jueves, 6 de diciembre de 2012

Domingo II de Adviento (C)



9-12-2012                              DOMINGO II DE ADVIENTO (C)
Homilía de audio en MP3
Queridos hermanos:
            Como os decía el otro domingo, nos encontramos en el tiempo de Adviento: tiempo de preparación para acoger la venida de Jesús. En esta etapa Dios nos pide una cosa y Él nos ofrece dos cosas: nos pide, como leemos en el evangelio de hoy, la conversión y nos ofrece el perdón de los pecados y la salvación. Vamos a profundizar un poco en ello.
            1) La conversión la vamos trabajando con el PLAN de Adviento que ya hemos diseñado y empezado a realizar el domingo anterior. Cada uno ha hecho el PLAN a su medida y ya lo está llevando a cabo o, al menos, eso espero.
            2) El perdón de los pecados. Cuenta una leyenda que Buda cogió en cierta ocasión un arco y una flecha; lanzó ésta en una determinada dirección y la flecha recorrió muchos, muchos kilómetros hasta caer en un sitio e hizo brotar allí una fuente. Todo el que encuentra la fuente y se baña en ella, le son perdonados sus pecados. Por eso, muchos discípulos de Buda hacen grandes peregrinaciones para buscar esa fuente. Hasta ahora no se sabe de nadie que la haya encontrado, se haya bañado en ella, le hayan sido perdonados sus pecados y haya vuelto para contarlo.
            Nuestra fe cristiana proclama también el perdón de los pecados como narra la leyenda de Buda, pero, no a partir de una fuente que no se sabe dónde está, no a partir de un lugar que hay que ir a buscar y que es muy difícil encontrar. Nuestro Dios nos ofrece el perdón Él mismo. Él envía primero a su mensajero, Juan el Bautista, para darnos ese perdón. Es Dios mismo quien nos busca y nos suplica que aceptemos su perdón por todos nuestros pecados. No es el hombre quien tiene que buscar a Dios, sino que es Dios mismo quien nos busca a nosotros durante muchos, muchos kilómetros.
            Si me permitís voy a leeros un trozo de la vida de Michela, una chica italiana de algo más de 40 años de edad. Ella es un ejemplo vivo del perdón de Dios que nos busca en todo momento: “Mi papá y mi mamá me abandonaron en un hospital recién nacida. Viví mis primeros seis años de vida en un orfanato. Dos meses después de que saliese de allí, el instituto fue clausurado por maltrato a menores. Yo había conocido todo menos el amor, y cuando un niño no conoce el amor, es difícil que de adulto sepa dar amor. Crecí rebelde. En la escuela era instrumento de santificación para los profesores.
 A los 18 años ya eres mayor de edad en Italia, así que me fui de la casa en que vivía. Pude hacerlo porque tenía un trabajo, una ocupación. Yo era chef de cocina internacional, muy reconocida. Comencé a trabajar en Italia y el resto de Europa y el dinero empezó a ser el dios de mi vida. Cuanto más tenía, mas quería tener, pero a fin de mes no me quedaba nada.
En lo referente a todo lo que pertenece al mundo de la afectividad, era un desastre. Tenía novios según la estación del año. Uno para el invierno, otro para el verano…. Y me decía: «Yo el corazón no lo meto en esto». Eran novios de usar y tirar, pero cada historia que pasaba, era una herida más que dejaba mi corazón muy lastimado. Finalmente me enamoré de una persona que todas las madres de familia soñarían para su propia hija. Era inteligente, bueno, perfecto. Pero tenía un pequeño defecto: era un chico católico, un católico convencido. Esto, para mí, solo suponía un defecto por una razón, porque cuando yo le preguntaba cuando nos íbamos a ir a la cama, él me respondía: «Después del matrimonio». Él empezó a hablarme de Dios, pero yo le dije: «Escucha Luca, las relaciones de tres no funcionan. Somos tú y yo. Punto. Dios debe quedar fuera». Él fingió seguirme la corriente. Cuando ya llevábamos dos años saliendo, vino sin avisar una noche a mi casa. Era la primera vez en ese tiempo que vino a mi casa, por lo que pensé: «Hoy lo hacemos». Pero él tenía otras razones muy diferentes en su cabeza y me dijo: «Escucha, Michela, hablé con mi padre espiritual, porque tengo intención de casarme contigo». Y me dijo: «Para mí es importante el sacramento del matrimonio. Nos dan la posibilidad de efectuar un matrimonio mixto donde tu declares ser no creyente, pero yo pueda casarme contigo dentro de la Iglesia». Sólo le puse una condición: «Organiza tú la boda». Pusimos una fecha y él comenzó a organizar todo. Era bonito, porque de verdad es que Luca era un chico fantástico. Pero nunca me llegué a casar con él. Falleció cuatro días antes de la fecha escogida. Poco después de comenzar los preparativos, contrajo el VIH por culpa de una transfusión de sangre contaminada. Ahí entré en contacto con la primera verdad de mí vida. Porque yo, con el dinero, hasta ese día había comprado todo y a todos. Pero descubrí que había una cosa que no podía comprar: la vida de mi novio. Eso para mí fue una derrota. Luca partió para el paraíso cuatro días antes de nuestra boda y ahí se me derrumbó el mundo.
