jueves, 3 de noviembre de 2011

Domingo XXXII del Tiempo Ordinario (A)

9-11-08 DOMINGO XXXII TIEMPO ORDINARIO (A)

Sb. 6, 12-16; Slm. 62; 1 Tes. 4, 13-17; Mt. 25, 1-13


Homilía de audio en MP3

Queridos hermanos:

Estamos terminando ya el año litúrgico, que finaliza como un mes antes que el año civil. En las lecturas que escucharemos en estos domingos que vienen se nos menciona el fin del mundo, la venida final de Jesucristo, etc. En este contexto se ha de situar el evangelio de hoy, el cual alude a la parábola de las diez doncellas que esperan al esposo.

De esta parábola yo saco tres enseñanzas:

- La necesidad de estar en continua vigilancia. En efecto, las doncellas prudentes pudieron entrar con el esposo al banquete. Las doncellas necias tuvieron que ir al Mercadona a comprar aceite, pero allí había cola en la caja y, cuando llegaron a la casa del esposo para el banquete, se encontraron con la puerta cerrada. Y el esposo ya no les abrió la puerta ni les dejó pasar adentro. Por eso, termina Jesús el evangelio diciendo: “Velad, porque no sabéis el día ni la hora”.

- Actos personales y consecuencias de los mismos. En la parábola se nos dice que “las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite; en cambio, las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas”. Como ya os he dicho en diversas ocasiones, existen hechos o acciones personales que no tienen ninguna o poca relevancia para nosotros y para quienes nos rodean: por ejemplo, el que uno se ponga la chaqueta de un color u otro, el que se tome en un bar un café o una infusión, etc. Pero sí que existen otras acciones que cambian totalmente nuestra vida. Este día hablaba con un chico de 16 años. Empecé a hablar con él el año pasado y entonces llevaba una vida un tanto desastrada, con poca atención en el colegio, con muchas gamberradas o faltas de respeto hacia los demás, con pérdidas de tiempo, con compañías no demasiado buenas, etc. Por una serie de razones, este chico empezó a cambiar, y ahora estudia, respeta a los demás, ayuda en caso mucho más, etc. Su pensamiento y su forma de ver la vida han cambiado. Ahora quiere labrarse un porvenir, pero los “amigos” del año pasado siguen “a su bola”; quieren atraerle de nuevo con ellos, pero él lo rechaza. ¿Qué será de este chico dentro de cinco años? ¿Qué será de esos “amigos”, si siguen por el mismo camino, dentro de cinco años? Otro caso: ¿qué hubiera sido (para bien y para mal) de la vida de tantas personas si, a la hora de elegir pareja, hubieran escogido a otra persona distinta de la que tienen a su lado? Todos tenemos ejemplos de esto: en nuestra familia, en nuestros vecinos, en nuestros amigos o en nosotros mismos. Y las consecuencias de esta elección, buena o mala, la sufren o la disfrutan los padres y hermanos, pero sobre todo los hijos.

