Sacerdote de la Archidiócesis de Oviedo (España) Párroco de la UP de san Lázaro del Camino (Oviedo)
viernes, 15 de abril de 2011
Semana Santa
Feliz Pascua de Resurrección.
Un abrazo
Andrés
viernes, 8 de abril de 2011
Domingo V Cuaresma (A)
10-4-11 DOMINGO V CUARESMA (A)
Ez. 37, 12-14; Slm. 129; Rm. 8, 8-11; Jn. 11, 1-45
Homilía de audio en MP3
Queridos hermanos:
- Como ya sabéis, hace dos domingos escuchábamos en el evangelio el relato de
En el día de hoy volvemos a escuchar otro evangelio de San Juan, concretamente en el que se narra la resurrección de Lázaro y en donde Jesús se denomina a sí mismo como Resurrección y Vida. “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre”.
Con estos tres evangelios San Juan intenta llevarnos hacia Jesús, pues en Él está todo y fuera de Él no hay nada o, al menos, nada bueno. Unas veces Jesús nos es presentado como Agua Viva, que quita la sed para siempre: en este mundo y después de este mundo. Otras veces Jesús nos dice que es Luz: Luz que quita la oscuridad al hombre y que le ilumina hacia la verdad plena. Hoy se nos dice que Jesús da Vida a los vivos, y también da Vida o resucita a los muertos. Quien no está con Jesús, si muere, morirá para siempre; asimismo quien no está con Jesús, si está vivo, es como si estuviera muerto.
Vamos a reflexionar, a profundizar un poco sobre la muerte y sobre la vida.
Hace poco se estrenó una película francesa; creo que se titulaba “Hombres y dioses”. Trataba de unos monjes católicos que fueron secuestrados y asesinados en 1996 en Argelia. Eran siete. Les cortaron la cabeza y no se sabe cuántas cosas más les hicieron. Habían recibido varias amenazas de muerte de los fundamentalistas musulmanes para que se fueran de allí. Ellos se sentaron a deliberar sobre aquellas amenazas y sobre aquella situación, y cada uno expresó lo que sentía y lo que quería hacer. Había libertad para marcharse a un lugar más seguro. Todos decidieron quedarse allí y afrontar los peligros que pudieran venir. Jesús vino a este mundo por nosotros; Jesús no huyó, sino que se entregó a la muerte por todos nosotros. Ellos tampoco podían escapar. No hacían mal a nadie y esta comunidad de monjes orantes eran como un oasis en el desierto: oasis de perdón, oasis de reconciliación, oasis de paz, oasis de oración, oasis de fraternidad entre los hombres independientemente de sus culturas y de sus creencias. Las gentes de los alrededores les apreciaban y no deseaban su marcha, sino todo lo contrario. Estos siete monjes hablaron y escribieron lo que sentían ante las amenazas y la proximidad de su muerte. Yo he recogido aquí las palabras de dos de ellos: Por ejemplo, Fr. Luc Dochier dijo: “¿Qué nos puede pasar? Que caminemos hacia el Señor y nos sumerjamos en su ternura. Dios es el gran misericordioso y el gran perdonador”<!--[if !supportFootnotes]-->[1]<!--[endif]-->. O Fr. Christophe Lebreton, que escribió sus últimas voluntades: “Mi cuerpo es para la tierra, pero, por favor, ninguna protección entre ella y yo. Mi corazón es para la vida, pero, por favor, nada de retoques entre ella y yo. Mis manos para el trabajo… sencillamente se cruzarán. Pero el rostro, que quede completamente desnudo para no impedir el beso. Y la mirada, dejadla VER”. Para decir y escribir esto, hay que estar o muy loco, o muy convencido, o… tener a Dios muy dentro. Estas palabras retratan a unos creyentes totalmente enamorados de Dios y olvidados de sí mismos. La vida no es un fin en sí mismo; tampoco lo es el cuerpo, ni el corazón, ni las manos, ni el rostro, ni la mirada…; nada de lo que se posee es fin en sí mismo, sino que todo ello es don y regalo de Dios. De Dios lo hemos recibido y a Dios hemos de entregárselo de nuevo.