Me enfadé con Dios por haberme quitado a mis padres. Me enfadé con Dios por haber sufrido tanta violencia desde pequeñita. Me enfadé con Dios por la muerte de Luca. La noche de su funeral, me marché a la playa y allí mismo hice un juramento: «Dios, si tú no existes, pasaré toda mi vida diciéndoselo a todo el mundo. Pero si existes de verdad, empeñaré mi vida en destruirte».
Ahí empezó mi guerra con Dios. Para buscar a Dios y saber si existía, me acerqué a varias filosofías. Todo lo que era la New Age y el Reiki. Pero ahí no encontré nada de la presencia de Dios. A todo esto, mi vida era triste y angustiosa. Hasta que un día me propusieron comenzar psicoterapia. Yo pensé que si había probado ya tantas cosas, podía probar eso también. Así que comencé a ir un día a la semana. Poco a poco me iba sintiendo mejor en la consulta de aquella doctora. Empecé a ir en vez de un día a la semana, dos días, luego tres, y acabé teniendo cuatro sesiones semanales con ella. La psicoterapia se convirtió en mi droga. El problema fue que esta doctora era en realidad una sacerdotisa de una de las sectas satánicas más importantes de Italia. Y yo entré a formar parte de ella, de la mano de mi doctora. Pasé ahí dos años de mi vida. Dos años que me llevaron a perder mi dignidad de mujer, mi dignidad de ser humano. Allí he visto muerte y violencia. Llegué a alcanzar la muerte del alma. Me convertí en una auténtica marioneta manejada por manos satánicas.
La noche de Navidad de 1996, durante un rito, me dijeron que existía la posibilidad de ser la sacerdotisa de una secta, en una ciudad de Italia. En ese mundo solo importa el poder, el tener, por lo que yo acepté, pero para ser la sacerdotisa tenía que afrontar una prueba de filiación, de pertenencia. Me dijeron: «En Roma hay una joven, de nombre Chiara, que ha fundado hace poco tiempo una comunidad. Está muy protegida por la Iglesia y para nosotros es un obstáculo, porque acerca a muchos jóvenes a Dios. Si tú verdaderamente quieres pertenecer a nosotros y tener el poder, debes hacer una cosa: mata a Chiara». Y acepté. La noche del 5 de enero de 1997 partí hacia Roma. Me habían dado toda la información de donde encontrar a Chiara y yo me dirigí a su casa, a la sede de la comunidad. A las 20.00 horas llegué hasta la puerta y sin dudar, convencida de lo que iba hacer, toqué el timbre. Lo que ocurrió entonces lo tengo que contar desde el testimonio de Chiara, quien no me conocía absolutamente de nada, como es obvio. Chiara cuenta siempre que, en ese momento, en su corazón escuchó una voz, la voz de la Virgen María que le decía: «Abre tú la puerta, que es una hija mía que tiene una gran necesidad». Chiara se levantó, caminó apresurada hasta la puerta a cuyo otro lado la esperaba yo, y cuando abrió la puerta hizo una sola cosa. Me abrazo y me dijo: «Bienvenida, hija mía. Por fin has llegado a tu casa». Ese abrazo cambió mi vida. Fue un abrazo indeleble que llegó a mi corazón. Fue más allá de mi cuerpo, de mis brazos. Yo no pude reaccionar, no pude moverme, no pude hacer nada. Chiara me desarmó absolutamente con ese abrazo, con su mirada. Me llevó dentro, a su pequeña habitación y comenzamos a hablar. Ella me preguntó cómo estaba, y yo sin decir ninguna palabra le entregué el arma con el que la iba a matar. Se lo conté y le dije: «Chiara, para mí ya no hay esperanza». Ella me respondió: «¡Sí, sí que hay esperanza, porque el amor ha vencido a la muerte! ¡Hay esperanza para ti, porque hubo quien dio la vida por ti! ¡Y Jesús te ama!». Yo le contesté: «Chiara, yo les conozco. Sé como son. Tengo poco tiempo. Me matarán y te matarán a ti también». «No, Michela –respondió Chiara muy firme-. No lo harán, porque María te quiso en esta casa». Y en aquella casa me quedé”.
            3) “Y todos verán la salvación de Dios”. Sí, con el perdón de Dios, Michela obtuvo la conversión y con ellos ha visto la salvación de Dios. Otros, con la conversión de su vida, obtienen el perdón de Dios y con ellos han visto la salvación de Dios. El orden de factores no altera el producto, el cual siempre es el mismo: LA SALVACION DE DIOS.