- Cada uno es responsable de sus propios actos. : “Más tarde llegaron también las otras doncellas, diciendo: ‘Señor, señor, ábrenos.’ Pero él respondió: ‘Os lo aseguro: no os conozco’”. No podemos decir: ‘¡Qué malo es el esposo que no abrió a las necias!’ Hay que madurar y asumir las consecuencias de las propias decisiones. Basta de echar la culpa al otro, al gobierno, al vecino, a los padres, a Dios… Seamos maduros y responsables de nuestros propios actos. Fueron las doncellas necias quienes no se cuidaron de llevar reserva de aceite; fueron las necias quienes quisieron que las otras les dejaran aceite y así no habría aceite ni para unas ni para otras, es decir, pidieron que las demás taparan su desidia y su pereza. Voy a contaros un cuento que va en esta línea de asumir responsabilidades: “Llegado el momento de poner un nombre a su primogénito, un hombre y su mujer empezaron a discutir. Ella quería que el niño se llamase igual que su abuelo materno, y él quería ponerle el nombre del abuelo paterno. Finalmente, acudieron al párroco para que solventara la cuestión. ‘¿Cuál era el nombre de tu padre?’, preguntó el párroco al marido. ‘José’. ‘¿Y cómo se llamaba el tuyo?’, preguntó a la mujer. ‘José’. ‘Entonces, ¿cuál es el problema?’, preguntó perplejo el párroco. ‘Verá, Vd., señor cura’, dijo la mujer. ‘Mi padre era un sabio, y el suyo era un ladrón de caballos. ¿Cómo voy a permitir que mi hijo se llame igual que un hombre como ése?’ El párroco se puso a pensar en el asunto muy seriamente, porque se trataba de un problema verdaderamente delicado. No quería que una de las partes se sintiera vencedora y la otra perdedora. Al fin, dijo: ‘Os sugiero lo siguiente: llamad al niño José; luego esperad a ver si llega a ser un sabio o un ladrón de caballos, y entonces sabréis si le habéis puesto el nombre de uno o de otro abuelo’”.

Si al final de nuestra vida somos un hombre sabio o un ladrón de caballos, será responsabilidad nuestra. Si al final de nuestra vida somos una doncella necia o una doncella prudente, será responsabilidad nuestra. Si al final de nuestra vida somos invitados a entrar en el banquete del Reino de Dios o somos rechazados, será responsabilidad nuestra. Por lo tanto, estemos vigilantes todos los días de nuestra vida. Este es el mensaje que Jesús quiere darnos hoy a través de su Santa Iglesia.

lunes, 31 de octubre de 2011

Todos los Santos

1-11-11 TODOS LOS SANTOS (A)

Ap. 7, 2-4.9-14; Slm. 23; 1 Jn 3, 1-3; Mt. 5, 1-12


Homilía de audio en MP3

Queridos hermanos:

Celebramos hoy la fiesta de todos los Santos. Cuando se nos habla de los santos, a nuestra imaginación vienen las imágenes de la Iglesia. Nos recuerda a gente muy buena, gente especial que hizo mucho bien, que sufrió mucho, que hizo grandes cosas, pero… en tantas ocasiones son para nosotros gente lejana, que vivieron hace muchos años, que parece que no tienen nada que ver con nosotros, a no ser para pedirles algo, para que por su intercesión se nos conceda un favor. Todo esto es verdad, pero… se queda corto.

La Iglesia con esta fiesta de hoy quiere celebrar a todos los hombres y mujeres que han cumplido la voluntad de Dios a lo largo de los tiempos, a todas aquellas personas, que, a pesar de no estar en el santoral de la Iglesia “oficial”, sin embargo, sí que son santos y están gozando de la presencia de Dios en su Reino.

También la Iglesia quiere hacer hoy con esta fiesta una llamada de atención a todos los cristianos, ya que todos estamos llamados por Dios a ser santos. La santidad no es algo que se consigue con el propio esfuerzo; la santidad es una gracia que Dios nos da y yo nosotros acogemos. La santidad en un cristiano es un regalo que Dios le da y que el hombre no rechaza. Todos podemos y debemos llegar a ella. Es nuestra meta.

¿Cuál es el camino de la santidad? Cumplamos la voluntad de Dios y para ser más explícito os diría que la voluntad de Dios no es sólo cumplir los mandamientos, como quería el joven rico. La santidad cristiana, la que Dios quiere para mí, es que viva en mi vida las bienaventuranzas. Pero no las del mundo: felices los ricos, felices los que ríen, felices los que están saciados, felices aquellos de los que habla bien todo el mundo, felices los famosos… El evangelio de hoy nos propone un mensaje maravilloso. Dice así:

