jueves, 25 de octubre de 2012

Domingo XXX del Tiempo Ordinario (B)



28-10-2012                 DOMINGO XXX TIEMPO ORDINARIO (B)
Homilía de audio en MP3
Queridos hermanos:
            En la homilía de hoy quisiera hablaros sobre el precioso salmo que acabamos de escuchar: el salmo 125.
            A) En primer lugar hemos de situar históricamente la composición de este salmo: Nabucodonosor había arrasado Jerusalén y se había llevado cautivos a Babilonia a casi todos los judíos. En esta ciudad habían sufrido mucho los desterrados y se acordaban constantemente de su país ansiando regresar. Lo ansiaban, como la mujer que os contaba el otro día suspira por la vuelta del marido, que la ha dejado "tirada" en la casa; lo ansiaban, como el enfermo que busca la salud perdida; lo ansiaban, como los emigrantes en países extraños que desean volver a sus hogares... Pero pasaban los años, algunos iban muriéndose y tenían que ser enterrados en tierra extranjera y la vuelta "a casa" cada vez estaba más lejos. Mas, de repente, un día el nuevo rey persa les permite volver a Jerusalén. Rápidamente los judíos empaquetan sus cosas, cogen a su familia y retornan a Israel. Y es en esta situación cuando el pueblo de Israel experimentó una parte de este salmo 125: "Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar: la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares. Hasta los gentiles decían: «El Señor ha estado grande con ellos». El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres".
            Sí, los judíos cantaban y reían porque regresaban a sus casas, a sus ciudades y a su tierra. Sí, los judíos cantaban y reían, y las gentes que los veían pasar, al conocer su historia, se alegraban por ellos y reconocían que el Dios de los judíos les estaba ayudando muchísimo. Sí, los judíos decían y cantaban: "El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres".
            Sin embargo, no todo fue alegría: 1) Al llegar a su tierra, a sus pueblos y ciudades, a su tierra... toda sus antiguas pertenencias estaban ocupadas por otras personas: algunos eran judíos, que Nabucodonosor no había llevado desterrados, y otros eran gentes extranjeras traídas por ese rey y que habian ocupado aquellas casas y aquellas tierras. Fuera como fuera, ni unos ni otros estaban dispuestos a devolver a aquellos que llegaban lo que les había pertenecido hacía ya unos 80 años. NO. Sólo unos pocos de los recién llegados recuperaron sus pertenencias. Los demás tuvieron que adaptarse a la nueva situación: malvivir, construir nuevas casas, que eran peores que las que les habían "robado" aquellos advenedizos, y luchar para salir adelante.
            2) Por otra parte, los recién llegados se encontraron con el hecho de que los extranjeros y los judíos que ocupaban sus tierras, sus casas y sus ciudades creían en otros dioses o seguían creyendo en Dios (Yahvé), pero a su modo. Esto también les hacía sufrir bastante.
            3) Y muchos de los que volvieron empezaron a quejarse interior y exteriormente de su situación y a echar la culpa a Dios (Yahvé); empezaron a pensar que quizás no había sido tan buena idea el regresar a Israel, que quizás hubiera sido mejor quedarse en Babilonia, como sí habían hecho unos pocos de los judíos desterrados. Ahora aquéllos estarían mejor y ellos se encontraban allí pasando penalidades sin fin.
            Y es entonces cuando uno de los judíos que había regresado de Babilonia, habiendo sido inspirado por Dios, compone este bello salmo. Este salmista les recuerda cómo se alegraron, cómo cantaron, cómo se rieron al saber que volvían a Israel y cómo estuvieron así durante todo el viaje de vuelta. El salmista les quiere dar, de parte de Yahvé, ESPERANZA. Ahora lloran, pero reirán: "Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares. Al ir, iba llorando, llevando la semilla; al volver, vuelve cantando, trayendo sus gavillas". Sí, ahora lloran porque no tienen nada. ¿Nada? Tienen las semillas de fe y de Dios; tienen las semillas de trigo y de uvas y de aceitunas...; tienen las semillas de sus habilidades como trabajadores... ¡Tienen tantas semillas en sus manos! El salmista les dice de parte de Yahvé que las siembren y entonces, y sólo entonces, es semillas darán frutos. Y en ese momento podrán cantar: "Al ir, iba llorando, llevando la semilla; al volver, vuelve cantando, trayendo sus gavillas". Y así sucedió con el tiempo.
            B) Ahora vamos a aplicar este salmo 125 a todos nosotros. Cada uno de nosotros conoce su propia situación de dolores y de preocupaciones: en tantas ocasiones nos sentimos como desterrados y no aceptamos nuestra historia personal (familia, trabajo, carácter, vivienda, enfermedad, la edad que tenemos...); en tantas ocasiones sentimos cómo hemos sido tratados injustamente o nos han robado lo que es nuestro (la herencia, un puesto de trabajo mejor, la fama...); en tantas ocasiones pensamos y/o experimentamos que Dios no nos ha tratado bien; en tantas ocasiones nos podemos sentir reflejados en estos judíos a los que antes aludí. Tengamos ESPERANZA. Todo cambiará. Tenemos nuestras lágrimas y semillas de Dios en nuestras manos: "Al ir, iba llorando, llevando la semilla..." En un primer momento pensamos que estamos viviendo una auténtica desgracia, pero, vivida desde la experiencia de Dios y una vez superada, nos damos cuenta que el fruto, la ganancia, la madurez y la fe conseguidas superan con mucho a todo el mal que hemos pasado. Y entonces reconocemos que ha sido Dios quien nos ha acompañado en todo momento y, por eso, seguimos cantando: “El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres”.

jueves, 18 de octubre de 2012

Domingo XXIX del Tiempo Ordinario (B)



21-10-2012                             DOMINGO XXIX TIEMPO ORDINARIO (B)
Homilía de audio en MP3
Queridos hermanos:
            El lema de este año para el Domund es el siguiente: Misioneros de la fe y el cartel del Domund es éste: 


