viernes, 13 de mayo de 2011

Domingo IV de Pascua (A)

15-5-11 DOMINGO IV DE PASCUA (A)

Hch. 2, 14a.36-41; Slm. 23; 1 Pe. 2, 20b-25; Jn. 10, 1-10



Homilía de audio en MP3

Queridos hermanos:

En este Domingo IV de Pascua celebramos al Buen Pastor. Jesús es en realidad el Buen Pastor y el único Pastor. Los demás somos buenos pastores en la medida en que estamos injertados en Jesús y somos obedientes y dóciles a la Iglesia de Dios, la cual nos marca el camino a seguir y las tareas a realizar.

El Concilio Vaticano II ha resaltado en su enseñanza que Jesús fue sacerdote, profeta y rey. Como sacerdote (misión de santificar) realizó un culto espiritual y divino para acercarnos a Dios y para acercar a Dios a todos los hombres. Como profeta (misión de enseñar) nos habló de parte de Dios y nos enseñó quién y como es Dios y lo que le agrada. Como rey (misión de gobernar) fue nuestro servidor y nos gobernó desde la humildad, como cuando nos enseñaba con su ejemplo a lavar los pies (un trabajo de esclavos y de sirvientes) a los otros.

Todos los cristianos, por el solo hecho de haber recibido el sacramento del Bautismo, hemos sido constituidos en sacerdotes, en profetas y en reyes. E igualmente, por el sacramento del Orden, los sacerdotes o presbíteros, en nombre de Cristo, hemos de cumplir con las tres misiones arriba reseñadas: la de santificar, la de enseñar y la de gobernar, y las tres misiones las hemos de realizar al modo de Jesús. Es decir, 1) ningún presbítero o párroco o cura puede santificar a los fieles, si antes no es santificado él mismo por Dios. 2) Ningún presbítero puede enseñar a los fieles, si antes no es enseñado él mismo por Dios. 3) Ningún presbítero puede gobernar a los fieles, si antes no es él mismo manso y humilde de corazón como Jesús, si antes no está él mismo como el que sirve ante sus hermanos. En efecto, para Jesús, gobernar es servir y dar la vida por los otros.

No sé si sabéis que tengo encomendada por el obispo la responsabilidad de impartir clases de derecho canónico a los seminaristas. En un determinado momento, les explico en clase todas las leyes y normas relativas a los párrocos, y existen unos cánones de la ley universal de la Iglesia (Código de Derecho Canónico) en donde se nos dice a los párrocos qué y cómo debemos actuar en nuestras parroquias y tareas. Y estos cánones están distribuidos según la trilogía que tengo explicado más arriba. Veamos cuáles son las tareas de un presbítero para así comprender mejor cuáles son también las responsabilidades de los fieles laicos:

- Misión de enseñar: “El párroco está obligado a procurar que la palabra de Dios se anuncie en su integridad […]; cuide por tanto de que los fieles laicos sean adoctrinados en las verdades de la fe, sobre todo mediante la homilía[…] y la formación catequética; ha de fomentar las iniciativas con las que se promueva el espíritu evangélico, también por lo que se refiere a la justicia social; debe procurar de manera particular la formación católica de los niños y de los jóvenes y esforzarse con todos los medios posibles, también con la colaboración de los fieles, para que el mensaje evangélico llegue igualmente a quienes hayan dejado de practicar o no profesen la verdadera fe” (Canon 528 § 1).

- Misión de santificar: “Esfuércese el párroco para que la santísima Eucaristía sea el centro de la comunidad parroquial de fieles; trabaje para que los fieles se alimenten con la celebración piadosa de los sacramentos, de modo peculiar con la recepción frecuente de la santísima Eucaristía y de la penitencia; procure moverles a la oración, también en el seno de las familias, y a la participación consciente y activa en la sagrada liturgia” (Canon 528 § 2).

- Misión de gobernar: “Para cumplir diligentemente su función pastoral, procure el párroco conocer a los fieles que se le encomiendan; para ello, visitará las familias, participando de modo particular en las preocupaciones, angustias y dolor de los fieles por el fallecimiento de seres queridos, consolándoles en el Señor y corrigiéndoles prudentemente si se apartan de la buena conducta; ha de ayudar con pródiga caridad a los enfermos, especialmente a los moribundos […]; debe dedicarse con particular diligencia a los pobres, a los afligidos, a quienes se encuentran solos, a los emigrantes o que sufren especiales dificultades; y ha de poner también los medios para que los cónyuges y padres sean ayudados en el cumplimiento de sus propios deberes y se fomente la vida cristiana en el seno de las familias.

Reconozca y promueva el párroco la función propia que compete a los fieles laicos en la misión de la Iglesia, fomentando sus asociaciones para fines religiosos […] esforzándose también para que los fieles vivan la comunión parroquial y se sientan a la vez miembros de la diócesis y de la Iglesia universal” (canon 529).

También hoy Jesús, en el evangelio que acabamos de escuchar, nos dice con palabras sencillas en qué consiste esa labor del párroco: “Las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera […] Camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz: a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños”.

Y termino ya con un texto de San Juan de Ávila, patrono de los sacerdotes españoles y cuya festividad celebrábamos el martes pasado. Este texto es un trozo de una plática a los sacerdotes: “Mirémonos, padres, de pies a cabeza, alma y cuerpo, y vernos hemos hecho semejables a la sacratísima Virgen María, que con sus palabras trajo a Dios a su vientre, y semejables al portal del Belén y pesebre donde fue reclinado, y a la cruz donde murió, y al sepulcro donde fue sepultado. Y todas estas cosas santas, por haberlas Cristo tocado; y de lejanas tierras van a las ver, y derraman de devoción muchas lágrimas, y mudan sus vidas movidos por la gran santidad de aquellos lugares. ¿Por qué los sacerdotes no son santos, pues es lugar donde Dios viene glorioso, inmortal, inefable, como no vino en los otros lugares? Y el sacerdote le trae con las palabras de la consagración, y no lo trajeron los otros lugares, sacando a la Virgen. Relicarios somos de Dios, casa de Dios y, a modo de decir, criadores de Dios; a los cuales nombre conviene gran santidad”.