- Bienaventurados (dichosos) los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Los pobres de espíritu no son los que no tienen dinero, a los que les da lo mismo ‘ocho que ochenta’, los que no tienen fortaleza de carácter o de ánimo. Pobres de espíritu son aquellos que no tienen puesta su confianza en los títulos, en la salud, en la riqueza, en el poder, en la fuerza, en la aceptación social, en su propia valía, sino únicamente en el Señor. Aquí nos viene muy bien unas palabras de S. Francisco de Asís, él que fue el pobre de espíritu por excelencia: un día de invierno iban Francisco y el hermano León [su compañero inseparable] por un camino lleno de barro y nieve. Tenían los hábitos empapados y embarrados. Anochecía y les faltaban unos kilómetros aún para llegar a uno de los conventos franciscanos. El santo preguntó a su compañero si sabía en qué consistía la perfecta alegría. El hermano León decía que si consistía en tener mucho amor a Dios, que si consistía en que todos los hombres se convirtieran y se salvaran, y Francisco le respondió que no, y añadió que la perfecta alegría consistía en que, si al llegar al convento, picaran en la puerta y no les quisieran abrir y les obligaran a pasar la noche a la puerta del convento llenos de frío, hambre y cansancio; si volvieran a picar en la puerta y pidieran, por amor de Dios, que les dejaran entrar y quedarse en cualquier esquina, y desde dentro les respondieran esta vez con malas palabras, y no les abrieran y los dejaran fuera; si de nuevo ellos dos tornaran a picar y a suplicar y, hartos ya de aquellos dos pesados, salieran algunos frailes a la puerta del convento y molieran a palos al hermano León y al mismo Francisco y los dejaran definitivamente fuera: hambrientos, cansados, llenos de barro, de frío y de heridas, y ellos dos no perdieran la paz de su corazón ni lanzaran, ni exterior ni interiormente, quejas o insultos contra los de dentro, entonces ellos dos tendrían la PERFECTA ALEGRÍA. ¿Por qué? Porque serían los pobres de espíritu del Señor, que ponen toda su confianza en El y no en ellos ni en que las cosas les vayan bien.

- “Bienaventurados (dichosos) los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra”. Los mansos son aquellos que están llenos de la paz del Señor. Paz que los serena. Paz que les hace desaparecer la ira, la impaciencia, la incomprensión, los gestos y las palabras hirientes. Los mansos no hieren, porque también es muy difícil que se sientan heridos por los demás. Así, S. Francisco de Asís en su cántico a las criaturas podía exclamar que había que alabar al Señor “por los que perdonan y aguantan por tu amor/ los males corporales y la tribulación:/ ¡felices los que sufren en paz con el dolor,/ porque les llega el tiempo de la consolación!”

- “Bienaventurados (dichosos) los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.” Son limpios de corazón aquellos que no ven doblez en las intenciones de los demás, quienes no están siempre buscando las posibles intenciones torcidas de los demás. Piensan que, si ellos no harían mal a nadie, por qué alguien querría hacerles mal o engañarlos a ellos. Es muy apropiado traer aquí el ejemplo de Sto. Tomás de Aquino, el cual siendo novicio era blanco de las bromas de los demás por ser muy crédulo o ingenuo (al menos, a los ojos de los otros). Así, en una ocasión en que estaban todos en el recreo, se le acercan a Tomás dos connovicios y le dicen señalando para el cielo: ‘Mira, Tomás, un burro volando’ Y Tomás levanta los ojos al cielo y pregunta: ‘¿Dónde, dónde?’ Hubo una gran juerga y, al final, le confesaron que era una mentira. A lo que Tomás replicó: ‘Creo antes que un burro vuele a que un connovicio, que quiere ser perfecto en este mundo por amor a Jesucristo, pueda mentir.’ Con estas palabras todos quedaron confundidos y con gran provecho espiritual. Por eso, el limpio de corazón puede ver a Dios, puede ver al hombre tal y como es, y no tal y como se viste de ropas, títulos, riquezas, harapos, ignorancias… Así, cuando Jesús (el limpio de corazón por excelencia) miró a María Magdalena no vio lo que los demás. Los demás vieron una prostituta para tocar y manosear; vieron a una mala mujer, que quitaba a las mujeres decentes sus maridos, o que “chupaba” los dineros a los incautos con su belleza o con placeres. Jesús (el limpio de corazón por excelencia) vio a una mujer que sufría, que tenía necesidad de afecto, de ser acariciada y no manoseada, de ser protegida y escuchada, de ser querida por sí misma y no por su belleza o por su sexo.

