras. Quienes escuchaban y acogían su mensaje pedían entrar en el grupo de cristianos, en la Iglesia. Estos se llamaban catecúmenos y hacían un tiempo extenso de catecumenado (=preparación) para conocer más y mejor el evangelio, pero también para hacer un cambio de vida durante este tiempo. Esto último se llamaba la CONVERSIÓN: dejar de lado su vida de pecados y empezar una vida nueva, según los mandamientos y las bienaventuranzas. No bastaba con creer (en Dios, en Jesús, y en los dogmas), no bastaba con saber (oraciones y cosas de la fe). Hacía falta vivir como vivió Jesús y de acuerdo con lo que decía el evangelio. No bastaba con bañarse con agua bendita, con ‘tragar la comunión’, con ir a Misa, con rezar todas las noches al acostarse, con dar alguna limosna… Había que vivir la fe de Cristo en el día a día. Por lo tanto, no se trataba de creer, ni tan siquiera solo de ‘tener fe’, sino que se trataba (y se trata) sobre todo de VIVIR LA FE DE JESUCRISTO, EN JESUCRISTO, CON JESUCRISTO.

En definitiva, los que van a ser bautizados tienen que cumplir estos tres requisitos antes de que las aguas bautismales sean derramadas sobre sus cabezas: 1) La fe como respuesta al anuncio del evangelio y a la llamada personal que Dios nos hace directamente a nuestro espíritu. 2) Una conversión total de nuestra vida, en que dejando atrás nuestro pecado, vivamos según las bienaventuranzas y demás enseñanzas del evangelio. 3) Que Cristo Jesús habite en nosotros; así nos lo decía san Pablo: “estamos llamados a reproducir la imagen de su Hijo” (Rm. 8, 29) en nosotros. Cuando esto se da en nosotros, entonces estamos en las condiciones óptimas para recibir el sacramento del Bautismo.

Santo Tomás de Aquino enseña que, para que el sacramento del bautismo sea FRUCTUOSO (es decir, produzca frutos divinos), hace falta la fe, pues el bautismo es el sacramento de la fe. El sacramento del Bautismo, cualquier sacramento, no es un rito mágico. En efecto, el sacramento es expresión de la acción amorosa y salvadora de Dios y debe ser acogido por el ser humano en su libertad y fe.

Los sacramentos son operaciones teándricas[1], es decir, en ellos actúan Dios y el hombre a la vez. Santo Tomás de Aquino ya afirmó: “El sacramento no actúa en virtud de la justicia del hombre que lo da o lo recibe, sino por el poder de Dios”. Lo primordial en el sacramento no es la fe (tan importante y necesaria para la recepción fructuosa del sacramento), sino la acción amorosa, gratuita y salvadora de Dios, ya que en la fe cristiana la primera palabra es Dios, Cristo, el Reino, la Gracia; y la segunda es el hombre, la respuesta humana, la fe, la moral. Sobre esta segunda parte, decía san Agustín: “El que te hizo a ti sin ti, no te salvará a ti sin ti”


[1] Esta palabra viene del griego: de ‘Theós’, que significa Dios, y de ‘Andros’, que significa varón u hombre.

martes, 3 de enero de 2023

Epifanía del Señor (A) - Festividad de los Reyes Magos

6-1-2023                                             EPIFANIA (A)

Is. 60, 1-6; Slm. 71; Ef. 3, 2-3a.5-6; Mt. 2, 1-12

Homilía en vídeo. 

Homilía de audio. 

Queridos hermanos:

            Celebramos hoy la festividad de la Epifanía (que significa “manifestación”) o popularmente conocida como la fiesta de los Reyes Magos.

            Sabéis que siempre se dice que los Magos de Oriente eran 3: Melchor, Gaspar y Baltasar. Según nos cuenta el evangelio de S. Mateo, estos Magos en sus países de origen habían visto salir una extraña estrella que anunciaba la aparición de un niño que sería el Rey de los judíos y, además, estaba llamado a cumplir una misión entre los hombres. Estos Magos se pusieron en camino desde sus lugares de residencia para conocer a este niño. Fueron guiados por la estrella hasta donde estaba el niño con sus padres. Allí lo adoraron, le ofrecieron oro, incienso y mirra, y se volvieron a sus países. Seguramente ya nunca más volvieron a ver sobre la tierra a este niño.