Pidamos por los sacerdotes para que llenos de Dios y de su santidad amemos y atendamos a sus hijos, aquellos que Él mismo puso en nuestras manos.

jueves, 5 de mayo de 2011

Domingo III de Pascua (A)

8-5-08 DOMINGO III DE PASCUA (A)
Hch. 2, 14.22-33; Slm. 15; 1 Pe. 1, 17-21; Lc. 24, 13-35


Homilía de audio en MP3
Queridos hermanos:
En la primera lectura se nos presenta un texto en donde San Pedro habla a los judíos sobre los últimos hechos ocurridos en Jerusalén y en todo Israel. Se refiere San Pedro a Jesús, a su muerte violenta y a su resurrección. En sus palabras San Pedro cita el salmo 15, que hoy hemos leído antes del evangelio.
En esta homilía quisiera profundizar un poco en el salmo 15. Es un salmo precioso y que fue inspirado por Dios (por eso es Palabra de Dios), pero fue escrito a través de un enamorado de Dios: el rey David. Este salmo lo compuso David sobre su propia experiencia personal y, por tanto, vale para cualquier persona que tenga contacto con Dios y, además, fue profético, pues se estaban adelantando hechos, que sucederían cientos de años más tarde en la persona de Jesús.
- “El Señor es el lote de mi heredad”. Estas mismas palabras del salmo 15 son repetidas en el salmo 118 (Salmo 118, 57) En una sociedad tan materializada e interesada como la que hoy vivimos estas palabras son una locura. En el testamento de los padres, tíos o amigos puede haber legados o lotes para repartir la herencia. Quien escribió este salmo dice cuál es su lote y, además, lo ve como el mejor legado: el Señor. Tiene razón Jesús cuando dice que aquí, en la tierra, amontonamos cosas y más cosas, pero, al final, todo ha de quedar aquí. Me ha sucedido en diversas ocasiones que algunas personas me piden orientación a la hora de elaborar sus testamentos y últimas voluntades. En ocasiones quieren dejar todo tan bien atado y contemplar todas las posibles situaciones. A algunos les gustaría poder disponer de sus bienes hasta tiempo después de muertos: ‘y si hace esto y no lo otro, entonces se le quita su legado o se le deshereda’. Yo les contesto que eso no es factible: no se puede disponer después de muerto y mes tras mes o año tras año de lo que fueron nuestras cosas. En definitiva, valoremos las cosas materiales que tenemos o que nos dejan en herencia, pero el mayor bien que tenemos o que se nos puede entregar no es nada material, sino que es el Señor. Con Él todo lo demás tiene una importancia relativa.
- “Bendeciré al Señor, que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente. Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré”. Como dice San Pablo en su carta a los romanos: “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?” (Rm 8, 31). En efecto, Dios mismo vela siempre nuestros pasos, pero también nuestro sueño. De esto último tengo experiencia diaria. Creo que hace tiempo ya os he contado cómo, nada más despertarme (sea la hora que sea), siento en mi espíritu la palabra y la presencia de Dios que me dicen algo, que me animan, que me consuelan, que me reprenden…, que me acompañan y que me aman. Y es que una de las certezas que da la fe y es fruto de ella es la presencia de Dios. Otro de los frutos de esta fe y de este consejo de Dios es ver las cosas con los ojos de Dios. Hace poco me encontré con esta narración que ejemplifica muy bien esto último que quiero deciros. Escuchad: “Una historia china habla de un anciano labrador que tenía un viejo caballo para cultivar sus campos. Un día, el caballo escapó a las montañas. Cuando sus vecinos deploraron la mala suerte que había tenido al perder el caballo, él les replicó: -¿Buena suerte?, ¿mala suerte? ¿Quién sabe? Una semana después, el caballo regresó trayendo consigo una manada de caballos salvajes. Entonces sus vecinos felicitaron al labrador por su buena suerte, y él les respondió: -¿Buena suerte?, ¿mala suerte? ¿Quién sabe? Cuando el hijo del labrador intentó domar uno de aquellos caballos salvajes, se cayó y se rompió una pierna. Todo el mundo consideró esto como una desgracia. No así el labrador, quien se limitó a decir: -¿Buena suerte?, ¿mala suerte? ¿Quién sabe? Unas semanas más tarde, el ejército entró en el poblado y fueron reclutados todos los jóvenes que se encontraban en buenas condiciones. Cuando vieron al hijo del labrador con la pierna rota, lo dejaron tranquilo. ¿Había sido buena suerte?, ¿mala suerte? ¿Quién sabe?” Sólo Dios sabe lo que es mejor para nosotros. Aprendamos a ver las cosas con los ojos de Dios y esto lo podremos hacer sólo por su medio: Dios “me aconseja, hasta de noche me instruye internamente”.
- “No me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. Me enseñarás el sendero de la vida”. En realidad Jesús sí que murió, pero no fue entregado a la MUERTE. Ésta no pudo retener a Jesús más que tres días. Al cabo de este tiempo Jesús se escapó de sus garras. Su cuerpo no conoció la corrupción del sepulcro. De hecho, en el evangelio que leímos en la Pascua se nos decía que María Magdalena, San Pedro y San Juan vieron el sepulcro vacío, pero nunca vieron el cadáver de Jesús. De la misma manera, todos los creyentes sabemos que vamos a morir, pero también sabemos que no seremos entregados a la MUERTE. La MUERTE no puede retenernos para siempre. Hay gente que me dice que raramente visita los cementerios. Cuando le pregunto el por qué, me contestan: ‘Porque allí no está mi padre o mi madre. Mi padre o mi madre ya no están en sus cadáveres; están en Dios’. En efecto, sabemos que una vez muertos, se va deshaciendo la carne que recubre nuestro ser, pero éste no puede ser alcanzado nunca por la MUERTE. Dios nos ha enseñado el camino de la vida, y ese camino ha sido recorrido por Jesús y, detrás de Él, todos nosotros.
Para terminar os leeré a continuación tres palabras de gente que ya ha caminado por el sendero de la VIDA. La primera ya la he leído hace poco: se trata del monje francés asesinado en Argelia en 1996: Fr. Christophe Lebreton: “Mi cuerpo es para la tierra, pero, por favor, ninguna protección entre ella y yo. Mi corazón es para la vida, pero, por favor, nada de retoques entre ella y yo. Mis manos para el trabajo… sencillamente se cruzarán. Pero el rostro, que quede completamente desnudo para no impedir el beso. Y la mirada, dejadla VER”.
La segunda es de un sacerdote español, J. L. Martín Descalzo: “Morir sólo es morir. Morir se acaba. Morir es una hoguera fugitiva. Es cruzar una puerta a la deriva y encontrar lo que tanto se buscaba. Acabar de llorar y hacer preguntas, ver el amor sin enigmas ni espejos […] Tener la paz, la luz, la casa juntas. Y hallar, dejando los dolores lejos, la noche-luz tras tanta noche oscura”.
La última es de S. Juan de la Cruz:
"Esta vida que yo vivo
es privación de vivir;
y así es continuo morir
hasta que viva contigo.
Oye, mi Dios, lo que digo,
que esta vida no la quiero;
que muero porque no muero"
.