No puedo seguir explicando más bienaventuranzas por falta de tiempo. Las demás las dejo a la reflexión y oración personal. ¡Que Dios os conceda la luz para comprenderlas y vivirlas!

Nuestros difuntos, los que ahora no están aquí, saben qué es lo verdaderamente importante; pidámosles ayuda en nuestro camino a la santidad.

jueves, 27 de octubre de 2011

Domingo XXXI del Tiempo Ordinario (A)

Después de un tiempo sin publicar las homilías, varias personas me han pedido que lo siguiera haciendo.
Aunque son un poco distintas a como venía haciéndolo habitualmente, confío en que puedan seguir ayudando en nuestro peregrinaje hacia el Reino de Dios.



30-10-11 DOMINGO XXXI TIEMPO ORDINARIO (A)

Malq. 1, 14-2, 2b.8-10; Slm. 130; 1 Ts. 29, 7b-9.13; Mt. 23, 1-12


Homilía de audio en MP3

Queridos hermanos:

Las lecturas de hoy son una llamada de atención importante para los sacerdotes. En ellas se nos dice algo de cómo NO debe de ser nuestro ministerio y también de cómo SI debe de ser nuestro ministerio. Del NO hablan la primera lectura y el evangelio, y del SI habla la segunda lectura.

En el evangelio Cristo dice a la gente que lo escucha una serie de cosas terribles de los fariseos: “Haced y cumplid lo que os digan, pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen [...] Todo lo que hacen es para que los vea la gente [...] Les gustan [...] que les hagan reverencias por la calle”. Estas palabras pueden ser aplicadas, por desgracia, en ocasiones a algunos sacerdotes. ¡Cuánto escándalo produce un sacerdote entre la gente cuando no se comporta como debe! Escándalos sexuales de los sacerdotes con los niños o adolescentes, sacerdotes interesadísimos con el dinero o con las cosas materiales, sacerdotes con mal carácter a la hora de tratar con la gente, sacerdotes vagos...

Pero a la vez, ¡cuánto bien hace un sacerdote entre la gente cuando buscar ser reflejo fiel de Jesucristo! Hace un tiempo me encontré con un joven en Oviedo, que tenía a su párroco como si fuera un padre y, en cuanto murió dicho sacerdote, el joven estaba como desorientado y con él otros chicos de la parroquia; aquellos sacerdotes que acogieron en Asturias a los inmigrantes de otras zonas de España en las décadas de los años 1960 y 1970, y les dieron una formación para que encontraran trabajo; aquellos sacerdotes que hicieron cooperativas en los pueblos para que los campesinos sacaran mejores precios de sus productos y pagaran menos por el pienso; aquellos sacerdotes yanquis que, cuando empezó lo del SIDA, se ofrecieron para que se probara en ellos los remedios farmacéuticos; tantos y tantos sacerdotes preocupados por sus feligreses y por el crecimiento de estos en su relación con Jesucristo; etc. Sí, como muy bien dice el Concilio Vaticano II: “La santidad de los presbíteros contribuye poderosamente al cumplimiento fructuoso del propio ministerio, porque aunque la gracia de Dios puede realizar la obra de la salvación, también por medio de ministros indignos, sin embargo, Dios prefiere, por ley ordinaria, manifestar sus maravillas por medio de quienes, hechos más dóciles al impulso y guía del Espíritu Santo, por su íntima unión con Cristo y su santidad de vida, pueden decir con el apóstol: ‘Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí’ (Gal., 2, 20)” (Presbyterorum Ordinis 12).