¡QUE ASÍ SEA!

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Inmaculada Concepción (C)



8-12-12                                INMACULADA CONCEPCION (C)
Homilía de audio en MP3
Queridos hermanos:
            En el día de hoy quisiera que reflexionáramos sobre dos ideas: 1) sobre la Virgen María y 2) sobre el buey y el asno en el portal de Belén.
            1) Vamos primero con la Virgen María:
            * Celebramos hoy la festividad de la Inmaculada Concepción de María, no es una fiesta aparte del tiempo de Adviento en el que estamos. María sólo tiene sentido en Cristo y en la Iglesia, y dentro de ellos es donde tiene toda su importancia. Cuando en el Concilio Vaticano II se redactó la constitución Lumen Gentium, que trata sobre la Iglesia, se discutió en el aula conciliar si era mejor elaborar un tratado aparte de la Virgen María o si se la incluiría dentro de la Iglesia. Algunos obispos decían que la Virgen María era tan importante, que se merecía un documento sólo para ella. Otros obispos, que fueron los que finalmente predominaron, decían que, como la Virgen María era tan importante, era mejor ‘meterla en casa’ de los hijos que hacerle una casa de oro, pero fuera de la casa de los hijos. Al final, se redactó el octavo capítulo de la Lumen Gentium dedicado a la Virgen María.
            Sí, muchas veces hemos rezado y pensado en María como una figura solitaria, importante por sí misma. Esto ha traído que, en no pocas ocasiones, le hayamos dado un tinte acaramelado o semidivino y, por reacción, otros (vg. los protestantes) hayan rechazado la figura de María.
            * María es la llena de gracia desde el mismo instante de su concepción. Pero este gesto gratuito y soberano de Dios hay que entenderlo en vistas a la realización de su plan salvador que culmina en Cristo. “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo [¼] concebirás en tu vientre y darás luz a un hijo. Será grande y se llamará Hijo del Altísimo.”
            Sí. La iniciativa de pecar, de querer prescin­dir de Dios, fue del hombre; Dios enseguida contestó con la salva­ción: la iniciativa salvífica parte de Él. Por eso, Dios escoge a María, que es la nueva Eva que pisa la cabeza de la serpiente. La antigua Eva nos introdujo en el pecado. La nueva Eva nos introduce en la salvación de Dios. La frase de S. Pablo: “El nos eligió en la persona de Cristo –por pura suya- para que fuésemos santos e irreprochables ante El por el amor”, se ha cumplido en María de un modo perfecto y ella es el signo y el modelo de que la salvación de Dios puede hacerse realidad en nosotros.
            * A la invitación de Dios, que hemos escuchado en el evange­lio, María responde con un SI incondicional. Por ese SÍ, María se pone totalmente en manos de Dios y acepta secundar sus planes hasta el final. Pero ¡atención!; no es un SÍ obligado, ni por la manifestación del poder de Dios, ni por el temor de desobedecer a Dios. Es un SÍ libre y responsable. Por eso María es grande. De esta manera y gracias a ese SÍ, María se ha constituido en Madre de Dios y en Madre nuestra. Ella es Madre de la Iglesia y modelo de los creyentes. Lo más importante de María es que dio el SÍ a Dios y esperó en ‘su Adviento’ (embarazo) al Salvador. No fue en ella lo más importante el que fuese la madre de Jesús. Él mismo nos lo da a entender en dos pasajes del evangelio: “Mi madre y mis hermanos son los que cumplen la voluntad de mi Padre”. O “más bien dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica”.
            * María es nuestro ejemplo en este Adviento. Que María nos ayude a esperar activamente a su Hijo, a nuestro hermano mayor, a Jesús que es el Hijo de Dios.
2) Hace pocos días saltaba a los teletipos de los medios de comunicación social titulares de esta índole: “Nueva interpretación del Evangelio. Según el Papa en Belén no había asno ni buey”, “El Papa elimina el buey y el asno”, “El buey y el asno, en paro”, “Benedicto XVI rediseña el nacimiento”. A la vez se hacían viñetas humorísticas ocurrentes sobre estos titulares, como cuando dibujaron a un asno con una pancarta en la que se leía: ‘Stop desahucios’ ante el portal de Belén. Igualmente, en las televisiones y en las radios se comentaron con profusión ‘estos pensamientos revolucionarios’ del Papa. Finalmente, la gente en la calle se escandalizaba y ‘perdía’ un poco más la fe. Todo ello venía a cuento uno de los pasajes del más reciente libro del Papa: “La infancia de Jesús”.
Pregunta: ¿Hay que hacer caso a todo lo que ponen los periódicos, a todo lo que se dice en la radio y en la televisión, a todo lo que se escucha por la calle? Respuesta: Hay que ir a la fuente y leer detenidamente lo que dijo en realidad el Papa. Algo tan obvio y elemental, sin embargo, es lo que falta en casi todas las ocasiones. En efecto, tanta gente, periodistas y no periodistas, han hablado y opinado sin haber leído el libro del Papa. Pero, entonces ¿qué dijo el Papa? Vamos a ello:
En el libro del Papa Benedicto XVI (La infancia de Jesús, Ed. Planeta, Barcelona 2012, 76-77) se dice textualmente: “Como se ha dicho, el pesebre hace pensar en los animales, pues es allí donde comen. En el Evangelio no se habla en este caso de animales. Pero la meditación guiada por la fe, leyendo el Antiguo y el Nuevo Testamento relacionados entre sí, ha colmado muy pronto esta laguna, remitiéndose a Isaías 1, 3: ‘El buey conoce a su amo, y el asno el pesebre de su dueño; Israel no me conoce, mi pueblo no comprende’ […] Así, el pesebre sería de algún modo el Arca de la Alianza, en la que Dios, misteriosamente custodiado, está entre los hombres, y ante la cual ha llegado la hora del conocimiento de Dios para ‘el buey y el asno’, para la humanidad compuesta por judíos y gentiles. En la singular conexión entre Isaías 1, 3, Habacuc 3, 2, Éxodo 25, 18-20 y el pesebre, aparecen por tanto los dos animales como una representación de la humanidad, de por sí desprovista de entendimiento, pero que ante el Niño, ante la humilde aparición de Dios en el establo, llega el conocimiento y, en la pobreza de este nacimiento, recibe la epifanía, que ahora enseña a todos a ver. La iconografía cristiana ha captado ya muy pronto este motivo. Ninguna representación del nacimiento renunciará al buey y al asno”.
Conclusiones: a) El Papa pone de manifiesto que en los evangelios, al escribir sobre el nacimiento de Jesús en el pesebre, no se menciona la presencia de un buey y de un asno, como tampoco se menciona ni la paja, ni las herramientas, ni los aparejos… 2) También dice el Papa que, muy pronto, los cristianos al leer las Sagradas Escrituras vieron en el buey la representación del pueblo de Israel y en el asno al resto de la humanidad, los cuales asistían al nacimiento del Hijo de Dios, salvador nuestro. 3) Por ello, enseguida se representó iconográficamente en el portal de Belén al buey y al asno como signo de todos los hombres: pasados, presentes y futuros. 4) En conclusión, el buey y el asno forman parte del nacimiento de Jesús, pues por todos nosotros ha venido a este mundo.
¡Ya está! ¡Misterio solucionado!

jueves, 29 de noviembre de 2012

Domingo I de Adviento (C)