jueves, 28 de abril de 2011

Domingo II de Pascua (A)

1-5-11 DOMINGO II DE PASCUA (domingo de la Misericordia) (A)

Hch. 2, 42-47; Slm. 117; 1 Pe. 1, 3-9; Jn. 20, 19-31



Homilía de audio en MP3

Queridos hermanos:

- En bastantes ocasiones se me han acercado algunas personas que necesitaban y querían una mayor cercanía con Dios y con las cosas de Dios. Sentían estas personas la soledad en la que caminaban, incluso en el ámbito de la fe. Decían que les era muy duro vivir en esta soledad y/o “nadar contra corriente”. Me pedían que les mostrase algún grupo de Iglesia, alguna asociación o alguna parroquia en la que pudieran involucrarse y caminar acompañadas, comprendidas y acogidas. Yo miraba a mi alrededor y buscaba, no sólo esos grupos de Iglesia en donde se vivera y se creciese en la fe, sino también esos grupos que se adaptasen mejor a las condiciones anímicas y espirituales de las personas que me requerían para que les mostrase dónde insertarse dentro de la Iglesia de Cristo y, tantas veces (para ser honesto),… no encontré nada. En esta situación, si no había otra alternativa, prefería que caminasen en soledad a que vivieran frustraciones y/o encontronazos y/o escándalos en su espíritu.

Esta es la realidad, por desgracia, que tantas veces percibía y percibo a mi alrededor. Sé que la vida comunitaria y eclesial es indispensable para crecer en la fe. No porque lo diga yo, sino porque Cristo quiso que la fe se viviera y practicara comunitariamente. Dios es comunidad (la Santísima Trinidad: Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo); Jesucristo se rodeó de varios apóstoles y discípulos durante su vida pública; la vida humana está hecha para vivirla en comunidad… Por eso, la vida de fe… o se vive en comunidad o se queda empequeñecida para siempre.

- Ante toda esta situación me encuentro con el texto precioso de la primera lectura: en los Hechos de los Apóstoles. Aquí se ve cómo vivían los primeros cristianos que surgieron tras la resurrección de Jesús. Creer en el mismo Jesús les llevó a unirse entre sí y a vivir de esta manera. En este espejo tenemos que mirarnos todos los cristianos. Vamos con el texto: “Los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones […] Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común; vendían posesiones y bienes, y lo repartían entre todos, según la necesidad de cada uno. A diario acudían al templo todos unidos, celebraban la fracción del pan en las casas y comían juntos, alabando a Dios con alegría y de todo corazón; eran bien vistos de todo el pueblo, y día tras día el Señor iba agregando al grupo los que se iban salvando”.

Antes de analizar este texto hemos de partir de una premisa sin la cual, lo que se diga a continuación, carece de sentido. La premisa para vivir la fe comunitariamente es… tener fe personal. Y esta fe personal es sólo y exclusivamente fruto de un encuentro personal con Jesucristo, con Dios. El evangelio nos pone uno de estos encuentros que lleva a la fe. Se trata del apóstol Santo Tomás: Jesús “dijo a Tomás: -Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. Contestó Tomás: -¡Señor mío y Dios mío! Jesús le dijo: -¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto”. ¿Habéis tenido un encuentro personal con Cristo Jesús que os ha llevado a la fe? Si la respuesta es afirmativa, entenderéis todo lo que se diga a continuación. En caso contrario, os costará comprender lo que de ahora en adelante se diga.

Vamos allá. Al analizar el texto de la primera lectura subrayemos esto:

1) Este texto está conjugado en plural y no en singular. No es cada cristiano o cada creyente quien acude solo a escuchar a los apóstoles, o a la fracción del pan (se refieren así a la Misa), o a la oración. Son todos los cristianos quienes van en común, cada uno desde donde mora, a todos los actos en que Dios les convoca o a todos los actos organizados por la Iglesia.

2) Las acciones principales y fundamentales de los cristianos, que viven dentro de la Iglesia de Cristo, son cuatro: a) aprender de los apóstoles, y para ello acuden a donde aquéllos están y les escuchan; b) los cristianos llevan una cierta vida en común (cada uno trabaja en su sitio o vive en su casa, pero conviven juntos. Luego se nos dan más datos de esta convivencia en común); c) participan en las Misas (fracción del pan[1]); d) participan en la oración: oración personal, pero también oración comunitaria, y de este modo se hacen presentes las palabras de Jesús: “donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt. 18, 20).

3) En esta oración comunitaria –nos dice el texto- se alababa a Dios con alegría y se hacía dicha oración con todo el corazón. Por lo tanto, a) la oración de los cristianos es hecha con alegría y la oración, además, produce alegría; b) igualmente, la oración de los cristianos se hace más con el corazón que con la mente, más con el corazón que con los labios, y todo esto es porque Cristo vivo y resucitado ha tomado posesión de todos y de cada uno de los cristianos.

4) La convivencia en común de los primeros cristianos es fruto del amor de Dios hacia ellos, del amor de ellos a Dios y del amor de los cristianos entre sí. Cristo vivo y resucitado ha llenado totalmente a estas personas y de modo natural surgen consecuencias prácticas: “Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común; vendían posesiones y bienes, y lo repartían entre todos, según la necesidad de cada uno”. Los cristianos que experimentaban la misericordia de Dios para con ellos desbordaban también esa misericordia con sus hermanos más necesitados, con los hermanos sufrientes. Sólo puede ser misericordioso consigo mismo y con los demás quien ha percibido en sí mismo a Jesús hecho misericordia.