¿Cómo debe ser un sacerdote hoy en Asturias, en España, en el mundo entero? Tiene que ser como Dios quiere que sea, es decir, cuando Dios llama a uno para ser sacerdote ya tiene un plan de actuación y de salvación para que el Espíritu actúe a través de él. El sacerdote tiene que ser fiel a ese plan divino. Así, creo que cada sacerdote debe de tener estas características: 1) ha de ser un hombre de oración constante, y su referencia a Dios Padre ha de ser continua; 2) ha de ser un hombre eclesial, es decir, con un gran amor a la Iglesia: a esta Iglesia pecadora y santa a la vez; 3) ha de ser muy humano, estando muy en medio de cada hombre: riendo con el que ríe, llorando con el que llora, sufriendo con el que está en paro o tiene un cáncer o tiene un hijo en la droga. Nada de lo que le suceda al que está a su lado debe de ser ajeno al sacerdote; 4) ha de ser austero, pobre, sencillo, humilde; 5) ha de ser valiente en el Señor y para el Señor: valiente para decir lo que debe decir, sin importarle la buena o mala fama que se cree con ello, y con fortaleza interior para sobrellevar disgustos, incomprensiones, murmuraciones; 6) ha de ser un hombre de paz, que transmita la paz y serenidad en este mundo de prisas, estrés y angustias.

En la siguiente narración se resume muy bien los seis puntos que acabo de decir: Cuentan que en una parroquia intrigaba mucho a los feligreses que su párroco desapareciera todas las semanas la víspera del domingo. Sospechando que su párroco se encontraba en secreto con Jesús, encargaron a uno de los feligreses que le siguiera. Y el ‘espía’ comprobó cómo el párroco se disfrazaba de campesino cada sábado y atendía a una mujer pagana paralítica: limpiaba su cabaña y preparaba para ella la comida del domingo. Cuando el ‘espía’ regresó, toda la comunidad le preguntó: ‘¿A dónde ha ido nuestro párroco? ¿Le has visto ascender al cielo?’ ‘No’, respondió el otro, ‘ha subido aún más arriba’.

También es cierto que todo esto que se ha dicho hasta aquí de los sacerdotes (lo bueno y lo malo) puede y debe de ser aplicado para cada uno de los demás cristianos: seglares, religiosos/as, solteros y casados, jóvenes y viejos, pues la Palabra de Dios es universal y alcanza a todos los hombres en todos los tiempos y lugares.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Envío de las homilías

De momento, sigo pensando en no publicar las homilías que voy preparando y predicando en la catedral. No sé qué haré más adelante. No obstante, algunas personas me están pidiendo que les mande las homilías nuevas, ya que ahora no están en el blog y les siguen interesando. Para las personas que quieran recibir mis homilías en su correo personal les escribo a continuación una dirección de correo electrónico a la que pueden enviar su petición: andreshomilias@gmail.com
Quienes ya reciben las homilías por correo electrónico de mi parte, no hace falta que hagan nada, pues van a seguir recibiéndolas normalmente.
Un abrazo


Andrés Pérez

Continuad rezando por mí, pero sobre todo por la Iglesia de Jesucristo.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Domingo XXVI Tiempo Ordinario (A)

24-9-11 DOMINGO XXVI TIEMPO ORDINARIO (A)

Ez. 18, 25-28; Slm. 24; Flp. 2, 1-11; Mt. 21, 28-32

Por causas ajenas a mi voluntad, durante un tiempo, no podré seguir publicando las homilías dominicales.

Un abrazo y la bendición de Dios.