            Vamos a profundizar un poco en este cartel y en su significado. Yo os digo mis conclusiones, pero cada uno debe sacar las suyas:
1) El centro del cartel es la cruz de Jesucristo: Esa cruz en la que Él sufrió y entregó su vida. Así, la segunda lectura dice de Jesús: “No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo exactamente como nosotros, menos en el pecado”. Y de esta cruz y de esta entrega surge la salvación de los hombres y también nace la fe de los creyentes. Pero fijaros que esta cruz no está pintada de negro (el sufrimiento sin sentido) o de rojo (sangre dolorosa), sino que es una cruz blanca (la blancura de la resurrección). Para resucitar hay que morir primero, sí; pero la muerte no es un fin en sí misma, sino el paso previo a la VIDA.
2) Hay unas manos pintadas de azul y verde: azul del mar, verde de la tierra. Es la Tierra; la nuestra; en la que vivimos; la que Dios nos ha entregado a los hombres. Esos hombres que habitamos esa Tierra estamos llamados a acercarnos a esa cruz blanca, a Jesús, mediante la fe.
3) Esas manos son de los misioneros. Ellos llevan a los hombres ante Jesús y ante su cruz blanca, gloriosa, salvadora y, a la vez, ante una cruz de dolor y sufrimiento. Dejadme deciros algunas cosas de los misioneros. Hablaré hoy sólo de los misioneros españoles: - Hay unos 14.000 misioneros. – Un 54% son mujeres. - Entre ellos hay unos 750 laicos, unos están solteros y otros casados, y éstos tienen allí a sus familias (mujeres, maridos e hijos). - El 3% de los misioneros tienen entre 20 y 40 años. – El 43% tienen entre 40 y 70 años. – El 54% tienen entre 70 y 90 años. Como vemos por estas cifras, no es que se acabe la misión de la Iglesia española para llevar la fe a otras partes del mundo, sino más bien –creo yo– que se está acabando un ciclo y un modo de hacer las cosas. Es cierto también que hay otros españoles, mucho más jóvenes, que están en África, en Latinoamérica, en Asia… como cooperantes de ONGs, pero éstos buscan un bienestar material para las gentes; se trata de un trabajo solidario. Los misioneros, sin embargo, buscan sobre todo llevar allá la fe de Jesucristo y con ello el bienestar material y cultural.
Conozco varios misioneros. Ellos no son unos “supermanes”. Son gente corriente, que se sienten impulsados por Jesús a llevar la fe en Él por todo el mundo. Viven sus dificultades y miedos. Os leo a continuación un trozo de una carta de una misionera española que estaba en África, en un país de habla portuguesa, y que ha sido trasladada a otro lugar de África, pero de habla inglesa. Me dice así: “Querido P. Andrés ¡Paz y Bien en el Señor! ¿Cómo estás? He sabido que te han trasladado a la Cuenca Minera. Yo estoy regular, con el inglés tan limitado que tengo, no puedo hacer todo lo que quisiera, pero eso es también una experiencia de pobreza. Cuando no se está donde una quisiera y como quisiera entonces tengo la certeza de que estoy haciendo lo que Jesús me pide. Pensaba hace unos días cuando estaba en la capilla, que yo, por mi voluntad, me iría a donde estaba antes, pero luego me acordé de Sus palabras en Getsemaní y Le dije que se haga Su voluntad y no la mía. Yo siempre decía que una persona religiosa da la medida de su entrega cuando las cosas van mal, porque cuando es fácil lo hace cualquiera ¿no? Bueno, pues ahora me ha tocado demostrarlo y con la ayuda de Jesús quiero hacer lo que Él  mismo me pide, aunque me cueste mucho. Pide mucho por mí, Andrés, que lo necesito; ya te iré contando cómo sigo”.
- El lema del Domund (Misioneros de la fe) se inspiró en una iniciativa del Papa: el 11 de octubre comenzaba en Roma el Año de la Fe. Este domingo pasado, 14 de octubre, se abría en la Catedral de Oviedo este Año de la Fe en nuestra Archidiócesis. El Papa ha escrito la carta apostólica “la Puerta de la Fe” explicando este Año santo. La fe, toda fe de cualquier creyente ha de tener estos cuatro momentos: Un fe que le debe ser anunciada; una fe que necesita nutrirse; una fe que debe ser celebrada y orada, tanto a nivel personal como comunitariamente; y una fe que debe ser testimoniada.
Vamos a coger algunas ideas del Papa Benedicto XVI[1], que nos ayuden a profundizar en el lema del Domund:
1) La fe se alcanza cuando alguien nos predica y proclama la Palabra de Dios. ¿Cómo va a surgir la fe en estas parroquias de la UPAP de La Peña si nadie anuncia la Palabra de Dios? Puede que mucha gente por aquí no quiera escucharla, pero seguro que nadie la escuchará si nadie se la predica.
2) La fe se alcanza cuando el corazón de los que escuchamos la Palabra se deja tocar por la gracia de Dios que nos transforma.
3) Quien atraviesa la puerta de la fe comienza un camino que dura toda la vida. El inicio de este camino está en el bautismo y el final es el paso de la muerte a la vida eterna. La fe no la podemos vivir solamente en el día de nuestro bautismo, en nuestra 1ª Comunión, en nuestra boda, en nuestro entierro, en algunos entierros o bodas de amigos y conocidos, en una visita al santuario de Covadonga. La fe ha de ser vivida en cada instante de nuestra vida: en casa y en el trabajo, en la parroquia y en la calle, en lo bueno y en lo malo, en las certezas y en las dudas[2].
¡Que Dios proteja a nuestros misioneros y nos conceda a todos vivir ese gran regalo de Dios, que es nuestra fe!

[1] Se cruza ese umbral (el de la puerta de la fe) cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida. Éste empieza con el bautismo (cf. Rm 6, 4), con el que podemos llamar a Dios con el nombre de Padre, y se concluye con el paso de la muerte a la vida eterna” (Porta fidei, 1).
[2] Hay una frase preciosa del Papa en el documento Porta fidei sobre esta realidad: “Cuántos creyentes son probados también en nuestros días por el silencio de Dios, mientras quisieran escuchar su voz consoladora” (Porta fidei, 15).

jueves, 11 de octubre de 2012

Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario (B)