- Como tarea para esta Pascua, que estamos empezando, vamos a pedir a Dios que nos conceda la gracia de vivir la fe del modo natural y que Dios mismo ha predeterminado: es decir, dentro de la Iglesia y en una comunidad de hermanos. Para ellos seguiremos estos pasos: 1) Orar y suplicar al Señor la gracia de una comunidad en la que seamos acogidos y aceptados con los carismas que Dios nos ha dado. Carismas para la Iglesia y para el mundo, carismas para nosotros mismos. 2) Ir buscando y conociendo distintas comunidades en las que podemos tener cabida: una parroquia; un grupo de hermanos en que se lee el evangelio y se ora, y formado por cristianos con similares deseos y anhelos; la comunidad de la Misa de 11 de la Catedral de Oviedo; pedir información de uno de los grupos ya existentes: Comunidades Neocatecumenales, Acción Católica, Opus Dei, Carismáticos, grupos de reflexión de los PP. Jesuítas o de los PP. Dominicos o de los PP. Carmelitas o de los PP. Claretianos… 3) No tener prisa por entrar en nada. Vivirlo todo desde la confianza en Dios. Es Dios quien nos integrará en una determinada comunidad…, cuando Él quiera, como Él quiera, donde Él quiera.



[1] En un principio, las Misas se denominaban “fracción del pan” aludiendo al gesto de Jesús en que, al instituir

viernes, 15 de abril de 2011

Semana Santa

Durante la Semana Santa estaré en mis nuevas parroquias de la zona de Somiedo y no tendré acceso a Internet, por lo que no puedo enviar las homilías de estos días. Lo siento.
Feliz Pascua de Resurrección.
Un abrazo

Andrés

viernes, 8 de abril de 2011

Domingo V Cuaresma (A)

10-4-11 DOMINGO V CUARESMA (A)


Ez. 37, 12-14; Slm. 129; Rm. 8, 8-11; Jn. 11, 1-45



Homilía de audio en MP3

Queridos hermanos:


- Como ya sabéis, hace dos domingos escuchábamos en el evangelio el relato de la Samaritana. Aquí Jesús se nos presentaba como Agua Viva. Nos decía Jesús que, quien bebiera de cualquier agua, volvería a tener sed, pero, quien bebiera del agua que Él le diera, nunca más tendría sed: “El agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”. Al domingo siguiente volvíamos a escuchar el evangelio de San Juan. En él Jesús curaba a un ciego de nacimiento, y Jesús se nos presentaba entonces como Luz del mundo: “Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo”. Jesús es Agua Viva y Luz del mundo.


En el día de hoy volvemos a escuchar otro evangelio de San Juan, concretamente en el que se narra la resurrección de Lázaro y en donde Jesús se denomina a sí mismo como Resurrección y Vida. “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre”.


Con estos tres evangelios San Juan intenta llevarnos hacia Jesús, pues en Él está todo y fuera de Él no hay nada o, al menos, nada bueno. Unas veces Jesús nos es presentado como Agua Viva, que quita la sed para siempre: en este mundo y después de este mundo. Otras veces Jesús nos dice que es Luz: Luz que quita la oscuridad al hombre y que le ilumina hacia la verdad plena. Hoy se nos dice que Jesús da Vida a los vivos, y también da Vida o resucita a los muertos. Quien no está con Jesús, si muere, morirá para siempre; asimismo quien no está con Jesús, si está vivo, es como si estuviera muerto.


Vamos a reflexionar, a profundizar un poco sobre la muerte y sobre la vida.


Hace poco se estrenó una película francesa; creo que se titulaba “Hombres y dioses”. Trataba de unos monjes católicos que fueron secuestrados y asesinados en 1996 en Argelia. Eran siete. Les cortaron la cabeza y no se sabe cuántas cosas más les hicieron. Habían recibido varias amenazas de muerte de los fundamentalistas musulmanes para que se fueran de allí. Ellos se sentaron a deliberar sobre aquellas amenazas y sobre aquella situación, y cada uno expresó lo que sentía y lo que quería hacer. Había libertad para marcharse a un lugar más seguro. Todos decidieron quedarse allí y afrontar los peligros que pudieran venir. Jesús vino a este mundo por nosotros; Jesús no huyó, sino que se entregó a la muerte por todos nosotros. Ellos tampoco podían escapar. No hacían mal a nadie y esta comunidad de monjes orantes eran como un oasis en el desierto: oasis de perdón, oasis de reconciliación, oasis de paz, oasis de oración, oasis de fraternidad entre los hombres independientemente de sus culturas y de sus creencias. Las gentes de los alrededores les apreciaban y no deseaban su marcha, sino todo lo contrario. Estos siete monjes hablaron y escribieron lo que sentían ante las amenazas y la proximidad de su muerte. Yo he recogido aquí las palabras de dos de ellos: Por ejemplo, Fr. Luc Dochier dijo: “¿Qué nos puede pasar? Que caminemos hacia el Señor y nos sumerjamos en su ternura. Dios es el gran misericordioso y el gran perdonador”<!--[if !supportFootnotes]-->[1]<!--[endif]-->. O Fr. Christophe Lebreton, que escribió sus últimas voluntades: “Mi cuerpo es para la tierra, pero, por favor, ninguna protección entre ella y yo. Mi corazón es para la vida, pero, por favor, nada de retoques entre ella y yo. Mis manos para el trabajo… sencillamente se cruzarán. Pero el rostro, que quede completamente desnudo para no impedir el beso. Y la mirada, dejadla VER”. Para decir y escribir esto, hay que estar o muy loco, o muy convencido, o… tener a Dios muy dentro. Estas palabras retratan a unos creyentes totalmente enamorados de Dios y olvidados de sí mismos. La vida no es un fin en sí mismo; tampoco lo es el cuerpo, ni el corazón, ni las manos, ni el rostro, ni la mirada…; nada de lo que se posee es fin en sí mismo, sino que todo ello es don y regalo de Dios. De Dios lo hemos recibido y a Dios hemos de entregárselo de nuevo.