Los siete monjes católicos están muertos desde 1996. Sus asesinos probablemente siguen vivos a fecha de hoy. Preguntas: Desde la perspectiva de Jesús, de Dios, ¿quiénes están más muertos: los siete monjes asesinados o aquellos que los mataron? ¿Quiénes están más vivos: los siete monjes que murieron o aquellos que los mataron? Para mí las respuestas están claras. De hecho, en estos siete monjes católicos se cumplieron y se cumplen totalmente las palabras de Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre”.
- Preparando esta homilía cayó en mis manos este cuento. ¡Otro cuento! Os lo leo y luego reflexiono un poco sobre él: “Un sabio griego hacía exploraciones por las tierras del Nilo. Muy satisfecho de su ciencia y de su filosofía, buscaba ufano por aquellas regiones oscuras los secretos que guarda
Decía San Bernardo: “Que nuestra vida tenga su centro en nuestro interior, donde Cristo habita”. Para poder morir como los siete monjes de Argelia hay que vivir como ellos, es decir, con Cristo como centro de nuestro ser. Cristo da VIDA a los muertos sólo cuando ha dado VIDA a los vivos. En tantas ocasiones no somos felices; sabemos astronomía, sabemos filosofía y sabemos historia del mundo, como el sabio griego, pero no “sabemos” a Cristo. Cristo es el único que da VIDA, que da AGUA VIVA, que da LUZ. Vayamos, pues, siguiendo los pasos de Cristo. Ya está aquí
<!--[endif]-->
<!--[if !supportFootnotes]-->[1]<!--[endif]--> Fijaros: en vez de decir: ‘¿Qué nos puede pasar: que nos maten o que nos torturen…?’ Dice: “Que caminemos hacia el Señor y nos sumerjamos en su ternura…”
jueves, 31 de marzo de 2011
Domingo IV de Cuaresma (A)
3-4-11 DOMINGO IV CUARESMA (A)
1 Sm. 16, 1b.6-7.10-13a; Slm. 23; Ef. 5, 8-14; Jn. 9, 1-41
Homilía de audio en MP3
Queridos hermanos:
El domingo pasado, en el relato de la Samaritana, Jesús se nos presentaba como Agua Viva. Nos decía Jesús que, quien bebiera de cualquier agua, volvería a tener sed, pero, quien bebiera del agua que Él le diera, nunca más tendría sed: “El agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”.
En el evangelio de hoy, también de San Juan, se nos presenta el suceso de la curación de un ciego de nacimiento por parte de Jesús, y se nos habla de Jesús como luz del mundo. En efecto, la oscuridad sólo puede ser vencida por la luz, y Jesús nos dice que Él es luz para este mundo… y para todos nosotros: “Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo”.
- Jesús ha sido enviado por Dios Padre a este mundo para iluminarnos a todos nosotros, para hacernos llegar al conocimiento de la verdad y de la auténtica realidad. En el evangelio de hoy vemos que no basta para conocer la verdad tener ojos en
Para nosotros, aquí y ahora, está clara la cerrazón de mente y de corazón de los fariseos, porque, cuando alguien les señaló el milagro de la curación del ciego, se quedaron con el hecho de que… Jesús había hecho barro en sábado. Esta situación se parece a aquel dicho de un hombre que mostró a otros con el dedo la luna, y ellos se quedaron mirando el dedo en vez de fijarse en
Sí, en tantas ocasiones las cosas pueden cambiar a nuestros ojos, según cómo las miremos. Las podemos mirar como los fariseos y como el padre del cuento: fijarse en el dedo, fijarse en que Jesús trabajó un sábado, fijarse en todas las cosas materiales que se tienen. O podemos mirar las cosas con los ojos del ciego curado y con los ojos del niño del cuento, es decir, mirar todo con los ojos de Jesús gracias a la luz que Él mismo nos da: o sea, darse cuenta que Jesús hizo un auténtico milagro, que Jesús hablaba y actuaba de parte de Dios, que el padre y la madre del niño del cuento tenían muchas cosas y a su hijo le daban muchas cosas, pero no le daban ni tiempo ni cariño, que era lo que el niño más quería y, sobre todo, lo que él más necesitaba.