14-10-2012               DOMINGO XXVIII TIEMPO ORDINARIO (B)
Homilía de audio en MP3
Queridos hermanos:
            La situación que nos presenta Marcos en este evangelio es la siguiente: Jesús va subiendo hacia Jerusalén con sus discípulos. Sabe que se va acer­cando el final de su vida y que eso supone para Él sufrimiento, cruz y muerte; pero Él sigue adelante, porque ésa es la voluntad de su Padre Dios y porque así logrará el perdón de los pecados de los hombres y la resurrección.
            En este contexto tiene lugar el episodio del encuentro de Jesús con el joven rico. Jesús se encontró a lo largo de su vida con muchos hombres y mujeres, pero sólo algunos de estos diálogos fueron recogidos en los evangelios: tenemos los casos de Nicodemo, de la samaritana, de María Magdalena, del centurión… y del joven rico. Vamos a adentrarnos en este pasaje del evangelio, que es de una riqueza extraordinaria.
            - Un hombre joven había oído hablar de Jesús, le habían dicho que Jesús era muy bueno y que enseñaba la verdad. Este hombre era un judío fervoro­so, cumplidor de la Ley de Moisés, pero quiere saber si puede hacer algo más. Por eso, se acerca a Jesús, se arrodilla ante él y le pregunta: Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna? Jesús le dice que guarde los mandamien­tos. Él replica que desde joven los ha guardado. Jesús se da cuenta que a aquel hombre no le basta con decirle ‘no hagas esto’, ‘no hagas lo otro’; Jesús se da cuenta de que este hombre busca algo más. Entonces Jesús le miró fijamente, le tomó cariño; toda su misericordia divina se volcó sobre él. Le miró como un padre mira a su primer hijo recién nacido, como un enamorado a una enamorada, pero todo esto elevado al infinito, ya que no era un hombre el que miraba: era Dios mismo el que miraba amando. Entonces Jesús le invita, no ‘a que no haga’, sino ‘a que haga’: Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme. Jesús le invita a dejarlo todo, a dárselo a los pobres y seguirle. De este modo será libre y Cristo podrá mostrarle un mundo nuevo, que nunca hubiera imaginado.
            Pero el hombre, al oír estas palabras, sintió un mazazo en su interior. Algo muy hondo se desgarró en él; no podía hacer lo que Jesús decía, porque era un hombre muy rico. Y este hombre, este joven se marchó muy triste: 1) triste, porque no se atrevió a hacer lo que Jesús le pedía; 2) triste, porque, durante toda su vida había pensado que él amaba a Dios sobre todas las cosas, y ahora Jesús le había hecho caer en la cuenta de que él, el que cumplía todos los mandamientos desde pequeño, resulta que amaba a su riqueza sobre todo y sobre todos, incluso sobre Dios. Sí, este joven cumplía los mandamientos de no hacer lo malo, pero no cumplía el Shemá, que es el mandamiento principal para un judío y para cualquier cristiano: “Escucha, Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas” (Dt. 6, 4-5).
El joven se marchó muy triste, pero Jesús también estaba triste mientas le veía alejarse. Jesús tiene un momento de desconcierto. Nos lo indica el evangelio al decir: “Jesús, mirando alrededor, les dijo a sus discípulos…” (Mc. 10,23).
- Sobre esta escena existe un cuadro o un mural que a mí me gusta mucho. La pintura es de Heinrich Hoffmann, pintor alemán (1824-1911). Fue pintada en 1889 y está en la Riverside Church de Nueva York. (A los que recibís la homilía por correo o miráis el blog, os acompaño una copia de esta imagen):
En el cuadro que representa la escena entre Jesús y el joven rico se ve a éste con atributos de rico: un manto de buena calidad con ribetes dorados, un gorro con una joya, una cinta dorada a la cintura, el cabello cuidado… Se ve a Jesús que lo mira con inmenso amor y misericordia. Se ven a los pobres de los tiempos de Jesús representados así: 1) un anciano, que está tullido, que parece ciego y sin una pensión de jubilación (entonces no las había); 2) se ve a una viuda que no tiene quien la sostenga y mira al joven rico como esperando su sostenimiento de él y anhela su respuesta positiva; 3) se ve que ahí es donde viven: con un poco de paja sobre sus cabezas y por donde se cuela la lluvia y por los lados el viento frío del día y de la noche. También se ve a Jesús mostrándole a los pobres con las dos manos y diciéndole: “una cosa te falta: da tu dinero a los pobres y luego ven y sígueme”. Se ve al joven rico con el brazo izquierdo sobre su cadera con gesto descuidado, como diciendo: ‘y a mí qué’. Se ve sus dos manos para atrás, mientras que las de Jesús están en dirección a los pobres: Jesús invitando hacia ellos y él con las manos atrás como rechazando. Pero lo que más me llama la atención y me duele es el rostro del joven rico: un rostro bello y cuidado, pero un rostro duro. No le conmueven las palabras de Jesús, ni la visión de las necesidades de otros hombres. Me llama la atención que no mire para Jesús, pues eso indica que no ve ni a Jesús, ni a los pobres, ni a nadie que no sea a sí mismo.
Sacad vosotros más conclusiones de este cuadro. Me pregunto: ¿qué habrá sido del joven rico con el tiempo?, ¿qué habrá sido de él después de su muerte?, ¿quién ES el joven rico hoy para Dios?
            - Jesús nos está mirando con cariño hoy mismo a todos y a cada uno de nosotros. Nos mira con amor y quiere nuestra felicidad y nos invita a seguirle, a dejar todo por seguir sus pasos. Este evan­gelio no es un ejemplo, no es una parábola, ni una comparación. Debemos tomarlo tal como lo leemos.          Jesús nos dice que no podemos conformarnos con cumplir los mandamientos, con ser buenas personas; para eso no hacía falta que Él viniese a la tierra. Él quiere más de nosotros.
            Nosotros los cristianos podemos tomar el evangelio de dos formas, según lo que Dios nos pida a cada uno. 1) Para unos, la llamada de Jesús se tomará literalmente: dejarlo todo para seguirle (ejemplo de S. Francisco y compañero à biblia[1]; Francisco cambia su ropa  con la de otro más pobre. Teresa de Calcuta à abandonó el colegio en Calcuta para irse a las chabolas). Cada uno de nosotros hemos de preguntarnos si Dios nos llama a esto. Preguntárselo en la oración, sinceramente. 2) Para otros, los más, la llamada de Jesús significará permanecer con la posesión de las cosas materiales para mantener una familia y el progreso de la sociedad, pero esa posesión no es la de un propietario, sino la de un administrador: Los bienes son de Dios (lo de Job: “Dios me lo dio, Dios me lo quitó”) y nosotros los hemos de administrar según su voluntad, es decir, al servicio de los demás. La riqueza, en sí misma, no es ni buena ni mala, pero hay que saber utilizarla, y Dios nos enseña a hacerlo.
            Hoy también, como al joven rico, Jesús nos dice a nosotros: Una cosa te falta… Escuchemos de labios de Jesús qué nos falta y sigamos su voz y sus indicaciones.