Los siete monjes católicos están muertos desde 1996. Sus asesinos probablemente siguen vivos a fecha de hoy. Preguntas: Desde la perspectiva de Jesús, de Dios, ¿quiénes están más muertos: los siete monjes asesinados o aquellos que los mataron? ¿Quiénes están más vivos: los siete monjes que murieron o aquellos que los mataron? Para mí las respuestas están claras. De hecho, en estos siete monjes católicos se cumplieron y se cumplen totalmente las palabras de Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre”.


- Preparando esta homilía cayó en mis manos este cuento. ¡Otro cuento! Os lo leo y luego reflexiono un poco sobre él: “Un sabio griego hacía exploraciones por las tierras del Nilo. Muy satisfecho de su ciencia y de su filosofía, buscaba ufano por aquellas regiones oscuras los secretos que guarda la naturaleza. En una ocasión tuvo que pasar un río y subió a una barca. El viejo barquero movía acompasadamente sus remos y miraba distraído las aguas. De pronto, el sabio le preguntó: -¿Sabes astronomía? –No, señor. –Pues has perdido la cuarta parte de tu vida… ¿Sabes filosofar? – No, señor. –Pues has perdido la otra cuarta parte de la vida… ¿Sabes algo de la historia de este mundo? –No, señor. –Pues has perdido otra cuarta parte de tu vida. En esto, un golpe de viento zarandeó con estrépito la barca, la cual no resistió el golpe, dio media vuelta, y los dos cayeron al agua. El barquero comenzó a nadar a grandes brazadas en busca de la orilla; el sabio se hundía sin remisión dando grandes gritos y luchando por salvarse. Entonces el barquero le preguntó: -¿Sabes nadar, amigo sabio? –No, señor. –Pues ha perdido usted toda la vida”. Tenemos una vida. Sólo se vive una vez y, en tantas ocasiones, ¡perdemos tiempo en tantas cosas que no son fundamentales o nos vanagloriamos de lo que sabemos y despreciamos a los que saben o lo que tienen los otros!


Decía San Bernardo: “Que nuestra vida tenga su centro en nuestro interior, donde Cristo habita”. Para poder morir como los siete monjes de Argelia hay que vivir como ellos, es decir, con Cristo como centro de nuestro ser. Cristo da VIDA a los muertos sólo cuando ha dado VIDA a los vivos. En tantas ocasiones no somos felices; sabemos astronomía, sabemos filosofía y sabemos historia del mundo, como el sabio griego, pero no “sabemos” a Cristo. Cristo es el único que da VIDA, que da AGUA VIVA, que da LUZ. Vayamos, pues, siguiendo los pasos de Cristo. Ya está aquí la Semana Santa. ¡Vivámosla con Él!


<!--[if !supportFootnotes]-->


<!--[endif]-->

<!--[if !supportFootnotes]-->[1]<!--[endif]--> Fijaros: en vez de decir: ‘¿Qué nos puede pasar: que nos maten o que nos torturen…?’ Dice: “Que caminemos hacia el Señor y nos sumerjamos en su ternura…”

jueves, 31 de marzo de 2011

Domingo IV de Cuaresma (A)

3-4-11 DOMINGO IV CUARESMA (A)

1 Sm. 16, 1b.6-7.10-13a; Slm. 23; Ef. 5, 8-14; Jn. 9, 1-41



Homilía de audio en MP3

Queridos hermanos:

El domingo pasado, en el relato de la Samaritana, Jesús se nos presentaba como Agua Viva. Nos decía Jesús que, quien bebiera de cualquier agua, volvería a tener sed, pero, quien bebiera del agua que Él le diera, nunca más tendría sed: “El agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”.

En el evangelio de hoy, también de San Juan, se nos presenta el suceso de la curación de un ciego de nacimiento por parte de Jesús, y se nos habla de Jesús como luz del mundo. En efecto, la oscuridad sólo puede ser vencida por la luz, y Jesús nos dice que Él es luz para este mundo… y para todos nosotros: “Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo”.

- Jesús ha sido enviado por Dios Padre a este mundo para iluminarnos a todos nosotros, para hacernos llegar al conocimiento de la verdad y de la auténtica realidad. En el evangelio de hoy vemos que no basta para conocer la verdad tener ojos en la cara. Los fariseos tenían sanos y con buen funcionamiento los ojos físicos, pero no fueron capaces de reconocer a Jesús como el Hijo de Dios; sí, los fariseos no fueron capaces de reconocer que Jesús había hecho un milagro al devolver la vista a un ciego de nacimiento. En efecto, los fariseos se pararon en lo accidental y no llegaron a lo fundamental: El ciego les dijo que él era ciego de nacimiento, que Jesús le había devuelto la vida, y que lo había hecho así: “Me puso barro en los ojos, me lavé y veo”. El milagro estaba claro, pero había una ley judía que impedía trabajar en sábado y, como aquel día era sábado, como Jesús había hecho barro con sus manos y como eso se consideraba trabajar, entonces, para los fariseos, el milagro estaba manchado de un pecado y, como consecuencia, tal “milagro” no podía venir de Dios.

Para nosotros, aquí y ahora, está clara la cerrazón de mente y de corazón de los fariseos, porque, cuando alguien les señaló el milagro de la curación del ciego, se quedaron con el hecho de que… Jesús había hecho barro en sábado. Esta situación se parece a aquel dicho de un hombre que mostró a otros con el dedo la luna, y ellos se quedaron mirando el dedo en vez de fijarse en la luna. Pero este error no es sólo de los fariseos. Es un error propio de todos los hombres. Voy a poneros un ejemplo de esto y lo mostraré con un cuento. A ver si os gusta: “Un hombre muy rico llevó a su hijo a hacer un recorrido por sus tierras con el propósito de que el hijo, al ver lo pobre que era la gente del campo, comprendiera el valor de las cosas y lo afortunados que eran. Estuvieron por espacio de todo un día y una noche en una granja de una familia campesina muy humilde. Al concluir el viaje, y de regreso a casa, el padre le preguntó al hijo: -¿Qué te pareció el viaje? –Muy bonito, papá. -¿Viste qué pobre y necesitada puede ser la gente? –Sí. -¿Y qué aprendiste? –Vi que nosotros tenemos un perro en casa, y ellos tienen cuatro. Nosotros tenemos una piscina de veinticinco metros, y ellos tienen un riachuelo que no tiene fin. Nosotros tenemos unas lámparas importadas en el patio, ellos tienen las estrellas. Nuestro patio llega hasta el borde de la casa, el de ellos se pierde en el horizonte. Especialmente, papá, vi que ellos tienen tiempo para conversar y convivir en familia. Tú y mamá tenéis que trabajar todo el tiempo, y casi nunca os veo. Al terminar el relato, el padre se quedó mudo, y su hijo agregó: -¡Gracias, papá, por enseñarme lo ricos que podríamos llegar a ser!”