- Con estas reflexiones que os acabo de hacer, ¿quién tiene luz para ver realmente las cosas: los fariseos o el ciego de nacimiento, el padre o su hijo? Y es que surge enseguida una consecuencia de todo lo dicho hasta ahora: La luz puede ser acogida, como el ciego, o puede ser rechazada, como hicieron los fariseos. Sí, Jesús y su luz pueden ser acogidos o rechazados.
viernes, 25 de marzo de 2011
Domingo III de Cuaresma (A)
27-3-11 DOMINGO III CUARESMA (A)
Ex. 17, 3-7; Slm. 94; Rm. 5, 1-2.5-8; Jn. 4, 5-42
Homilía de audio en MP3
Queridos hermanos:
EXAMEN DE CONCIENCIA
No quisiera que este examen de conciencia fuera una especie de losa sobre nosotros. No. La miseria humana, en cristiano, va siempre acompañada de la misericordia de Dios. Sólo a través de los ojos y del corazón de Dios el hombre puede y debe mirar sus propios pecados. El nos los descubre, y al mismo tiempo nos los perdona. Pero yo no puedo cambiar y caminar hacia Dios si no veo dónde estoy de verdad, y esto me lo hace ver Dios con su luz admirable y con la paz maravillosa que nos concede su perdón.
¿He sentido envidia hacia alguien por las cosas que tenía, por su carácter más simpático o por su saber más grande que el mío, por su físico; de tal manera que me alegraba de sus fallos o cuando las cosas le iban mal, y me entristecía cuando las cosas le salían bien? El sentimiento de la envidia en muchas ocasiones no es buscado por nosotros, pero es algo que surge en nuestro interior y nos da mucha vergüenza. En determinados momentos la envidia que sentimos es fruto de la tentación a fin de quitarnos la paz.
¿He sentido celos ante otras personas porque ellas son más valoradas que yo, más tenidas en cuenta que yo, más apreciadas que yo? ¿He sentido celos porque a los demás se les reconoce enseguida lo “poco” que hacen, y a mí no se me reconoce todo lo que hago (al cuidar a unos padres, al hacer las tareas de casa, en el lugar de trabajo…?
¿He hecho juicios en mi interior acerca de otras personas, descalificando las actuaciones de los otros, como si todo o casi todo lo de ellos fuese malo? El juicio interior supone ponerse en una posición de superioridad y desde ahí considerar como negativo lo que los demás dicen, hacen o dejan de decir y/o de hacer.
¿He murmurado contra alguien, bien iniciando yo la conversación o siguiendo lo comenzado por otros? ¿He sacado los defectos de los demás a la luz pública? La murmuración presupone un juicio previo. El juicio queda en mi interior, mientras que la murmuración sale al exterior por la lengua. Lo malo o negativo que veo en los demás, ¿soy capaz de decírselo al interesado o interesada? La mayoría de las veces no, entonces ¿por qué lo digo?: ¿Porque me interesa de verdad esa persona y que mejore; por pasar el rato; por despecho; por quedar por listo o gracioso ante quien estoy murmurando? Si no soy capaz de decir lo negativo al interesado, entonces es mejor que me calle o en todo caso que se lo diga a Dios rezando por esa persona. Lo peor de la murmuración no es lo que decimos, que en muchas ocasiones es cierto, sino el “tonillo” con el que decimos esas cosas, es decir, no hay caridad. Y la verdad que no va acompañada de la caridad-amor, no es la verdad de Cristo. Yo no he descubierto nunca a Dios diciéndome las cosas, ni a mí ni a nadie, restregándolas por las narices. Dios me muestra las cosas, mi verdad, mis defectos, pero lo hace con tanto amor, que veo lo que me dice, lo acepto y mi amor hacia El crece más. Aprendamos a hacerlo así y, si no lo hacemos así, es que estamos murmurando.