[1] Messer Bernardo llamó a San Francisco y le dijo: -- Hermano Francisco: he decidido en mi corazón dejar el mundo y seguirte en la forma que tú me mandes.
San Francisco, al oírle, se alegró en el espíritu y le habló así: -- Messer Bernardo, lo que me acabáis de decir es algo tan grande y tan serio, que es necesario pedir para ello el consejo de nuestro Señor Jesucristo, rogándole tenga a bien mostrarnos su voluntad y enseñarnos cómo lo podemos llevar a efecto. Vamos, pues, los dos al obispado; allí hay un buen sacerdote, a quien pediremos diga la misa, y después permaneceremos en oración hasta la hora de tercia, rogando a Dios que, al abrir tres veces el misal, nos haga ver el camino que a Él le agrada que sigamos.
Respondió messer Bernardo que lo haría de buen grado. Así, pues, se pusieron en camino y fueron al obispado. Oída la misa y habiendo estado en oración hasta la hora de tercia, el sacerdote, a ruegos de San Francisco, tomó el misal y, haciendo la señal de la cruz, lo abrió por tres veces en el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Al abrirlo la primera vez salieron las palabras que dijo Jesucristo en el Evangelio al joven que le preguntaba sobre el camino de la perfección: ‘Si quieres ser perfecto, anda, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres, y luego ven y sígueme’ (Mt 11,21). La segunda vez salió lo que Cristo dijo a los apóstoles cuando los mandó a predicar: ‘No llevéis nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni calzado, ni dinero’ (Mt 10,9), queriendo con esto hacerles comprender que debían poner y abandonar en Dios todo cuidado de la vida y no tener otra mira que predicar el santo Evangelio. Al abrir por tercera vez el misal dieron con estas palabras de Cristo: ‘El que quiera venir en pos de mí, renuncie a sí mismo, tome su cruz y sígame’ (Mt 16,24). Entonces dijo San Francisco a messer Bernardo: -- Ahí tienes el consejo que nos da Cristo. Anda, pues, y haz al pie de la letra lo que has escuchado; y bendito sea nuestro Señor Jesucristo, que se ha dignado indicarnos su camino evangélico.
En oyendo esto, fuese messer Bernardo, vendió todos sus bienes, que eran muchos, y con grande alegría distribuyó todo a los pobres, a las viudas, a los huérfanos, a los peregrinos, a los monasterios y a los hospitales” (De las Florecillas de San Francisco).

jueves, 4 de octubre de 2012

Domingo XXVII Tiempo Ordinario (B)



7-10-2012                         XXVII DOMINGO T. ORDINARIO (B)
Homilía de audio en MP3
Queridos hermanos:
            Hace un tiempo me reuní con una pareja que deseaba contraer matrimonio y quería que yo asistiese al mismo. Resulta que la chica era creyente y practicante, pero el chico no creía, aunque estaba bautizado. A él le bastaría casarse ‘por lo civil’, pero ella quería hacerlo ‘por la Iglesia’ y él consentía en ello. En esa reunión que tuvimos para preparar la boda cogí el libro del ritual del matrimonio y leímos juntos lo que iban a decir;  yo procuraba explicarles lo que significaba cada frase. Esto siempre lo hago al preparar a las parejas ‘a las que voy a casar’. Pues bien, con aquella pareja, creyente ella y él no, llegamos a un punto del ritual de bodas en donde se lee la siguiente pregunta: “¿Estáis dispuestos a amaros y respetaros mutuamente, siguiendo el modo de vida propio del matrimonio, durante toda la vida?” El chico no creyente, de pronto, me interrogó: “Andrés, ¿qué quiere decir eso de ‘siguiendo el modo de vida propio del matrimonio’?”
            Era y es una buena pregunta. Ante todo se ha de decir que hay muchas clases de amor entre las personas: 1) Amor entre padres e hijos. 2) Amor entre hermanos. 3) Amor entre amigos. 4) Amor entre párroco y feligreses. 5) Amor entre Dios y cada persona. Etc. Pero la pregunta del ritual litúrgico (‘amarse y respetarse siguiendo el modo de vida propio del matrimonio’) se está refiriendo al amor peculiar en la vida matrimonial cristiana, es decir, entre un hombre una mujer. Este amor se denomina amor esponsal. Como sabéis, estoy desde hace unos cuantos años trabajando en el Tribunal eclesiástico del arzobispado de Oviedo y hasta allí llegan únicamente los matrimonios rotos y deshechos. Al confesionario, a la parroquia… llegan principalmente matrimonios con dificultades, pero –repito– al Tribunal los únicos matrimonios que llegan son los rotos. Allí he visto y aprendido lo que no debe ser un matrimonio y lo que no debe ser un amor esponsal y, viendo y percibiendo claramente lo que no deben ser, me he convencido de lo que deben ser un matrimonio y un amor esponsal, los cuales conllevan algunos de estos aspectos:
- Igual dignidad. Ésta es una premisa previa a cualquier cosa en el matrimonio y en el noviazgo. Si no existe la conciencia y el convencimiento por parte del novio y de la novia, y por parte del marido y de la mujer, que ambos son fundamentalmente iguales en dignidad humana, lo cual significa e implica: respeto mutuo, aceptación de la otra persona tal y como es, el no considerarse superior al otro bajo ningún concepto…; si no se está dispuesto a vivir así en el noviazgo y en el matrimonio, entonces es mejor no engañar y decirlo claramente antes de la boda. Voy a poner algunos ejemplos, que es como mejor se entiende todo esto: hace un tiempo en un matrimonio en donde el marido trabajaba fuera de casa y traía el sueldo a casa y ella atendía las tareas del hogar, él, que siempre estaba tirando puyas contra su mujer, le dijo esta lindeza y este piropo: ‘¡Anda, cállate tú, que eres una mantenida!’ Otro ‘piropo’ se da cuando uno de los dos tiene un carrera universitaria y el otro no, y el que la tiene le echa en cara al otro ante los demás que es un analfabeto o un inculto o se ríe de sus expresiones ‘poco cultas’. Esto no se puede dar nunca en una relación matrimonial, si existe verdadero amor esponsal entre el marido y la mujer, pues el ganar dinero o el tener títulos universitarios o cualquier otra cosa no hace que uno esté por encima del otro. En un matrimonio ambos cónyuges son iguales. La boda se celebra en una radical igualdad entre los esposos.