Andrés Pérez Díaz

Sacerdote de Jesucristo y de la Iglesia que peregrina en Oviedo (España)

jueves, 15 de septiembre de 2011

Domingo XXV del Tiempo Ordinario (A)

18-9-11 DOMINGO XXV TIEMPO ORDINARIO (A)

Is. 55, 6-9; Slm. 144; Flp. 1, 20c-24.27a; Mt. 20, 1-16a



Homilía de audio en MP3

Queridos hermanos:

- Fijaros que en la primera lectura del profeta Isaías se dice: "Buscad al Señor mientras se le encuentra, invocadlo mientras está cerca; que el malvado abandone su camino, y el criminal sus planes; que regrese al Señor, y él tendrá piedad; a nuestro Dios, que es rico en perdón". En la visión del Antiguo Testamento, es el hombre el que tiene que buscar al Señor, el que tiene que invocarlo, el que tiene que abandonar el mal camino, el que tiene que regresar al Señor. Sin embargo, en el Nuevo Testamento Cristo da la vuelta a todo. Fijaros: “El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña [...] Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo [...] Salió de nuevo al mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros parados, y les dijo: -¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?”

El movimiento primero de acercamiento para Jesús no procede el hombre, sino de Dios mismo. Es Dios el que nos llama. En los días del Jubileo de la Santa Cruz de este año y de otros años se han dado varios casos de gente que entraba simplemente a hacer una visita turística a la Catedral o a venir a Misa, pero sin intención de confesarse. De repente, estas personas se sintieron impulsadas a acercarse al confesionario y pedir perdón por sus pecados.

- El evangelio de hoy nos llama a trabajar por el mensaje de Cristo en nuestras vidas diarias. No importa el momento de nues­tra vida en el que descubramos que somos llamados por Dios para ser cristianos y trabajar en su viña. Como hemos visto en el evangelio, el Amo de la viña, que es el mismo Dios, sale a todas las horas del día a buscar obreros para su campo. Algunos van desde el principio del día, otros a media mañana, al mediodía, a media tarde o al anochecer. Siempre es un buen momento para empezar.

Veamos varios casos: 1) Yo siempre estuve metido en la Iglesia y actué como monagui­llo, como catequista y entré en el Seminario con diecisiete años recién cumplidos. 2) José Manuel, que siempre nos ayuda en la Catedral en la Misa de 11, tenía a Dios de lado y, cuando contaba con unos treinta y pico años se le murió su padre; a partir de ahí se produjo un encuentro entre él y Dios y desde ese día su fe y su amor a Dios se mantienen firmes. 3) Conozco también una mujer casada que desde hace un año se convirtió. Antes creía en Dios a su modo y manera, pero ahora lleva una vida de fe muy fuerte y de ayuda a los demás. 4) O aquél otro hombre, que una vez retirado con sesenta y cinco años está trabajando en Caritas y en la parroquia. 5) Asimismo los casos de tantos jóvenes que, algunos fueron a regañadientes a la JMJ de Madrid de este año y han venido totalmente impactados de lo allí vivido y su vida está dando un vuelco; o el caso de un hombre de unos cuarenta años, que acompañó a sus hijos hasta Madrid y al ver el ambiente que había, se volvió a Asturias para arreglar las cosas del trabajo y bajar inmediatamente a Madrid de nuevo, pues no quería perderse lo que allí pasaba; esto lo hacía por sus hijos, pero sobre todo por él mismo. Siempre es un tiempo oportuno para creer en Dios y hacer algo de lo que él quiere de nosotros.