Sí, en tantas ocasiones las cosas pueden cambiar a nuestros ojos, según cómo las miremos. Las podemos mirar como los fariseos y como el padre del cuento: fijarse en el dedo, fijarse en que Jesús trabajó un sábado, fijarse en todas las cosas materiales que se tienen. O podemos mirar las cosas con los ojos del ciego curado y con los ojos del niño del cuento, es decir, mirar todo con los ojos de Jesús gracias a la luz que Él mismo nos da: o sea, darse cuenta que Jesús hizo un auténtico milagro, que Jesús hablaba y actuaba de parte de Dios, que el padre y la madre del niño del cuento tenían muchas cosas y a su hijo le daban muchas cosas, pero no le daban ni tiempo ni cariño, que era lo que el niño más quería y, sobre todo, lo que él más necesitaba.

- Con estas reflexiones que os acabo de hacer, ¿quién tiene luz para ver realmente las cosas: los fariseos o el ciego de nacimiento, el padre o su hijo? Y es que surge enseguida una consecuencia de todo lo dicho hasta ahora: La luz puede ser acogida, como el ciego, o puede ser rechazada, como hicieron los fariseos. Sí, Jesús y su luz pueden ser acogidos o rechazados.

En efecto, en la segunda lectura dice San Pablo a los primeros cristianos, que han aceptado la fe y la luz de Cristo Jesús: “En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz buscando lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas”. Cuando se realiza el sacramento del Bautismo, se da a los recién bautizados (o a sus padres y padrinos) una vela, que se enciende del cirio pascual. Este cirio representa a Cristo, la luz de Dios. Así, los nuevos cristianos reciben la luz de Cristo y la luz de Dios, y las velas son un signo que representa esta realidad. De igual manera, en la Vigilia Pascual del Sábado Santo se enciende el cirio pascual a la entrada de la iglesia. Luego los fieles van acogiendo en sus velas el fuego y la luz de este cirio. Al final, cuando el sacerdote está delante del altar, con la iglesia a oscuras de luz eléctrica, pero con esa misma iglesia iluminada por el cirio pascual y por las velas de los fieles, se alcanza una emoción y una significación especial: Cristo y los cristianos son portadores de la luz de Dios para sí mismos y para el mundo entero. Sin embargo, todo esto quedaría como un rito muy bonito, pero vacío de contenido si no hacemos en nuestra vida lo que San Pablo dijo en su día a los cristianos de Éfeso y que acabamos de leer: “Caminad como hijos de la luz buscando lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas”. Ésta es nuestra tarea para esta Cuaresma, pero también para toda nuestra vida.

viernes, 25 de marzo de 2011

Domingo III de Cuaresma (A)

27-3-11 DOMINGO III CUARESMA (A)

Ex. 17, 3-7; Slm. 94; Rm. 5, 1-2.5-8; Jn. 4, 5-42



Homilía de audio en MP3

Queridos hermanos:

EXAMEN DE CONCIENCIA

No quisiera que este examen de conciencia fuera una especie de losa sobre nosotros. No. La miseria humana, en cristiano, va siempre acompañada de la misericordia de Dios. Sólo a través de los ojos y del corazón de Dios el hombre puede y debe mirar sus propios pecados. El nos los descubre, y al mismo tiempo nos los perdona. Pero yo no puedo cambiar y caminar hacia Dios si no veo dónde estoy de verdad, y esto me lo hace ver Dios con su luz admirable y con la paz maravillosa que nos concede su perdón.

¿He sentido envidia hacia alguien por las cosas que tenía, por su carácter más simpático o por su saber más grande que el mío, por su físico; de tal manera que me alegraba de sus fallos o cuando las cosas le iban mal, y me entristecía cuando las cosas le salían bien? El sentimiento de la envidia en muchas ocasiones no es buscado por nosotros, pero es algo que surge en nuestro interior y nos da mucha vergüenza. En determinados momentos la envidia que sentimos es fruto de la tentación a fin de quitarnos la paz.

¿He sentido celos ante otras personas porque ellas son más valoradas que yo, más tenidas en cuenta que yo, más apreciadas que yo? ¿He sentido celos porque a los demás se les reconoce enseguida lo “poco” que hacen, y a mí no se me reconoce todo lo que hago (al cuidar a unos padres, al hacer las tareas de casa, en el lugar de trabajo…?

¿He hecho juicios en mi interior acerca de otras personas, desca­lificando las actuaciones de los otros, como si todo o casi todo lo de ellos fuese malo? El juicio interior supone ponerse en una posición de superioridad y desde ahí considerar como negativo lo que los demás dicen, hacen o dejan de decir y/o de hacer.

¿He murmurado contra alguien, bien iniciando yo la conver­sa­ción o siguiendo lo comenzado por otros? ¿He sacado los defec­tos de los demás a la luz pública? La murmuración presupone un juicio previo. El juicio queda en mi interior, mientras que la murmuración sale al exterior por la lengua. Lo malo o negativo que veo en los demás, ¿soy capaz de decírselo al interesado o interesada? La mayoría de las veces no, entonces ¿por qué lo digo?: ¿Porque me interesa de verdad esa persona y que mejore; por pasar el rato; por despecho; por quedar por listo o gracioso ante quien estoy murmurando? Si no soy capaz de decir lo negativo al interesado, entonces es mejor que me calle o en todo caso que se lo diga a Dios rezando por esa persona. Lo peor de la murmuración no es lo que decimos, que en muchas ocasiones es cierto, sino el “tonillo” con el que decimos esas cosas, es decir, no hay caridad. Y la verdad que no va acompañada de la caridad-amor, no es la verdad de Cristo. Yo no he descubierto nunca a Dios diciéndome las cosas, ni a mí ni a nadie, restregándolas por las narices. Dios me muestra las cosas, mi verdad, mis defectos, pero lo hace con tanto amor, que veo lo que me dice, lo acepto y mi amor hacia El crece más. Aprendamos a hacerlo así y, si no lo hacemos así, es que estamos murmurando.