- Complementariedad, no clones. ¿Qué quiere decir esto? El hecho de que los esposos sean iguales en dignidad no quiere decir que sean fotocopias el uno del otro, o que sean clones, o que tengan que pensar y sentir exactamente lo mismo. NO. Los esposos son iguales en dignidad, pero dentro de la legítima diversidad de caracteres, la diversidad de formas de ver la vida, la diversidad de ideas, la diversidad de experiencias. Pues la riqueza del matrimonio consiste, en tantas ocasiones, en la unión de dos personas tan distintas, pero que son complementarias entre sí. Pues uno tiene unos valores y virtudes… y otro otros, y así, cada uno, siendo como es, forma con el otro un todo mucho más perfecto que cada uno por su lado.
- Exclusividad y fidelidad. Estás características significan que en un matrimonio sólo él ama de ese modo (esponsal) a ella, y ella a él. No puede haber terceras personas en ese mismo tipo de amor y entre esas dos personas. Cuando está bien asentando el amor esponsal, surge inmediatamente la confianza; una confianza que es mutua. Atenta contra la fidelidad y contra la exclusividad del matrimonio, no sólo la traición y los ‘cuernos’, sino también la desconfianza y los celos. ¡Cuánto sufrimiento hay por estas dos últimas cosas en tantas parejas!
Indisolubilidad. Los esposos se deciden a amarse y unirse entre sí para siempre (‘hasta que la muerte los separe’), independientemente de los avatares de la vida: ya sea en el trabajo, en la enfermedad, en las alegrías, en las pruebas. Recuerdo que hace un tiempo una señora me invitó a ver la casa que estaba construyendo su hijo, al cual después yo asistí en su celebración del matrimonio. Al ver la casa estaba allí trabajando un albañil y la mujer me presentó como el cura que iba a casar al hijo y el albañil me dijo. ‘¡Qué sea por unos cuantos años!’ ¿Cuánto tiempo va a durar el matrimonio de Fulano y de Mengana? No lo saben ellos, ni nosotros. Sólo Dios lo sabe. Lo que ellos pueden decir el día que contraen matrimonio es que se aman hoy, y mañana otra vez y así siempre. Hay que decirlo y hacerlo cada día.
Ayuda mutua, en donde él está para ella y ella para él, en donde hay diálogo mutuo y constante, en donde las decisiones importantes se toman de modo compartido. Voy a contaros un hecho real para aclarar esto: (Caso de Laurentino y ‘yo no hago feliz a éste, a ésta’). En el matrimonio se ha de olvidar uno de sí mismo para que sólo el otro esté en el centro. Así no hay matrimonio que falle. Claro que tiene que este amor ha de ser mutuo, pues en caso contrario uno se convierte en una especie de esclavo del otro. El amor hacia los hijos puede funcionar en una dirección (de los padres a los hijos), pero, para que funcione el amor matrimonial, tiene que actuar en las dos direcciones.
Sexualidad (genitalidad); es importante esto en el matrimonio. Es como el termómetro de una vida conyugal. A veces sucede que, de solteros, ‘se hace’ frecuentemente y, de casados, se distancia dicha frecuencia. Siempre digo que tan pecado es hacerlo antes de la boda como no hacerlo después. Normalmente se denomina a esto ‘hacer el amor’. Yo distingo entre ‘hacer el acto sexual’ (entre novios y casados que buscan más su placer físico, el cual predomina sobre el cariño y el afecto), y ‘hacer el amor’ (donde el detalle, el cariño se manifiestan en todos los momentos, y el coito es el culmen de ese amor esponsal).
- Hijos. Los hijos forman parte del amor esponsal, pues son la consecuencia lógica, salvo problemas particulares y graves en los cónyuges. Este tema de la descendencia tiene una doble vertiente: la generación de la prole y la educación de los hijos. En cuanto al primer punto, en el amor esponsal, si no es egoísta, surge uno de sus mejores frutos: los hijos. Y, una vez que los hijos están aquí, los esposos deben continuar con su tarea, es decir, su amor esponsal, de uno para el otro, se abre a la paternidad – maternidad, que debe explayarse en la atención, cuidado y educación de la prole.
Para nosotros, que somos hombres de fe, sabemos que el origen, medio y meta de este amor esponsal es Dios. Cuando los esposos basan este amor mutuo en la mera atracción física, en la mutua simpatía y en las aficiones comunes, en el pensar igual…, llega un día que esto se acaba, o llega un día en que este amor por sí solo no basta para alimentar y sostener el matrimonio, o llega un día en que otra persona cumple mejor estas expectativas que quien se tiene al lado. Por eso, nosotros sabemos que es Dios quien nos enseña cómo amar esponsalmente y quien alimenta continuamente este mutuo cariño. Ante él os casáis y ante él dais la promesa de matrimonio, y así queréis pedir su ayuda.
¡¡¡Dios ayude a todos los matrimonios a vivir este amor esponsal!!!