Lo importante es encontrarse con Dios cara a cara, y sin importarme aquello que pueda pensar la gente, pues empezar a actuar tal y cómo Dios quiere. En esta semana hablaba con una chica de menos de 20 años. Y ella me preguntaba: “¿Por qué tengo que confesarme, por qué tengo que venir a Misa, por qué tengo que llevar una vida de obediencia con mis padres y de no enfrentamiento con ellos, por qué tengo que dejar de beber hasta caer o hasta que me siente mal, por qué tengo que dejar de hacer el acto sexual con mi novio de ese momento? ¿Por qué?” Y tiene toda la razón. Si todo esto tiene que hacerlo porque sí, entonces es un puro voluntarismo: Es algo que ella se propone por sí y ante sí, o porque otros, desde fuera, se lo digan. Y aquí estamos en uno de los problemas más grandes que tenemos los cristianos en Europa (hablo por lo que conozco en España, Italia, Suiza y Alemania, al menos). Los cristianos estamos sacramentalizados, es decir, hemos recibido el bautismo, la 1ª comunión, la confesión, la confirmación, el sacramento del matrimonio, y, sin embargo, no nos hemos encontrado con Dios, con Jesús cara a cara nunca. Creemos en Dios, pero creemos de oídas, y no por tener una experiencia directa y nuestra propia de encuentro personal con el Cristo Jesús, el Hijo de María, el Hijo de Dios Padre. A esta chica le he dicho que, aunque ella me pidiera ahora mismo confesarse, yo no le podría dar la confesión, aún no está preparada. No. Primero tiene que encontrarse con Dios. Sólo cuando esto suceda entenderá en la fe lo que significa la realidad del pecado.

Resumiendo: las tres ideas que hoy querría transmitiros son éstas: 1) La iniciativa en nuestra relación con Dios siempre parte de Él. Él es quien nos busca y quien nos ama. Yo busco a Dios, cuando siento necesidad de Él, que ya me ha encontrado y está actuando en mi corazón. 2) Siempre es un buen momento para que Dios nos salga al encuentro. Cada uno de nosotros tenemos nuestra historia con Dios. No podemos decir que somos mejores o peores por haber llegado antes o después a la fe, al encuentro con Dios. Todos tenemos nuestro momento. Dios nos lo marca. Ya lo dice Isaías en la primera lectura: Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos. 3) Nunca me cansaré de insistir en este punto: nuestra fe se basa en un encuentro personal con Jesús. Así le sucedió a San Pedro con Jesús, a San Pablo con Jesús, a San Mateo con Jesús, a Santa María Magdalena con Jesús y un largo etcétera de hombres y de mujeres a lo largo de la historia.

viernes, 9 de septiembre de 2011

Domingo XXIV del Tiempo Ordinario (A)

11-IX-2011 XXIV DOMINGO TIEMPO ORDINARIO (A)

Eclo. 27, 33-28,9; Sal. 102; Rm. 14, 7-9; Mt. 18, 21-35



Homilía de audio en MP3

Queridos hermanos:

La primera lectura y el evangelio de hoy nos hablan de perdón: de perdonar nosotros a los que nos han hecho o dicho algo malo, y así Dios podrá también perdonarnos a nosotros lo que hemos dicho o hecho mal. Le pregunta Pedro a Jesús: “Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?” A lo que Jesús le contesta: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”. Y en la primera lectura leemos: “Perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas. ¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud al Señor? No tiene compasión de su semejante, ¿y pide perdón de sus pecados?”

Hace un tiempo leí un libro que os recomiendo. Se titula: “El arte de bendecir” y lo escribió un suizo, Pierre Pradervand. Está publicado en la editorial Sal Terrae. Narra este autor el siguiente hecho: Un joven norteamericano acababa de ser formado en artes marciales en Japón. De regreso a su país y viajando en el metro, en un momento dado subió en el vagón un hombre muy grande, totalmente borracho y sucio, que chillaba desaforadamente. Empezó a golpear a varios viajeros, entre ellos una mujer, a la que hizo rodar por el suelo. El joven sintió una ira y quiso dar una lección a aquel energúmeno con lo que había aprendido de karate. Le daría una buena lección, pues, además, el borracho estaba empezando a insultarle a él. De pronto, en el momento en que iba a iniciarse la pelea, un viejecito arrugado, sentado en un rincón con su esposa, lanzó un grito penetrante. El borracho, asombrado, se volvió. El anciano hizo una señal para que fuera a sentarse a su lado. El viejecito empezó a hablar con el “hombrón” de cuánto le gustaba el whisky. Había encontrado un punto de encuentro con el “hombrón”. Al cabo de unos instantes hablaban como viejos camaradas. El borracho empezó a llorar. Había desaparecido toda su agresividad. Era como un niño. Entonces el joven karateka comprendió la lección maravillosa que le había dado el anciano: que la cima del karate consiste en no servirse nunca de él; que la verdadera victoria la obtiene uno sobre sí mismo, sobre su miedo, sobre su cólera. Y la última escena que contempló al dejar el vagón del metro fue la del borracho, desplomado sobre las rodillas del anciano que le acariciaba con cariño los cabellos sucios. Aquello era simplemente amor.