¿He difamado, es decir, he dicho cosas negativas de los demás que son falsas, bien porque exagere lo que digo o porque no me cercioro y aseguro de la veracidad de lo que escucho sobre los otros y “alegremente” lo suelto sin más? CUANTO DAÑO HACE LA LENGUA, NUESTRA LENGUA. Ya leemos en la epístola del apóstol Santiago que “la lengua ningún hombre es capaz de domarla: es dañina e inquieta, cargada de veneno mortal; con ella bendecimos al que es Señor y Padre; con ella maldecimos a los hombres creados a semejanza de Dios; de la misma boca salen bendiciones y maldiciones”. “Todos faltamos a menudo, y si hay alguno que no falte en el hablar, es un hombre perfecto, capaz de tener a raya a su persona entera”.
¿Soy una persona mal hablada con frecuentes tacos, con blasfemias, con palabras soeces o hirientes (“cada día te pareces más a tu madre…”, “cállate, gorda…”); buscando siempre el insulto, el dejar mal a los otros, el decir la palabra graciosa, aunque sea a costa de los demás?
¿He mentido a alguna persona, a mi familia, en el trabajo para no quedar mal, por aprovecharme de otros, por venganza, etc.? ¿He dicho medias verdades por las mismas motivaciones? Cuando Jesús fue condenado a muerte por los judíos del Sanedrín, para ello utilizaron sus propias palabras. Le preguntaron si El era el Hijo de Dios y Jesús contestó que sí, que lo era. Y esto le ocasionó su muerte. Podía haber dicho una mentira piadosa. Total esa mentira piadosa le hubiera permitido vivir más años, curar a muchos enfermos, hacer muchos milagros, enseñar mejor a los apóstoles, asentar mejor la Iglesia que quería fundar, anunciar mejor el mensaje de Dios Padre. Pero no, El dijo siempre la verdad, aún a costa de ser muerto, aún a costa del fracaso de su misión entre nosotros. Y su verdad le llevó a la cruz, y esta cruz, fracaso entonces, es salvación para todos nosotros.
¿He sido impaciente con los demás y conmigo mismo? El impaciente es aquél que no tiene paz en su corazón y por eso “salta” con frecuencia. Estoy impaciente cuando no soy capaz de esperar con sosiego y tranquilidad que llegue el ascensor al que he llamado, a que el semáforo se ponga en verde, a que te atiendan en el médico, o que atienden en el supermercado a la persona que está por delante de mí. Estoy impaciente cuando no me pongo en el lugar de los otros y quiero que ellos hagan las cosas como yo las hago y en el tiempo en que yo las hago. No aguanto los fallos de los demás, pero los míos propios… tampoco.
¿He tenido ira, rabia, enfados hacia alguna persona (familiar, amigo, en el trabajo, etc.), y he manifestado esta ira externamente con expresiones hirientes o soeces, con voces, o incluso también en mi interior?
¿Tengo rencor hacia alguna persona, de tal modo que no hablo con esa persona, ni la perdono de ningún modo y, cuando la veo o surge una conversación sobre ella, siempre se nota mi inquina contra ella? ¿Llevo mi “agenda” de los agravios que me han hecho los demás y las fechas en que me las han hecho y ante quien me las han hecho? ¿Hay alguien a quién no salude ni tenga intención de hacerlo? ¿Soy una persona vengativa; las cosas que me han hecho las tengo bien guardadas y presentes, y ante la más pequeña oportunidad se las "restriego" en la cara o suelto mi "veneno" ante otras personas?