2-12-2012                               DOMINGO I DE ADVIENTO (C)
Homilía de audio en MP3
Queridos hermanos:
            Comenzamos hoy un nuevo año litúrgico y lo hacemos con el tiempo de Adviento, es decir, tiempo de preparación para recibir a Jesús, cuya Encarnación y Nacimiento celebramos en estas próximas Navidades.
            Si el Adviento es tiempo de preparación y nos importa de verdad la venida de Jesús, entonces tenemos que disponernos interior y exteriormente para ello. En mi vida de sacerdote han sido más los años en que no tuve parroquias a mi cargo que los que las tuve. Por ello, cuando celebraba bodas, más que, por tener esa responsabilidad parroquial, era por amistad con los novios y/o con sus familias. Al tener esa cercanía afectiva esto me llevó a participar o conocer muchos preparativos de flores, coro, vestidos, invitados y distribución de los mismos en el banquete, nervios... Sí, los novios y sus familias dedicaban una parte muy importante de tiempo, de energía, de dinero… a completar estos preparativos. Y ¿por qué dedicaban tanto esfuerzo a ello? Pues porque lo consideraban algo muy importante para sus vidas y querían que la ceremonia y posterior celebración festiva saliera muy bien. Y tenían razón en darle importancia. Pero yo afirmo y sostengo que, si los novios y sus familias dedican con razón tiempo, energía y dinero a preparar una boda, CON MUCHA MAS RAZON NOSOTROS, LOS CRISTIANOS, DEBEMOS DEDICAR TIEMPO, ENERGIA Y HASTA DINERO, SI HACE FALTA, A PREPARARNOS EN ESTE ADVIENTO PARA RECIBIR A NUESTRO AMADO JESUS, EL HIJO DE DIOS PADRE Y DE MARIA.
            * Preparar una boda lleva mucho trabajo; pero luego, en un día (o en quince días, si incluimos el viaje de novios) pasa todo. Sin embargo, la Encarnación y el Nacimiento de Jesús ‘duran’ por toda la eternidad. Todo esto que os digo es para animaros a preparar este Adviento de 2012, y para ello os propongo que realicéis un PLAN DE ADVIENTO personalizado, según las circunstancias de cada uno, las fuerzas de cada uno y la voluntad de Dios para cada uno de nosotros. Vamos allá. En este PLAN podrá haber los siguientes elementos:
            - Un tiempo extra dedicado a la oración. Para ello dejaremos de lado otros tiempos dedicados a otras cosas. Tenemos que priorizar lo más importante y dejar de lado lo menos, pues la verdad es que todos sacamos tiempo para lo que queremos. Recuerdo el caso de un señor en Taramundi (mis primeras parroquias) en que le pregunté un día el motivo de no acudir a la Misa dominical y me contestó que no podía, que tenía que atender las vacas. A los dos días tuve un funeral en Taramundi y, esperando en la puerta del templo al difunto, pasó este hombre por delante de mí para entrar en la iglesia y le pregunté que dónde había dejado las vacas. A ello me contestó que el difunto y su familia había ido siempre a los funerales de sus fallecidos y ahora él debía, en justa reciprocidad, acudir a su funeral. Era como un pago: ‘yo voy a tus funerales, si tú vienes a los míos’. Eso sí se hacía con los vecinos, pero no con Dios. En definitiva: todos sacamos tiempo para lo que queremos.
            - Un tiempo dedicado a la lectura espiritual, bien sea de la Biblia, bien sea de otro libro o revista espirituales. Como dice, por activa y por pasiva, el salmo 24 de hoy: “Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas […] Enséñame, porque tú eres mi Dios y salvador. El Señor […] enseña el camino a los pecadores […] y a los humildes”. El Señor nos puede enseñar de muchas maneras, pero uno de los modos privilegiados de enseñanza es el de la lectura. Un cristiano no puede sacar tiempo para ver… 'Sálvame de luxe' y no sacar tiempo para la enseñanza del Señor.
            - Un tiempo para morir a sí mismo, a sus caprichos y egoísmos, a través de sacrificar y mortificar aquello que le gusta y/o que no le viene bien, y puede ofrecérselo al Señor: compras superfluas, perezas, comidas y bebidas, programas de televisión, tiempo de ordenador, juegos, murmuraciones, ejercicio físico, ayunos...
            - Un tiempo de amor y de ayuda a los demás. Amor y ayuda en el lugar de trabajo y de estudio; amor y ayuda con los amigos; amor y ayuda con la familia; amor y ayuda con los más desfavorecidos…
            Con estas indicaciones, cada uno puede “cortar al traje” (Plan) a su medida, pero sobre todo a la medida de Dios.
            * Pero, ¿este Plan para qué sirve? Pues la verdad es que… para nada y para todo. En principio y aparentemente no se logra más que privarse de algunas cosas que nos gustan y de invertir tiempo y energía en cosas de las que no sacamos un fruto inmediato. Pero, mirado todo más profundamente y con la mirada de Dios, y dando tiempo al tiempo, el Plan lo que consigue es disponer nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestro espíritu para que Dios tome posesión de nosotros y haga sus maravillas en nosotros. Desde la experiencia que dan ya los años, he visto en tantas ocasiones que un matrimonio, un vida sacerdotal... no se rompen de un día para otro, sino que todo ha empezado mucho antes con PEQUEÑAS mentiras, desilusiones, apatías, faltas en el afecto, infidelidades mentales... que desembocan en la ruptura o en el abandono total. Pues lo mismo se puede decir de la vida de fe y de santidad: la fe y la santidad de vida no vienen a nosotros ‘por generación espontánea’. NO. Son fruto de un proceso maravilloso en el que se entremezclan la acción y el esfuerzo del hombre (dentro de esta acción humana está el dejarse hacer y confiar en Dios) con la gracia de Dios, y éste respeta al hombre en todo momento y nunca violenta su libertad.
Sí, ésta es la experiencia de tantos santos y la experiencia de la Iglesia: cuando entregamos poco a poco y a lo largo de nuestra vida diversas parcelas de nuestro ser y de nuestra vida, un día nos sucederá como dice el profeta Isaías: “Entonces romperá tu luz como la aurora y tu llaga no tardará en cicatrizar; delante de ti avanzará tu justicia y detrás de ti irá la gloria del Señor. Entonces llamarás, y el Señor responderá; pedirás auxilio, y él dirá: ‘¡Aquí estoy!’” (Is 58, 8-9).