jueves, 27 de septiembre de 2012

Domingo XXVI del Tiempo Ordinario (B)



30-9-2012                        DOMINGO XXVI TIEMPO ORDINARIO (B)
Homilía de audio en MP3
Queridos hermanos:  
            El apóstol Santiago es siempre muy directo en sus escritos, que buscan que nos enfrentemos a nosotros mismos y a nuestras acciones. En este domingo la Iglesia nos propone un texto de Santiago contra los ricos y contra sus riquezas ganadas injustamente. Volvamos a recordar lo leído: “Vosotros los ricos, gemid y llorad ante las desgracias que se os avecinan. Vuestra riqueza está podrida y vuestros vestidos son pasto de la polilla. Vuestro oro y vuestra plata están oxidados y este óxido será un testimonio contra vosotros y corroerá vuestras carnes como fuego. ¿Para qué amontonar riquezas si estamos en los últimos días? Mirad, el jornal de los obreros que segaron vuestros campos y ha sido retenido por vosotros está clamando y los gritos de los segadores están llegando a oídos del Señor todopoderoso”.
            Como digo en muchas ocasiones, una homilía se prepara: a) poniendo en una mano la Palabra de Dios, b) en la otra mano la vida ordinaria que nos rodea y c) tratando de extraer las enseñanzas de Dios para todos y para cada uno de nosotros. Pues bien, ya por lo que se refiere al escrito de Santiago, se puede decir lo siguiente:
            1) La primera conclusión es la más evidente: la Palabra de Dios en el apóstol Santiago denuncia a aquellos que, en esta situación de crisis económica mundial, europea y española, se aprovechan para enriquecerse a costa de otros. Aquí debemos meter a aquellos responsables en la administración de las cajas de ahorros y de los bancos que llevaron a la quiebra a sus entidades, pero ellos se han marchado con los bolsillos bien llenos y con indemnizaciones de escándalo. También debemos meter aquí a aquellos empresarios que aprovechan la ocasión para echar a la calle a tantos obreros y empleados suyos, o se aprovechan para no pagar a otras empresas los trabajos realizados y que pueden llevar a estas otras empresas a la ruina y al cierre. Igualmente meteremos en este grupo a los políticos que, siendo responsables de administraciones del Estado o de una Comunidad Autónoma o de un ayuntamiento, han realizado obras y no han pagado a sus proveedores ni a diversas empresas y autónomos, los cuales están con el agua al cuello o ya directamente se han arruinado. Y se pueden seguir poniendo ejemplos y más ejemplos... De éstos dice el apóstol Santiago: “Vuestra riqueza está podrida […] Vuestro oro y vuestra plata están oxidados y este óxido será un testimonio contra vosotros y corroerá vuestras carnes como fuego […] Mirad, el jornal de los obreros que segaron vuestros campos y ha sido retenido por vosotros está clamando y los gritos de los segadores están llegando a oídos del Señor todopoderoso”.
            2) Una segunda conclusión que se puede sacar procede también de la Palabra de Dios, pero de otro texto: “Si alguien vive en la abundancia, y viendo a su hermano en la necesidad, le cierra su corazón, ¿cómo permanecerá en él el amor de Dios? Hijitos míos, no amemos solamente con la lengua y de palabra, sino con obras y de verdad” (1 Jn. 3, 17-18). Tampoco nos sirve el hecho de que hayamos ganado el dinero justamente y que, ante tanta miseria como nos rodea, endurezcamos nuestro corazón para no ayudar a los demás. Los ‘demás’ pueden ser nuestros padres, nuestros hermanos, nuestros hijos, nuestros tíos, nuestros primos, nuestros vecinos, nuestros amigos o cualquiera que pase necesidad. Si cerramos el corazón a esas personas que pasan necesidad, también el texto del apóstol Santiago nos será de aplicación: “Vuestra riqueza está podrida y vuestros vestidos son pasto de la polilla. Vuestro oro y vuestra plata están oxidados y este óxido será un testimonio contra vosotros y corroerá vuestras carnes como fuego. ¿Para qué amontonar riquezas si estamos en los últimos días?”
            3) Una tercera conclusión es que la culpa no la tienen siempre y sólo “los de arriba”: los empresarios, los políticos, los banqueros… También la tenemos nosotros: “los de abajo”, los obreros…, pues en diversos casos no hemos sido honestos en nuestro trabajo y hemos robado tiempo, dinero o cosas en la empresa. Sabemos todos de casos en que se han amañado los cálculos para que algunos obreros se jubilaran con más dinero del que les correspondía; sabemos todos de casos de sindicalistas que chuparon y chuparon de la empresa o del Estado; sabemos todos de casos de obreros que exigieron a sus jefes tanto que, ahora no hay ni para éstos ni para aquéllos, pues la empresa tuvo que cerrar. De hecho, hay empresarios que han perdido absolutamente todo: la empresa, las naves, la maquinaria…, y sus casas y bienes que tenían hipotecados. También en este caso las palabras de Santiago van contra aquellos obreros que han ganado de mala manera sus dineros. “Vuestra riqueza está podrida y vuestros vestidos son pasto de la polilla. Vuestro oro y vuestra plata están oxidados y este óxido será un testimonio contra vosotros y corroerá vuestras carnes como fuego. ¿Para qué amontonar riquezas si estamos en los últimos días?”
            4) Asimismo, podemos sacar una cuarta conclusión de esta lectura del apóstol Santiago: Todos o muchos de nosotros hemos puesto nuestra esperanza en los bienes materiales. De ellos hemos hecho nuestro dios. Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Y ahora, no sólo no tenemos lo superfluo, sino que tampoco tenemos lo necesario. Se podrían poner miles de casos reales. Yo voy a leeros un caso concreto, y que cogí de un periódico ya en noviembre de 2008: “El parado típico levantino: ex albañil y con un BMW en la puerta de su piso hipotecado. Ginés F. tiene ya 27 años y poco que hacer desde hace unos meses, salvo sacarle brillo al BMW 316 que compró hace dos años cuando ingresaba casi cuatro mil euros al mes. Otra de las pocas cosas que tiene que hacer es pensar cómo va a seguir pagando la hipoteca de su pequeño piso, en su mismo pueblo, cuyo precio total fue de unos 200.000 euros hace cuatro años. Es uno de los muchos jóvenes entre 25 y 35 años que en todo Levante y especialmente en la Región de Murcia han engrosado las listas del paro en el último año. El caso de Ginés es típico: Hace más de diez años, cuando a trancas y barrancas seguía repitiendo curso en el Instituto, empezó a oír que en la Marbella del GIL pagaban 400.000 pesetas a los que eran buenos en sus oficios de albañilería y hostelería. Cuando más arreciaban las discusiones con su padre, también Ginés y albañil que quería que su hijo estudiara, resultó que empezó el boom de la construcción en la costa, primero, y en el interior murciano, después. Ya no había discusión posible. Ginés fue uno de los muchos jóvenes que entraron en masa a trabajar de peones de albañil y rápidamente fueron especializándose como encofradores, pintores, electricistas, ferrallistas, soldadores, carpinteros metálicos, instaladores de aire acondicionado o calefacción, etcétera. Y empezaron a ganar, con la entrada del euro, el equivalente a lo que antes habían oído que se ganaba en pesetas en Marbella. Muchos, más jóvenes que Ginés, dejaron entonces los estudios, aun sin tener la edad legal de trabajar, y empezaron a hacer horas clandestinas hasta cumplir los dieciséis años, cuando ya podían trabajar a pecho descubierto. El diputado regional socialista Mariano García Pérez asegura que conoce más de un caso en que un “zagal” se despedía de su maestro con chulería: “Me voy de ferrallista a ganar el doble que tú”. Y no era un farol. Trabajaron las horas que hicieran falta durante unos años con tal de ganar todo lo que la burbuja inmobiliaria estaba dispuesta a darles. Durante unos años, hasta el pasado, la vida ha sido una especie de Eldorado para todos estos jóvenes, tanto en Murcia, como en Almería, Alicante o Castellón. Todavía se les ve por ahí en sus aún flamantes BMWs pequeños o SEAT León. Coches ágiles y rápidos para las noches de marcha. Y para vacilar con las pibas a la puerta de las discotecas. Los que se ennoviaron, caso de Ginés, se “empufaron” con el pisito o, incluso, el adosado. Hay bastantes que se casaron y han tenido ya un hijo. Los que siguieron solteros y en casa de los padres tienen menos deudas y compromisos, pero el mismo problema: son parados jóvenes y sin esperanza de recuperar el trabajo a medio plazo. Posiblemente, todos agotarán las prestaciones de desempleo, mientras se buscan la vida paralelamente, si pueden. ¿Volver a estudiar? Ni se lo plantea Ginés de lo mal que recuerda que le iba cuando tenía 14 y 15 años. ‘A mí, lo de leer no me va’, sentencia. Pero reconoce que algunos ‘críos’ más jóvenes que él, los que llegaron al tajo en los estertores del boom inmobiliario-turístico, hablan de hacer formación profesional. Sólo hablan: no conoce ninguno que lo haya hecho. Les preocupan más las deudas contraídas y cómo mantener su efímero alto nivel de gasto”

jueves, 20 de septiembre de 2012

Domingo XXV del Tiempo Ordinario (B)