¿He tenido pereza para levantarme, para acostarme, para hacer los estudios, el trabajo, mis oraciones, asistencia a la Misa, etc.? Perezoso es aquel que hace las cosas que le gustan, y las que no, las va dejando siempre de lado: el cesto de la plancha, los azulejos, tareas en el trabajo, escribir cartas, visitar a personas, enfermos. Con frecuencia la pereza va asociada al egoísmo, pues saco tiempo para las cosas que me gustan y me interesan, pero las otras cosas quedan las más de las veces sin hacer o a medio hacer.
¿He perdido el tiempo? Tenía diversas cosas que hacer y las he ido dejando de lado para hacer lo que me gusta: ver la Tv, hablar por teléfono, leer una novela, dar la lengua con alguien… y mientras tanto las cosas sin hacer.
¿He tenido gula, es decir, me dominan las apetencias y los gustos por encima de mi voluntad: domina el dulce sobre mi voluntad, domina el alcohol sobre mi voluntad, domina el café sobre mi voluntad, domina el tabaco sobre mi voluntad…? Seguramente que en muchas ocasiones pensamos como el gallego: “perdono o mal que me fai, por o ben que me sabe”. Tengo gula cuando como entre horas por el simple hecho de picar, o como nada más de lo que me gusta, o no como jamás lo que no me gusta, o protesto por la comida, o como o bebo con ansia, etc.?
¿He sido egoísta en el trato con los demás preocupándome tan solo de lo que me venía bien a mí, pasando o dejando de lado las necesidades de los otros? ¿Soy de los que cojo el mando de la TV y no lo suelto en modo alguno, y todo el mundo tiene que ver el programa que a mí me gusta? ¿Al sentarme en el coche o en casa escojo el mejor puesto… sin pensar en los otros? ¿Pienso en los otros, en lo que les gusta a los otros, en lo que les viene bien a los otros, o nada más me veo a mí mismo y mis apetencias y mis necesidades?
¿He faltado a la pobreza cristiana con gastos superfluos en cosas que no son del todo necesarias (ropas, tabaco, cafés, revistas, consumiciones, CD, bisutería, viajes, etc.)? ¿Compro cosas baratas que no necesito o que ya poseo más que suficientemente? Al comprar pregunto a mi gusto, a los demás… ¿y a Dios? Porque El tendrá algo que decir, sobre todo si me confieso cristiano y deseo que su Voluntad se cumpla en mí. Un cristiano no puede caer en el consumismo igual que otra persona que le dé igual vivir en su Santa Voluntad o no. ¿Tengo codicia y ansío poseer cosas materiales? ¿Doy limosnas a la Iglesia o a ONGs o a familias necesitadas (es bueno aquí comparar cuánto gasto para mí al mes y cuánto doy en limosnas para los demás al mes; se verá que la diferencia es mucha)? La limosna es lo que yo llamo el dinero de Dios. Es suyo y yo he de administrarlo según su Voluntad y no según mi capricho. El dinero de la limosna nunca puede quedarse en mi bolsillo. Si no lo doy yo directamente, entonces debo de buscar a organizaciones o personas que busquen donde entregarlo y que conocen mejor que yo diversas necesidades de otros hombres. ¿Tengo mi corazón pegado a cosas mías (coche, ropa, objetos), personas, opiniones, mi físico, etc.? Para entender la pobreza cristiana se ha de partir de que sólo Dios es nuestra riqueza, porque es lo totalmente Absoluto, lo demás es relativo (Mt. 10, 37). ¿He robado, es decir, me ha apropiado de cosas que no son mías? Me apropio de cosas que no son mías, robo, cuando en el hospital en el que trabajo cojo tiritas, esparadrapos, tijeras... y lo llevo para mi casa o para mis familiares. Robo cuando en el colegio donde trabajo cojo hojas, bolígrafos... y los llevo para mi casa. Robo en el trabajo llegando tarde y saliendo temprano. Robo en el trabajo al no pagar lo justo y debido a mis empleados y no reconocerles sus derechos. El hecho de que lo hagan los demás no quiere decir que está justificado que lo haga yo.