jueves, 22 de noviembre de 2012

Domingo Jesucristo, Rey del Universo (B)



25-11-12                                 JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO (B)
Homilía de audio en MP3
Queridos hermanos:
            Celebramos hoy la festividad de Cristo, Rey del Universo. Es el último domingo del año litúrgico. El próximo domingo será ya Adviento y empezaremos otro año para la Iglesia.
Con esta fiesta de hoy se nos dice que la meta de todos los hombres es el Reino de Dios, del cual Jesús es su Rey. En el prefacio, que luego proclamaré, se dan una serie de características del Reino de Dios. Se dice de él que es un Reino eterno y universal, un Reino de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de amor, de paz y de justicia. Y sobre esto último es sobre lo que quisiera hablar en la homilía de hoy. Voy a continuación a resaltar algunas de las características de la justicia (¡quedará tanto por decir!). Hablaré más bien de la justicia humana, aunque destacando algunas implicaciones morales de la misma. Para otra ocasión me detendré en la justicia divina:
- La justicia es una de las cuatro virtudes cardinales (fortaleza, justicia, prudencia y templanza). La justicia es por antonomasia una virtud social, un hábito moral que propone dar a cada uno lo que le corresponde o pertenece, en función del derecho, la razón y la equidad.
- El perdón no sustituye a la justicia. Se tiene que perdonar setenta veces siete, pero la justicia debe implantarse de acuerdo con las leyes justas. 
- La regla para medir la justicia no siempre es la ley del estado, sino que lo es también la ley moral natural, las normas sociales y las costumbres. De hecho, hay leyes aprobadas por referéndum, por gobiernos o por partidos elegidos democráticamente, que fueron y son terrorismo de Estado. Por desgracia, hay leyes que reflejan la degradación moral de la mayoría de un pueblo, principalmente cuando se aprueban leyes racistas que crean, protegen o instigan los crímenes contra la humanidad, la conculcación de los derechos humanos, la esclavitud, las guerras injustas, el aborto, la eutanasia, el consumo de drogas y un largo etc. Por lo tanto, debemos cuestionarnos si tenemos obligación de acatar esas leyes, además de intentar luchar para conseguir anularlas o enmendarlas. No podemos ser colaboradores de las injusticias, que perjudican a la sociedad y, sobre todo, cuando perjudican a los más débiles. La ley moral y las principales leyes humanas han establecido que la obediencia ciega, no exime de la responsabilidad individual de las personas involucradas en los hechos. 
- La justicia es opuesta a la venganza. No todas las leyes humanas son justas, pero el incumplimiento de las leyes justas tiene que tener un castigo proporcional, realmente educativo y modificador de conductas y conducente a persuadir a las personas o entidades, para que no vuelvan a repetirlo. 
- La auténtica virtud de la justicia no es una actividad que solamente tienen que practicar en cuenta los jueces, sino también los legisladores, y el gobierno que elaboran y aprueban las leyes. Todas las personas que tienen poder de decisión, sea el nivel que sea, deben procurar impartir justicia con rectitud, ajustada a las virtudes y valores humanos que la condicionan.
- Por ejemplo, dentro del ámbito de la familia, uno de los principales objetivos de los padres tiene que ser hacer el bien para lo cual tienen que reflexionar cómo van a educar a sus hijos en la virtud de la justicia y practicarla previamente en todas las decisiones que tomen. Los padres tienen que tener un gran conocimiento de las virtudes y valores humanos inherentes a la justicia, para poder impartirla con sus hijos, cónyuge y sociedad. No existe la verdadera justicia, si no va acompañada de estas virtudes y valores humanos, ya que entonces serían decisiones caprichosas y realizadas en función del estado de ánimo o de los intereses del momento. También tienen que saber cuáles son los conceptos contrarios a la impartición de justicia, para tratar de evitar que influyan en sus decisiones. Veamos un ejemplo concreto de lo que hacen los padres o de lo que dejan de hacer, y de cómo ello puede influir en sus hijos. Este hecho me fue narrado por uno de vosotros hace pocos días: “El ejemplo que nos cuentas de ese niño marroquí (en la homilía del domingo pasado), me trajo a la mente un hecho que presencié en primer término. Subíamos por la vía dolorosa (en Jerusalén a donde viajó esa persona hace poco tiempo), y había muchos niños por allí jugando; me fijé en un pequeño de unos cuatro años, aproximadamente, estaba apoyado en una esquina, y contemplaba a los que pasábamos haciendo el viacrucis; el niño me llamó la atención por su bonita y dulce carita; una de las personas se le acercó, con actitud cariñosa, para hacerle una caricia; la reacción del pequeño fue la que ves en esa foto: echó la mano al bolsillo trasero de su pantalón y apuntó a la buena mujer con la pistola que llevaba escondida. ¡Qué tristeza sentí! Cómo les inculcan a los peques el odio y el deseo de quitarnos de en medio”.
- Virtudes y valores humanos imprescindibles para que la justicia sea verdadera: Caridad. Coherencia. Compasión. Comprensión. Conciencia. Conocimiento. Constancia. Control. Coraje. Criterio. Dignidad. Discreción. Dudas. Ecuanimidad. Ejemplo. Entereza. Equidad. Escuchar. Esperanza. Estudio. Ética. Firmeza. Formación. Generosidad. Heroísmo. Honestidad. Honradez. Humildad. Igualdad. Imparcialidad. Misericordia. Moral. Objeción de conciencia. Paciencia. Perdón. Prudencia. Pudor. Razón. Rectitud. Reflexión. Respeto. Responsabilidad. Sabiduría. Sacrificio. Secreto. Sencillez. Sensatez. Severidad. Simplicidad. Sinceridad. Solidaridad. Verdad…
- Defectos que impiden que la justicia sea verdadera: Abuso. Aniquilamiento.  Arbitrariedad. Atropello. Capricho. Coacción. Crueldad. Limitación de la libertad. Imposición de una dependencia. Inmoralidad. Odio. Parcialidad. Sinrazón. Rencor. Venganza. 
- Sentencias relacionadas con la virtud de la justicia: 
Dios es eminentemente justo, pero también eminentemente misericordioso.
Es mejor sufrir una injusticia, que cometerla.
Hay que ser justos, antes que generosos.
Donde hay justicia, no hay pobreza.
Justicia es la constante y perpetua voluntad de dar a cada quien, lo suyo.
La injusticia hecha a uno sólo, es una amenaza dirigida a todos.
Permitir una injusticia, significa abrir el camino a todas las que sigan. 
La injusticia es horrible, cuando es ejercida contra un indefenso.
La justicia es la verdad en acción.
La justicia se defiende con la razón y no con las armas. No se pierde nada con la paz y puede perderse todo con la guerra.
La justicia verdadera y progresiva nace del amor.
No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón.
La justicia es el control de nuestras ambiciones, para evitar el conflicto continuo con los demás.
La justicia es el respeto a los derechos del prójimo.
Si quieres la paz, lucha por la justicia.
Una cualidad de la justicia es hacerla pronto y sin dilaciones; hacerla esperar, es injusticia.
No hay, ni habrá, justicia sin amor.
No hagas a otro, lo que no quieras que te hagan a ti.
No hay justicia cuando el cielo se vacía de Dios, pues entonces la tierra se llena de ídolos.
No juzguéis, para que no seáis juzgados.
No puede haber justicia, si no somos capaces de ponernos en lugar del otro.