23-9-2012                        DOMINGO XXV TIEMPO ORDINARIO (B)
Homilía de audio en MP3
Queridos hermanos:
- En este templo, ¿quién es el más importante de los que aquí estamos? ¿Quién es el primero entre nosotros? ¿Será el cura? ¿Será el feligrés más anciano o el más joven, o el que más sabe, o el más rico…? ¿Quién es el más importante de entre nosotros?
            El evangelio de hoy nos dice que los discípulos, a espaldas de Jesús, habían estado discutiendo quién era el más importante de todos ellos. Cada uno sacaba a relucir sus méritos y sus cualidades, su sabiduría y la posible preferencia de Jesús hacia ellos por encima de otros discípulos. ¡Claro, y no se habían puesto de acuerdo!, pues cada uno pensaba que sus razones eran mejores que las de los otros y nadie estaba dispuesto a ceder. Jesús, que sabía todo lo que “se cocía” a sus espaldas les dio (a sus discípulos, pero también a nosotros) la solución “final y total” para llegar a ser el más importante “en el mundo mundial”: Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.
El tema que deseo exponer en esta homilía es de rabiosa actualidad y asimismo es un tema siempre presente en nuestro mundo, desde que el hombre es hombre. Nos lo planteamos nosotros; se lo plantearon en tiempos de Jesús; y también en tiempos de Adán y Eva. En efecto, ya en el paraíso Adán y Eva querían ser importantes; querían ser tan importantes como Dios. El pecado original no consistió simplemente en comer una manzana o en desobedecer a Dios. No. El pecado original fue un pecado de soberbia. Satanás se acercó a Eva y le dijo que, si comían del árbol aquel, “serían como Dios” (Gn. 3, 5); sí, tendrían todo el poder de Dios, toda la sabiduría de Dios, todas las cualidades y atributos de Dios; en definitiva, “serían como Dios”.
- En nuestro mundo, en la sociedad en la que estamos los que quieren ser primeros han de luchar y esforzarse por destacar en algún aspecto o en varios: ser los mejores futbolistas o sobresalir en cualquier otro deporte; ser buenos cantantes o músicos; ser buenos actores; ser los más listos, hasta poder llevar un premio Nobel o, al menos, alcanzar una cátedra universitaria; tener mucho dinero; tener mucho poder; tener belleza; poseer muchas cosas materiales y permitirse todos los caprichos. Si logramos esto, entonces seremos importantes y de los más importantes.
En la sociedad en la que estamos los que quieren ser primeros, pero no pueden triunfar en los aspectos anteriores, han de luchar y esforzarse por llevar la voz cantante en casa o entre sus amistades o en otros sitios: a estas personas les cuesta trabajo admitir sus errores; que les llamen la atención; pedir disculpas; que les dejen en ridículo. Estas personas saben de todo; pueden decir todo de los demás, pero no se puede decir nada de ellos; lo suyo es lo mejor y les cuesta trabajo reconocer públicamente los logros y virtudes de los demás. El otro día me llamaba por teléfono una mujer, que tiene una hija estudiando en la Universidad. Esta chica se presentó a unos exámenes en septiembre y, de cuatro asignaturas, aprobó tres. Cuando lo supo, esta chica se hundió. ¿Por qué? Se hundió sólo pensando que otro alumno, que también se presentó a la asignatura que ella suspendió, haya podido aprobar y, de este modo, ella quedará de menos ante él. Sí, tiene miedo a quedar como una tonta, como una fracasada, como una perdedora, como la última mona… ¿En qué hemos convertido este mundo, nuestra sociedad para que la gente tenga miedo de aceptar que no somos mejores ni peores por quedar por delante o por detrás de otras personas? Ya sabéis el famoso refrán: “Más vale ser cabeza de ratón que cola de león.”
- Lo que está claro es que, quien quiera ser el primero o el más importante ante el mundo, no lo será ante Dios. Lo que está claro es que, quien quiera ser el primero o el más importante ante Dios, no lo será ante los demás o ante el mundo. Nosotros decidimos: o luchamos y nos esforzamos por ser importantes ante Dios o luchamos y nos esforzamos por ser importantes ante el mundo. Pero, por favor, no nos engañemos más a nosotros mismos: o seguimos a Dios o seguimos a este mundo y su soberbia.
¿Cómo podemos hacer para ser los primeros ante Dios y no ante los demás y ante el mundo? Nos lo dice el mismo Jesús en el evangelio de hoy: Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.
* Si queremos ser los primeros ante Dios, hemos de luchar y esforzarnos por ser los últimos, o sea, que hemos de luchar porque los demás no nos consideren ni nos tengan en cuenta.
* Si queremos ser los primeros ante Dios, no hemos de esconder nuestros defectos ni nuestras carencias. Tampoco hemos de presumir de ellas. Somos como somos y hemos de aceptarnos así: con nuestro físico, con nuestro carácter, con nuestra historia personal, familiar, social y laboral. No hablo de estancamiento. Hablo de partir de la realidad que somos y, sólo a partir de conocer, aceptar y amar esta realidad nuestra (que Dios mismo conoce, acepta y ama), podemos empezar a caminar hacia Él. Si no nos aceptamos tal y como somos, tal y como estamos, entonces viviremos en la irrealidad y huiremos a un pasado que no volverá o a un futuro que esperamos mejor, pero que quizás nunca lleguemos o, al menos, tal y como imaginamos.
* Si queremos ser los primeros ante Dios, no protestaremos ni nos quejaremos continuamente de Dios, de los demás, de nosotros mismos. La queja continua nos hace creernos las victimas de todos o convertirnos en unos resentidos. Y esto nos aparta de Dios, pues nos impide aceptarnos tal y como somos, y aceptar a los demás tal y como son.
* Si queremos ser los primeros ante Dios, cogeremos (como Jesús) a un niño entre nuestros brazo y lo acogeremos. En los tiempos de Jesús, los niños eran los que no valían, los que no contaban…, eran los últimos. Lo que Jesús nos pide es que nos quitemos nosotros del centro de todo y pongamos a los otros como centro. Los otros son un compañero de trabajo, un vecino, un familiar, cualquiera que pasa a nuestro lado. Al poner al otro o a los otros en el centro de nuestra vida, nos convertimos en sus servidores. Al ser servidores suyos, nos convertimos en los últimos. Al ser los últimos y los servidores de todos, nos convertimos en los primeros ante Dios. Y al ser los primeros ante Dios, seremos los más importantes ante Dios.
* Sin embargo, todo esto que acabo de decir no puede ser logrado solamente con el esfuerzo personal. NO. Sobre todo es don y regalo de Dios, al cual hemos de suplicar diariamente por ello. ¡Dios nos lo conceda! ¡Así sea!

jueves, 13 de septiembre de 2012

Domingo XXIV del Tiempo Ordinario (B)