¿He difamado, es decir, he dicho cosas negativas de los demás que son falsas, bien porque exagere lo que digo o porque no me cercioro y aseguro de la veracidad de lo que escucho sobre los otros y “alegremente” lo suelto sin más? CUANTO DAÑO HACE LA LENGUA, NUESTRA LENGUA. Ya leemos en la epístola del apóstol Santiago que “la lengua ningún hombre es capaz de domarla: es dañina e inquieta, cargada de veneno mortal; con ella bendecimos al que es Señor y Padre; con ella maldecimos a los hombres creados a semejanza de Dios; de la misma boca salen bendiciones y maldiciones”. “Todos faltamos a menudo, y si hay alguno que no falte en el hablar, es un hombre perfecto, capaz de tener a raya a su persona entera”.

¿Soy una persona mal hablada con frecuentes tacos, con blasfemias, con palabras soeces o hirientes (“cada día te pareces más a tu madre…”, “cállate, gorda…”); buscando siempre el insulto, el dejar mal a los otros, el decir la palabra graciosa, aunque sea a costa de los demás?

¿He mentido a alguna persona, a mi familia, en el trabajo para no quedar mal, por aprovecharme de otros, por venganza, etc.? ¿He dicho medias verdades por las mismas motivaciones? Cuando Jesús fue condenado a muerte por los judíos del Sanedrín, para ello utilizaron sus propias palabras. Le preguntaron si El era el Hijo de Dios y Jesús contestó que sí, que lo era. Y esto le ocasionó su muerte. Podía haber dicho una mentira piadosa. Total esa mentira piadosa le hubiera permitido vivir más años, curar a muchos enfermos, hacer muchos milagros, enseñar mejor a los apóstoles, asentar mejor la Iglesia que quería fundar, anunciar mejor el mensaje de Dios Padre. Pero no, El dijo siempre la verdad, aún a costa de ser muerto, aún a costa del fracaso de su misión entre nosotros. Y su verdad le llevó a la cruz, y esta cruz, fracaso entonces, es salvación para todos nosotros.

¿He sido impaciente con los demás y conmigo mismo? El impaciente es aquél que no tiene paz en su corazón y por eso “salta” con frecuencia. Estoy impaciente cuando no soy capaz de esperar con sosiego y tranquilidad que llegue el ascensor al que he llamado, a que el semáforo se ponga en verde, a que te atiendan en el médico, o que atienden en el supermercado a la persona que está por delante de mí. Estoy impaciente cuando no me pongo en el lugar de los otros y quiero que ellos hagan las cosas como yo las hago y en el tiempo en que yo las hago. No aguanto los fallos de los demás, pero los míos propios… tampoco.

¿He tenido ira, rabia, enfados hacia alguna persona (familiar, amigo, en el trabajo, etc.), y he manifestado esta ira externamente con expresiones hirientes o soeces, con voces, o incluso también en mi interior?

¿Tengo rencor hacia alguna persona, de tal modo que no hablo con esa persona, ni la perdono de ningún modo y, cuando la veo o surge una conversación sobre ella, siempre se nota mi inquina contra ella? ¿Llevo mi “agenda” de los agravios que me han hecho los demás y las fechas en que me las han hecho y ante quien me las han hecho? ¿Hay alguien a quién no salude ni tenga intención de hacerlo? ¿Soy una persona vengativa; las cosas que me han hecho las tengo bien guardadas y presentes, y ante la más pequeña oportuni­dad se las "restriego" en la cara o suelto mi "veneno" ante otras personas?

¿He tenido pereza para levantarme, para acostarme, para hacer los estudios, el trabajo, mis oraciones, asistencia a la Misa, etc.? Perezoso es aquel que hace las cosas que le gustan, y las que no, las va dejando siempre de lado: el cesto de la plancha, los azulejos, tareas en el trabajo, escribir cartas, visitar a personas, enfermos. Con frecuencia la pereza va asociada al egoísmo, pues saco tiempo para las cosas que me gustan y me interesan, pero las otras cosas quedan las más de las veces sin hacer o a medio hacer.

¿He perdido el tiempo? Tenía diversas cosas que hacer y las he ido dejando de lado para hacer lo que me gusta: ver la Tv, hablar por teléfono, leer una novela, dar la lengua con alguien… y mientras tanto las cosas sin hacer.

¿He tenido gula, es decir, me dominan las apetencias y los gustos por encima de mi voluntad: domina el dulce sobre mi voluntad, domina el alcohol sobre mi voluntad, domina el café sobre mi voluntad, domina el tabaco sobre mi voluntad…? Seguramente que en muchas ocasiones pensamos como el gallego: “perdono o mal que me fai, por o ben que me sabe”. Tengo gula cuando como entre horas por el simple hecho de picar, o como nada más de lo que me gusta, o no como jamás lo que no me gusta, o protesto por la comida, o como o bebo con ansia, etc.?

¿He sido egoísta en el trato con los demás preocupándome tan solo de lo que me venía bien a mí, pasando o dejando de lado las necesidades de los otros? ¿Soy de los que cojo el mando de la TV y no lo suelto en modo alguno, y todo el mundo tiene que ver el programa que a mí me gusta? ¿Al sentarme en el coche o en casa escojo el mejor puesto… sin pensar en los otros? ¿Pienso en los otros, en lo que les gusta a los otros, en lo que les viene bien a los otros, o nada más me veo a mí mismo y mis apetencias y mis necesidades?