jueves, 15 de noviembre de 2012

Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario (B)



18-11-2012              DOMINGO XXXIII TIEMPO ORDINARIO (B)
Homilia de audio en MP3
Queridos hermanos:
            En el evangelio de hoy se nos habla de los últimos tiempos. Estamos ya terminando el año litúrgico B, el dedicado al evangelio según San Marcos, y estos textos se refieren al juicio final y a los últimos días. Pues bien, permitidme que os narre dos hechos, uno real y otro que bien puede serlo, y luego entramos ya en el meollo de la homilía:
            1) Este fin de semana pasado estuve en Covadonga en unos Cursillos de Cristiandad. Éramos 33 personas y estuvimos hablando de Dios, hablando con Dios, reflexionando sobre nuestra vida y pasándolo muy bien. Se nos dieron varias charlas. En ellas se nos explicaban cosas de la fe y al tiempo se nos daban también testimonios de vida. Por ejemplo, un chico comentó el siguiente episodio: Resulta que él está colaborando con un proyecto de Caritas parroquial en el que se apoya a niños y adolescentes en sus estudios dándoles clases para que suban el nivel de sus conocimientos. A estas clases van niños españoles, pero también otros niños, hijos de emigrantes, y que van más retrasados. Hay niños polacos, rumanos, de Hispanoamérica, marroquíes… Confluyen allí muy diversas culturas, modos de pensar, costumbres y religiones, y se procura tener el máximo respeto hacia todos ellos. Las clases se dan en los salones parroquiales, en donde hay posters con imágenes religiosas y crucifijos, que se usan para la catequesis. Pues bien, comentaba este chico que en cierta ocasión uno de los niños marroquíes, de unos 8 años de edad, empezó a decir (señalando para un crucifijo) que ‘menudo profeta’ teníamos los cristianos. Nuestro profeta era débil y no valía para nada, pues, al ser escupido y azotado, no había podido defenderse a sí mismo. El chico que le daba la clase le dijo que respetara la fe cristiana, lo mismo que todos los demás habían respetado la suya; pero el niño seguía insistiendo en faltar y atacar a la fe cristiana y a Cristo. El chico se dio cuenta que el niño no hablaba por sí mismo, sino que repetía lo que había oído en casa, y le dijo que, si fuera mayor, le respondería, pero, como era un niño, no era conveniente responderle por respeto. Entonces, otro marroquí de 12 años dijo: ‘Si nosotros fuéramos mayores, ¿qué nos responderías?’ Y ya el chico les dijo: ‘Si fuerais mayores os diría que, si yo estoy dando clase a todos estos niños y a vosotros mismos, se debe a ese profeta débil, escupido, azotado, asesinado y que no se ha podido ni querido defender a sí mismo. Si yo os doy clase, es porque ese profeta de burla me pide que perdone y que ame a mis enemigos y a los que no piensan como yo’. Entonces, los niños marroquíes se callaron y la clase pudo seguir sin más problemas.
            2) En una novela de José Luis Martín Descalzo sobre la Guerra civil española, se contiene un diálogo entre un teniente del ejército nacional y un sacerdote recién ordenado, que acaba de ser salvado de manos de los "ro­jos" por el teniente, cuando aquéllos iban a matarlo. El sacerdote trata ahora de salvar a los "rojos" que lo querían asesinar a él, que fueron hechos prisioneros por el teniente y sus soldados y que ahora éstos quieren fusilar por ser “rojos” y enemigos. En la tensa conversación que mantienen el teniente y el cura, aquél le dice a éste: “Usted parece creer que todas las ideologías son como la cristiana, en la que tú puedes creer en Dios y vivir como si no creyeras” (pg. 226, de la novela Lobos, perros y corderos, Ediciones Destino, Colección áncora y delfín, volumen 529, Barcelona 1978).