16-9-2012                    DOMINGO XXIV TIEMPO ORDINARIO (B)
                                           Is. 50, 5-10; Sal. 114; Sant. 2, 14-18; Mc. 8, 27-35
Homilía de audio en MP3
Queridos hermanos:
            En este domingo del tiempo ordinario escuchamos y oramos el salmo 114. En una de sus frases dice así: “Caí en tristeza y angustia”.
            - “Caí en tristeza y angustia”. Sí, ante tanta muerte como acontece a nuestro alrededor o entre nuestros familiares y amigos, podemos caer en el pozo negro de la tristeza y de la angustia. Tenemos el caso de Diego: un chico de 13 años, que fue al cine la semana pasada con sus amigos y, al regresar a casa, un accidente de tráfico segó su vida y en gran medida la vida de sus padres y hermanos. Tenemos el caso de Santiago (35 años), que fue ordenado sacerdote en mayo de este mismo año y, pocos días antes de tomar posesión de sus parroquias, murió de forma sorpresiva dejándonos a todos con el corazón encogido y a su madre viuda, y que sólo tenía en la vida a este hijo único, totalmente desamparada.
            - “Caí en tristeza y angustia”. Sí, ante tantos matrimonios y parejas que se rompen y que malviven en una relación frustrante y en la más espantosa de las soledades, y de cuya relación no pueden escapar por falta de medios económicos, por los hijos o por falta de fuerzas, se puede caer en el pozo negro de la tristeza y de la angustia y no ver más fin y solución que la muerte, bien del otro cónyuge o de uno mismo.
            - “Caí en tristeza y angustia”. Sí, ante tanta situación de miseria, de pérdidas de trabajo, de embargo del piso o de los propios bienes…, se puede caer en el pozo negro de la tristeza y de la angustia. Supe el otro día de un matrimonio, de unos 65 años, que lucharon toda su vida por sacar adelante su familia. Tenían un pequeño negocio, las cosas empezaron a ir mal, hipotecaron su piso y otros bienes para conseguir más dinero del banco en la confianza que estos malos tiempos pasarían en unos meses, pero… las cosas no sólo no mejoraron, sino que empeoraron. En definitiva, a fecha de hoy han perdido el negocio, su piso con todo el contenido, y sólo pudieron salir con lo puesto y ahora, por suerte, han podido ser recogidos por una hija del matrimonio, que les cedió una habitación. Este matrimonio en la actualidad no tiene casa propia, no tiene recuerdos materiales juntados en tantos años (ropas, adornos, muebles…), no tiene coche, no tiene dinero (deben aún al banco, pues el valor del piso no alcanza a satisfacer la deuda contraída). Sólo tiene, este matrimonio, un pequeño espacio prestado de unos pocos metros cuadrados, pero el marido tiene una cosa más que la mujer: una tremenda angustia y sentimiento de culpabilidad, pues suya fue la idea de hipotecar la casa pensando que pronto cambiaría todo a mejor.
            - “Caí en tristeza y angustia”. Sí, ante la vejez, ante las enfermedades que van viniendo con los años y ante los problemas de cada día, se puede caer en el pozo negro de la tristeza y de la angustia, pues no se ve ningún futuro y la depresión se adueña de uno. Sólo se quiere uno morir o no levantarse nunca de la cama. Os leo el caso de un chico de 23 años y su experiencia: “Siempre he intentado hacerme el duro, el fuerte, pero en realidad eso no era más que una mascara social que me he puesto. Por dentro estoy masacrado, consumido; perdí todos los amigos, la familia me dejó de lado, nadie intentó entender mis problemas. Aunque sea muy triste decirlo, lo único que me sigue atando a esta vida son los tristes videojuegos. Me paso las horas delante de la tele y el ordenador, deseando que me entre el sueño para poder dormirme, y olvidarme de todo. Cada día me siento más solo; hay días que me los paso enteros llorando, en compañía de mi más leal y ÚNICO amigo: mi perro; si no fuera por él... Los pensamientos suicidas rondan mi cabeza cada vez más frecuentemente, y aunque no quiero hacerlo, tampoco veo la salida del pozo…”
            ¿Cómo salir de este pozo negro de tristeza y de angustia en el que hemos caído, o han caído algunos amigos, familiares o conocidos nuestros? ¿Podemos ayudarles y ayudarnos? Yo diría que hay dos formas de ayudar a estas personas y de ayudarnos a nosotros mismos cuando estamos caídos: Existe una ayuda remota y otra próxima.
            La ayuda remota es aquella que significa la preparación que todos hemos de tener a lo largo de nuestra vida para cuando estemos metidos en el pozo del dolor. Si no vamos cogiendo “músculo” desde el principio, es fácil que después los acontecimientos nos desborden y sobrepasen, y que todo esté por encima de nuestras fuerzas:
- Una de las primeras cosas que hemos de aprender y de enseñar en esta vida es que el dolor (igual que la alegría y el placer) forma parte de nuestra existencia. Escuchad lo que nos dice una mujer de sí y de su vida: “Cerca de seis años después de la muerte de mi hijo -de un añito- y de haberme separado. Recibí el tercer golpe, uno de los más grandes que he tenido en mi vida: Mi hermano de 34 años, con el que estaba muy unida, al que yo adoraba y al que siempre trataba de cuidar, se suicidó. En ese momento se me paralizó la vida. Por primera vez dije: ‘de ésta ya no salgo’. Me fui hasta el fondo del pozo. Estuve cerca de cinco meses en la oscuridad más profunda. Lloraba mañana, tarde y noche. Con la ayuda de un amigo psicólogo fui saliendo de ese pozo en el que estaba caída. Después de todo lo que he pasado en mi vida, yo les diría a las personas que están viviendo un duelo, que el dolor es parte de la vida, al igual que la alegría. Cuando una le pierde el miedo al dolor, aprende a vivir en paz. El dolor hay que tocarlo, sentirlo y caminar con él. Después de eso, una se vuelve a enamorar de la vida y de todo lo maravilloso que ella nos regala cada día”.
- La fe en Dios, cuyo trato frecuente nos hace percibir la presencia amorosa y tierna de un Jesús que se preocupa por nosotros. La fe en Dios no puede significar solamente la práctica de unos cultos, de unos rezos, de una determinada forma de comportarse, de aceptar una serie de verdades dogmáticas. La fe en Dios es… ese Padre cariñoso en nuestra vida, ahora y siempre. Quien vive esto, se vuelve invencible. Ya lo decía San Pablo: “¿Quién podrá entonces separarnos del amor de Cristo? ¿Las tribulaciones, las angustias, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada? […] Porque tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rm. 8, 35.38-39).
Cuando ya estamos caídos (o han caído otros) en ese pozo negro de angustia y de tristeza, entonces hemos de recurrir a la ayuda próxima:
- Hablar y desahogar con familiares y amigos, pues el amor y la amistad nos defienden y nos sostienen contra el dolor. “Amigo fiel es refugio seguro, el que lo encuentra, encuentra un tesoro; un amigo fiel no tiene precio ni se puede pagar su valor” (Eclo. 6, 14s).
- También se puede acudir a psicólogos, psiquiatras o médicos. Ellos, desde su ciencia, nos pueden ayudar a superar la situación por la que estamos pasando, o nos pueden facilitar el sobrellevarla mejor. Aunque en este ámbito, hay experiencias para todos los gustos.
- Y, finalmente, podemos acudir a Dios. Ese amigo que está en todo momento con nosotros, en lo bueno y en lo malo. Por eso, el salmo 114 nos dice: “Caí en tristeza y angustia. Invoqué el nombre del Señor: ‘Señor, salva mi vida’. Verdaderamente el Señor nos salva. Ésta es mi experiencia y la que hoy os quiero transmitir a todos vosotros.