¿He faltado a la pobreza cristiana con gastos superfluos en cosas que no son del todo necesarias (ropas, tabaco, cafés, revistas, consumiciones, CD, bisutería, viajes, etc.)? ¿Compro cosas baratas que no necesito o que ya poseo más que suficientemente? Al comprar pregunto a mi gusto, a los demás… ¿y a Dios? Porque El tendrá algo que decir, sobre todo si me confieso cristiano y deseo que su Voluntad se cumpla en mí. Un cristiano no puede caer en el consumismo igual que otra persona que le dé igual vivir en su Santa Voluntad o no. ¿Tengo codicia y ansío poseer cosas materiales? ¿Doy limos­nas a la Iglesia o a ONGs o a familias necesitadas (es bueno aquí comparar cuánto gasto para mí al mes y cuánto doy en limosnas para los demás al mes; se verá que la diferencia es mucha)? La limosna es lo que yo llamo el dinero de Dios. Es suyo y yo he de administrarlo según su Voluntad y no según mi capricho. El dinero de la limosna nunca puede quedarse en mi bolsillo. Si no lo doy yo directamente, entonces debo de buscar a organizaciones o personas que busquen donde entregarlo y que conocen mejor que yo diversas necesidades de otros hombres. ¿Tengo mi corazón pegado a cosas mías (coche, ropa, objetos), personas, opiniones, mi físico, etc.? Para entender la pobreza cristiana se ha de partir de que sólo Dios es nuestra riqueza, porque es lo totalmente Absoluto, lo demás es relativo (Mt. 10, 37). ¿He robado, es decir, me ha apropiado de cosas que no son mías? Me apropio de cosas que no son mías, robo, cuando en el hospital en el que trabajo cojo tiritas, esparadrapos, tijeras... y lo llevo para mi casa o para mis familiares. Robo cuando en el colegio donde trabajo cojo hojas, bolígrafos... y los llevo para mi casa. Robo en el trabajo llegando tarde y saliendo temprano. Robo en el trabajo al no pagar lo justo y debido a mis empleados y no reconocerles sus derechos. El hecho de que lo hagan los demás no quiere decir que está justificado que lo haga yo.

¿He sido desobediente en mi casa, con mi familia, con Dios, con la Iglesia, con mi director espiritual, con las normas de tráfico, con las cosas que me piden muchas veces por favor; y soy más bien de los que siempre hace lo que les da "la realísima gana"? La obediencia no es simplemente hacer sin más lo que me digan o me pidan, también hay que mirar el modo y las maneras en que lo hago. Por ejemplo, si realizo las cosas que se me piden pero con protestas, interiores o exteriores, entonces no estoy obedeciendo. Yo nunca he visto ni he leído que, cuando Dios Padre indicó a su Hijo que fura a la Cruz, por el perdón de los pecados de los hombres, Jesús obedeciera pero diciendo: “¡Vaya, hombre! ¡Siempre me toca a mí!” ¿A quién tengo que obedecer yo? Pues en primer lugar a Dios, a mis padres, a mis hijos, a mi marido, a mi mujer...

¿He faltado a la castidad con pensamientos, deseos, miradas, actos impuros (solo o acompañado); he respetado mi cuerpo y el de los demás por ser Templo del Espíritu de Dios, me he mantenido alejado de aquello que me tentara en este punto como TV, revis­tas, conversaciones, etc.?

¿He tenido el pecado de la vanidad de tal manera que estoy demasiado pendiente de mi aspecto físico, de la moda, y al final soy un esclavo de ello? Hay personas que son incapaces de salir desconjuntadas de casa o de no salir a la calle con prendas que no son de marca. Hay personas que visten o se acicalan de una determinada manera, pero no por convencimiento o gusto propio, sino por obtener el parabién de la gente con la que están.

¿He tenido soberbia al considerarme superior a otros, al considerarme inferior y esto me hacía sufrir, puesto que no me acepto tal y como soy? ¿Me ando siempre quejando de la sociedad, de los demás, de mí mismo? ¿"Engordo" cuando los demás hablan bien de mí, y me entretengo después pensando y "repensando" lo que se dijo bueno de mí? ¿Me enfada el que los demás hablen mal de mí, sea mentira o verdad, y "despo­trico" contra ellos y busco rápidamente el justificarme? ¿Me cuesta admitir mis errores? ¿Me cuesta pedir perdón? ¿Hablo de mí mismo (mal o bien) con frecuencia, me pregunten o no? ¿Hago o dejo de hacer cosas, digo o dejo de decir cosas por el qué dirá la gente, de tal manera que soy un esclavo de lo que piensen los demás? Veamos algunos de los frutos de la soberbia: En las relaciones con el prójimo, el amor propio y la soberbia nos hace susceptibles, inflexibles, impacientes, exagerados en la afirmación del propio yo y de los propios derechos, fríos, indiferentes, injustos en nuestros juicios y en nuestras palabras. Nos deleita en hablar de las propias acciones, de las luces y experiencias interiores, de las dificultades, de los sufrimientos, aun sin necesidad de hacerlo. En las prácticas de piedad nos complace en mirar a los demás, observarlos y juzgarlos; nos inclinamos a compararnos y a creernos mejor que ellos, a verles defectos solamente y negarles las buenas cualidades, a atribuirles deseos e intenciones poco nobles, llegando incluso a desearles el mal. El amor propio y la soberbia hacen que nos sintamos ofendidos cuando somos humillados, insultados o postergados, o no nos vemos considerados, estimados y obsequiados como esperábamos.

¿He faltado en el amor al prójimo hacia los enfermos, ancia­nos, familiares, marginados, etc.? ¿Tengo verdadera preocupación por las necesidades materiales, morales y espirituales de las personas que me rodean, de la gente que vive en Asturias, en España, en Europa, en el mundo? ¿Considero a las demás personas como hermanos míos al ser hijos todos del mismo Padre?

¿He tenido falta de confianza en Dios buscando yo siempre el encontrar solución a todo y rápida; y cuando no salía tal y como era mi deseo me enfadaba con Dios o me descorazonaba con El? No tengo confianza en Dios cuando las cosas positivas o negativas que me suceden me afectan sobremanera. No quiere decir con esto que tengamos que ser insensibles a las circunstancias que acontecen a nuestro alrededor, pero sí es cierto que nuestra seguridad total está en Dios y no tanto en que las cosas me salgan bien o mal.

¿He dejado mis oraciones de lado, o las he hecho con rutina y sequedad? ¿He sido fiel a lo que el Señor me iba mostrando o pidiendo en ellas?

¿He faltado a la Misa de los domingos, o he asistido a ella con rutina, falta de fervor, de mala gana y distracciones?

¿He realizado alguna lectura espiritual para alimentar mi ser y abrirme a otras experiencias y a otros horizontes que puedan acercarme más a Dios?

Se podían sacar muchas más cosas, pero de momento yo creo que con esto vale para tener una guía más o menos exhaustiva.