¿Cómo empezó Pierre a escribir este libro de “El arte de bendecir”? Pues resulta que un día en su trabajo fue despedido. Oigamos la narración de Pierre: “Durante las semanas y meses que siguieron, empecé a experimentar un rencor violento, y aparentemente imposible de desarraigar, contra las personas que me había puesto en aquella situación imposible. Al despertarme por la mañana, mi primer pensamiento era para aquellas gentes. Mientras me duchaba, al comer, al andar por la calle, al dormirme por la noche, me atenazaba aquel pensamiento obsesivo. El resentimiento me roía las entrañas y me envenenaba. Sabía que me estaba haciendo daño a mí mismo, y a pesar de mis oraciones, aquella obsesión me chupaba la sangre como una sanguijuela. Pero un día, una frase de Jesús se me clavó en el ser: ‘Bendecid a los que os persiguen’ (Mt 5, 44). De repente, todo se me hizo claro. Así, comencé a bendecir a los que me había hecho daño: los bendije en su salud, en su alegría, en su abundancia, en su trabajo, en sus relaciones familiares y en su paz, en sus negocios, etc. La bendición consiste en querer todo el bien posible para una persona o personas, su pleno desarrollo, su dicha profunda, y quererlo desde el fondo del corazón con total sinceridad. Esta bendición transforma, cura, eleva, regenera, centra espiritualmente, y desembaraza nuestro ser de pensamientos negativos, condenatorios o críticos. Al comienzo bendecía sólo con mi voluntad, pero con una sincera intención espiritual. Poco a poco las bendiciones se desplazaron de la voluntad al corazón. Bendecía a las personas a lo largo de todo el día: mientras me limpiaba los dientes, mientras hacía footing, cuando iba a correos o al supermercado, mientras lavaba los platos o me iba durmiendo. Los bendecía uno a uno, en silencio, mencionando su nombre. Seguí esta disciplina y a los tres o cuatro meses me encontré bendiciendo a las personas por la calle, en el autobús, en las aglomeraciones. Bendecir se fue convirtiendo en uno de los mayores gozos de mi vida. No he recibido ningún ramo de rosas de mi antiguo empresario ni la más mínima expresión de afecto ni la menor excusa por su parte. Pero he recibido rosas de la vida, a manos llenas”. El odio hiere sobre todo al que lo genera. En tantas ocasiones, la persona odiada, o no se entera, o no le da importancia… Pero el que odia siente cómo si una alimaña le fuera destrozando por dentro y no deja en paz ni de día ni de noche. El que odia se vuelve un amargado, un murmurador constante, pues siempre tiene algo que hablar en contra de los demás. El que odia se aísla a sí mismo y genera más ira a su alrededor y en los que están a su lado. Por el contrario, el que perdona revive y siente como si una losa muy pesada es arrojada fuera de él.

Os propongo que ahora, según salgamos de la iglesia y de regreso a nuestras casas (o en otro momento), vayamos bendiciendo en silencio y en nuestro interior a todas personas con las que nos encontremos: “Que Dios Padre bueno te colme de su amor, de su ternura, que te perdone, que te dé la paz, la fe, la salud, la alegría...”