            ¿A qué vienen estas dos historias, y qué tienen que ver con el evangelio que acabamos de escuchar? En el evangelio leímos: “Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad”. En efecto, los niños marroquíes y bastantes musulmanes tienen la convicción de que la fe cristiana es una religión de personas débiles, pues “nuestro profeta” se ha dejado pegar y asesinar sin oponer resistencia y, además, nos manda a sus discípulos poner la otra mejilla. Pero también es cierto que otros muchos cristianos, incluso ‘practicantes’ igualmente pueden tener esta visión de Jesús y de nuestro Dios. Consideran que Dios, en la práctica, es más un Abuelo que un Padre, que va a perdonar todo, que da lo mismo hacer poco mal/bien que mucho mal/bien, pues mientras ‘no robemos ni matemos’[1] no hay problema. Asimismo consideran, como el teniente de la novela, que en la ‘ideología’ cristiana se puede creer en Dios y vivir en la práctica como si no se creyera, es decir, se puede decir que se cree en Dios, pero echarse a la espalda sus mandamientos. En la Edad Media se representaba un Jesús terrible. Era el juez que veía todo lo malo y nos condenaba al infierno por menos de un pecado venial y ahora, sin embargo, nada es pecado, nadie hace nada malo, y Dios es medio tonto y medio ciego y, además, es el culpable de todos los males del mundo: de todos los robos, de todos los asesinatos, de todas las violaciones, de todas las muertes, de todas las hambres, de todos los terremotos, de todas las guerras…, porque, pudiendo evitarlas, no hace nada. Pero el evangelio es bien claro: al final de los tiempos, Jesús volverá a la tierra y vendrá “con gran poder y majestad”.
            Pero ¿a qué va a venir Jesús? También nos lo dice el evangelio de hoy: Jesús “enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, de horizonte a horizonte”. Y en la primera lectura dice: “Entonces se salvará tu pueblo: todos los inscritos en el libro”. Sí, Jesús va a venir con poder. Jesús va a venir a buscar a los suyos, a quienes le permanecieron fieles en medio de las dudas, de los miedos, de las debilidades, de las tentaciones, de los pecados, de los triunfos y de los fracasos terrenos… 
             En definitiva, nuestro ‘profeta’ puede parecer débil a otros o a nosotros mismos, pero no lo es. Es un Dios fuerte, grande, misericordioso, paciente, amoroso, justo, ante quien nada se le puede esconder ni nada le permanece oculto. Por eso, dice el Catecismo de la Iglesia Católica:
            - “Frente a Cristo, que es la Verdad, será puesta al desnudo definitivamente la verdad de la relación de cada hombre con Dios. El Juicio final revelará hasta sus últimas consecuencias lo que cada uno haya hecho de bien o haya dejado de hacer durante su vida terrena” (n. 1039).
            - “El Juicio final sucederá cuando vuelva Cristo glorioso […] Nosotros conoceremos el sentido último de toda la obra de la creación y de toda la economía de la salvación, y comprenderemos los caminos admirables por los que su Providencia habrá conducido todas las cosas a su fin último. El Juicio final revelará que la justicia de Dios triunfa de todas las injusticias cometidas por sus criaturas y que su amor es más fuerte que la muerte” (n. 1040).
            - Jesús hará un mundo nuevo, que se llamará Reino de Dios. “En este ‘universo nuevo’ (Ap 21, 5), la Jerusalén celestial, Dios tendrá su morada entre los hombres. ‘Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado’ (Ap 21, 4; cf. 21, 27)” (n. 1044).


¡QUE ASI SEA!


[1] En estas mentalidades robar en la empresa, o en Mercadona, o en el prado del vecino, o a Hacienda, a los hermanos en la herencia… no es robar. Asesinar con el odio, el rencor que se siente hacia otras personas, el aborto… no es asesinar.

jueves, 8 de noviembre de 2012

Domingo XXXII del Tiempo Ordinario (B)