            Pues bien, yo hoy quisiera hablaros del cuarto Rey Mago: Akín. De este no se dice nada en el evangelio, porque él no se acercó a adorar al niño. Akín también vio la estrella en su país y le llamó mucho la atención. Aquella estrella le hizo arder su corazón, le dio ilusión y esperanza. Sin oír palabras, aquella estrella parecía que le hablaba de parte de Dios y era como la señal de algo más grande que estaba a punto de aparecer. Akín veía que la estrella no se estaba quieta, sino que caminaba en una determinada dirección y era como si le animase a seguirla. Pero… seguirla significaba dejar la tranquilidad y el sosiego de su casa; significaba hacer unos gastos de desplazamiento; significaba exponerse al peligro del camino; significaba el que tal vez fuera simplemente una imaginación suya el que aquella estrella lo invitase a seguirla y que su trayectoria no llevase a ningún sitio. Akín era vecino de Melchor y supo que este también había visto la estrella y que se estaba preparando para seguirla. Finalmente, Akín decidió quedarse en casa, pues era lo más prudente. Melchor se marchó y cuando, al cabo de una temporada regresó, fue hasta Akín y le contó todo lo que le había pasado: cómo se había ido encontrado con otros dos personajes (Gaspar y Baltasar), cómo pasaron sed y hambre, cómo habían muerto algunos de sus sirvientes durante el camino a causa de las enfermedades, cómo estuvieron en peligro por Herodes y cómo un sueño les había salvado, pero lo más maravilloso –le decía Melchor- fue cuando en un establo de animales habían encontrado, gracias a la estrella, a un niño con sus padres y allí le habían adorado y ofrecido sus regalos. Enseguida tuvieron que marcharse y retornar a sus países. Akín se quedó estupefacto: todo ese viaje, todos esos peligros, toda esa estrella “maravillosa”… para ver simplemente un niño recién nacido con sus padres en un establo. Para eso no hacía falta tanta molestia. Akín podía ver cuando quisiera a los niños recién nacidos de sus criadas y sin falta de salir de sus posesiones ni de gastar dinero, ni de pasar por peligros. Akín no se rió delante de las barbas de Melchor por prudencia y respeto, pero pensó que qué bien había hecho no moviéndose de casa por una simple corazonada y por una estrella un tanto extraña que había aparecido una vez en el firmamento.

¿Os ha gustado el cuento? Pues entonces vamos a sacarle la moraleja, pues ya sabéis que todos los cuentos tienen su moraleja. Este Akín, el cuarto Rey Mago, es la figura de muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo:

1) Akín es figura de las personas que no creen en Dios o viven de espaldas a Dios. Hace un tiempo leía la siguiente noticia en un periódico: “Dos autobuses de Barcelona lucirán desde el próximo lunes, 5 de enero, y durante dos semanas, una inscripción publicitaria ateísta, que dice así: ‘Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta la vida’. Esta iniciativa ha sido realizada por la Unión de Ateos y Librepensadores. Ante la llegada a Barcelona de esta campaña ateísta, que ya se ha llevado a cabo en Londres, el arzobispado de Barcelona ha emitido un comunicado en el que subraya que para los creyentes en Dios ‘la fe en la existencia de Dios no es motivo de preocupación, ni es tampoco un obstáculo para gozar honestamente de la vida, sino que es un sólido fundamento para vivir la vida con una actitud de solidaridad, de paz y un sentido de trascendencia’”.

2) Akín es figura de los creyentes no practicantes, los cuales en ocasiones sienten en su corazón algo de fuego divino, de llamada de Dios a una mayor entrega..., pero la comodidad, la “prudencia humana”, el egoísmo les lleva a no iniciar ningún movimiento y buscar más profundamente en su vida.

3) Akín es también figura de tantos creyentes practicantes que vegetan con su fe: total para qué exponerse a más peligros, burlas, si al final la recompensa es simplemente algo que no es tangible, que no se ve, que no se oye. Y a lo mejor es solo un autoengaño que nos hacemos a nosotros mismos.

            Sigamos con el cuento: Han pasado los años; la vejez y la muerte han alcanzado a Melchor, a Gaspar, a Baltasar (los buscadores de Dios) y también a Akín. Ahora, tras su muerte, se han encontrado con ese niño que anunciaba la estrella. Melchor, Gaspar y Baltasar vieron que mereció la pena vivir en la pura fe: oscura, pero cierta. Ellos vieron la estrella unos pocos días de su vida, vieron un niño durante unas horas y de eso vivieron en su fe el resto de sus vidas. Para ellos mereció la pena. Pero ¿qué dirá Akín ahora de su prudencia?

            Nosotros podemos aún ver la estrella del niño Jesús y ser, como los 3 Magos, buscadores de Dios. Ellos nos dicen que mereció la pena.