11-11-2012                      DOMINGO XXXII TIEMPO ORDINARIO (B)
Homilía de audio en MP3
Queridos hermanos:
Nos dice el evangelio: “Estando Jesús sentado enfrente del arca de las ofrendas, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban en cantidad; se acercó una viuda pobre y echó dos reales. Llamando a sus discípulos, les dijo: «Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.»” Vemos que la viuda pobre del evangelio entregó todo lo que tenía de limosna. Entregó todo al templo de Dios, es decir, ella entregó todo a Dios. Asimismo en la primera lectura se nos narra el caso de una viuda con un hijo único, que sólo tenían para comer un poco de harina y un poco de aceite. El profeta Elías pidió a la mujer que le preparase un pan para él, a lo que ella respondió: “Te juro por el Señor, tu Dios, que no tengo ni pan; me queda sólo un puñado de harina en el cántaro y un poco de aceite en la alcuza. Ya ves que estaba recogiendo un poco de leña. Voy a hacer un pan para mí y para mi hijo; nos lo comeremos y luego moriremos.” En este caso, sin embargo, la viuda hizo lo que decía el profeta y le dio de comer primero a él, y luego comieron ella y su hijo.
Estas mujeres entregaron todo a favor de Dios y de los demás. No se pararon en su pobreza, en sus necesidades, sino en quién se lo pedía y a quién se lo daban (a Dios, a un hombre necesitado). Y nosotros, ¿hasta dónde estamos dispuestos a llegar ante Dios y ante los demás? ¿Somos como los ricos del evangelio que damos de lo que nos sobra: de lo que nos sobra de nuestro dinero, de lo que nos sobra de nuestra ropa, de lo que nos sobra de nuestros “cacharritos”, de lo que nos sobra de nuestro tiempo…? Los misioneros u otras personas que van de viaje al tercer mundo y tratan, no sólo a nivel de turismo, con aquellas gentes, en seguida sacan una impresión: Son personas muy pobres, que les falta hasta lo más indispensable, pero que, todo lo que tienen, lo comparten con el recién llegado. Me contaba hace tiempo una misionera que para era común ir a predicar a los poblados y que muchas veces le alcanzaba allí la noche y debía quedarse a pernoctar. En una cabaña en la que vivía la familia entera había un único camastro, ese camastro era para la misionera y todos los demás dormían en el suelo. No había modo alguno para convencerlos de lo contrario. También me contaba esta misionera cómo niño ahorró un tiempo para poder comprar unas galletas y, cuando las compró, en seguida las empezó a repartir entre todos, incluso la misionera debió coger galletas a la fuerza. Aquí, en Oviedo, por el contrario, sé de algún caso en el que una persona invitó a otra a ir a casa, pero al mismo tiempo le dijo que no fuese a media tarde o al anochecer; la razón era ésta: si apare­cía a esas horas, entonces tendría que darle la merienda o la cena, y eso no quería hacerlo.
Vuelvo a repetir la pregunta que más arriba hacía: Y nosotros, ¿hasta dónde estamos dispuestos a llegar ante Dios y ante los demás? ¿A quiénes nos parecemos más nosotros: a los ricos que daban de lo que les sobraba, o a las viudas que entregaban todo lo que tenían?
Me gustaría que hiciéramos una oración en esta semana comparando lo que Dios nos da, por una parte, y lo que nosotros damos a Dios y a sus hijos, por otra parte:
* Dios nos da la vida terrena y espiritual. En ocasiones, nosotros le devolvemos muerte, pues estamos enfadados con diversas personas, que son hijos de Dios, y los tenemos “muertos” en nuestro corazón con rencillas, odios, resentimientos, envidias… Ciertamente, otras veces somos como las dos viudas que nos entregamos por entero a los demás y damos vida, perdón y esperanza a los que nos rodean. El lunes vino una persona a confesarse y de penitencia le puse que hiciera realidad durante unos días ese refrán que dice: “Haz bien y no mires a quién”. Puede ser otra buena tarea para la semana que empieza.
Asimismo, en varios momentos de nuestra vida devolvemos a Dios la muerte espiritual, pues nos separamos de Él, no abrimos nuestro espíritu a su acción maravillosa mediante la oración, la lectura espiritual… y nos volvemos cada vez más incapaces para percibir su presencia en nuestra vida y en la de los demás. Llegamos a tener desconfianza de Él, y negamos, de palabra o de obra, incluso su existencia. Otras veces percibimos cómo nuestro espíritu lo busca y lo ansía y es feliz junto a Él.
* Dios nos entrega este mundo maravilloso con sus estrellas y cielos, con sus montes y mares, con sus animales y plantas. Nosotros ensuciamos el entorno de la Tierra y de la Luna con basura espacial de los restos de satélites y cohetes. Ensuciamos y contaminamos los mares; quemamos los montes y los talamos; maltratamos los animales y extinguimos especies; convertimos el vergel en zonas áridas y desérticas; convertimos las costas de rocas, plantas y playas… en casas y más casas (pelotazo urbanístico).
Podemos, en esta semana que comienza, tratar de reciclar nuestra basura y no ensuciar nuestro entorno con papeles en las calles, con ruido en las calles o en las casas, no maltratando plantas o animales…
* Dios nos entrega su amor desinteresado e incondicional. Dios nos acepta tal y como yo somos: viejo o joven, tonto o listo, feo o guapo, rico o pobre, español o rumano, de izquierdas o de derechas, del Madrid o del Barça, pecador o santo, creyente o ateo. Nosotros, en tantas ocasiones, hacemos acepción de personas; miramos nuestro interés y conveniencia; nos mostramos soberbios y arrogantes con Dios y con los demás; amamos y deseamos sólo lo joven, lo listo, lo guapo, lo rico, lo “español” (superior) frente a los que son inferiores… No amamos a Dios y a los demás con todo nuestro corazón, con toda nuestra mente, con todo nuestro ser y para siempre… como nos pedía el evangelio del domingo pasado.
Podemos, en esta semana, procurar mostrarnos amables con los que son menos amables con nosotros y/o con los que nos son menos simpáticos.
* Dios nos entrega su paciencia. Nosotros somos impacientes con Él, cuando no nos da lo que le pedimos y cuando se lo pedimos. También somos impacientes con los demás.
¿Qué podemos hacer en este ámbito durante la semana?
* Dios se nos da por entero, se nos da siempre, se nos da para siempre. Nosotros le damos sólo las sobras y alardeamos de ello, y exigimos “intereses de usura” de eso que le damos, y exigimos, además, que se nos reconozca. En muchas ocasiones nos parecemos a Caín que ofrecía a Dios los animales más viejos, enfermos o flacos y, cuando Dios miró con más complacencia a Abel por su ofrenda desinteresada, Caín se enojó contra Dios y envidió a su hermano.
* Dios nos da su Hijo santo, vivo y que da vida. Nosotros le devolvemos a su Hijo muerto y cubierto de pecado, de nuestros pecados.
* (Sigue tú agrandando la lista).