¿He sido desobediente en mi casa, con mi familia, con Dios, con la Iglesia, con mi director espiritual, con las normas de tráfico, con las cosas que me piden muchas veces por favor; y soy más bien de los que siempre hace lo que les da "la realísima gana"? La obediencia no es simplemente hacer sin más lo que me digan o me pidan, también hay que mirar el modo y las maneras en que lo hago. Por ejemplo, si realizo las cosas que se me piden pero con protestas, interiores o exteriores, entonces no estoy obedeciendo. Yo nunca he visto ni he leído que, cuando Dios Padre indicó a su Hijo que fura a la Cruz, por el perdón de los pecados de los hombres, Jesús obedeciera pero diciendo: “¡Vaya, hombre! ¡Siempre me toca a mí!” ¿A quién tengo que obedecer yo? Pues en primer lugar a Dios, a mis padres, a mis hijos, a mi marido, a mi mujer...
¿He faltado a la castidad con pensamientos, deseos, miradas, actos impuros (solo o acompañado); he respetado mi cuerpo y el de los demás por ser Templo del Espíritu de Dios, me he mantenido alejado de aquello que me tentara en este punto como TV, revistas, conversaciones, etc.?
¿He tenido el pecado de la vanidad de tal manera que estoy demasiado pendiente de mi aspecto físico, de la moda, y al final soy un esclavo de ello? Hay personas que son incapaces de salir desconjuntadas de casa o de no salir a la calle con prendas que no son de marca. Hay personas que visten o se acicalan de una determinada manera, pero no por convencimiento o gusto propio, sino por obtener el parabién de la gente con la que están.
¿He tenido soberbia al considerarme superior a otros, al considerarme inferior y esto me hacía sufrir, puesto que no me acepto tal y como soy? ¿Me ando siempre quejando de la sociedad, de los demás, de mí mismo? ¿"Engordo" cuando los demás hablan bien de mí, y me entretengo después pensando y "repensando" lo que se dijo bueno de mí? ¿Me enfada el que los demás hablen mal de mí, sea mentira o verdad, y "despotrico" contra ellos y busco rápidamente el justificarme? ¿Me cuesta admitir mis errores? ¿Me cuesta pedir perdón? ¿Hablo de mí mismo (mal o bien) con frecuencia, me pregunten o no? ¿Hago o dejo de hacer cosas, digo o dejo de decir cosas por el qué dirá la gente, de tal manera que soy un esclavo de lo que piensen los demás? Veamos algunos de los frutos de la soberbia: En las relaciones con el prójimo, el amor propio y la soberbia nos hace susceptibles, inflexibles, impacientes, exagerados en la afirmación del propio yo y de los propios derechos, fríos, indiferentes, injustos en nuestros juicios y en nuestras palabras. Nos deleita en hablar de las propias acciones, de las luces y experiencias interiores, de las dificultades, de los sufrimientos, aun sin necesidad de hacerlo. En las prácticas de piedad nos complace en mirar a los demás, observarlos y juzgarlos; nos inclinamos a compararnos y a creernos mejor que ellos, a verles defectos solamente y negarles las buenas cualidades, a atribuirles deseos e intenciones poco nobles, llegando incluso a desearles el mal. El amor propio y la soberbia hacen que nos sintamos ofendidos cuando somos humillados, insultados o postergados, o no nos vemos considerados, estimados y obsequiados como esperábamos.
¿He faltado en el amor al prójimo hacia los enfermos, ancianos, familiares, marginados, etc.? ¿Tengo verdadera preocupación por las necesidades materiales, morales y espirituales de las personas que me rodean, de la gente que vive en Asturias, en España, en Europa, en el mundo? ¿Considero a las demás personas como hermanos míos al ser hijos todos del mismo Padre?
¿He tenido falta de confianza en Dios buscando yo siempre el encontrar solución a todo y rápida; y cuando no salía tal y como era mi deseo me enfadaba con Dios o me descorazonaba con El? No tengo confianza en Dios cuando las cosas positivas o negativas que me suceden me afectan sobremanera. No quiere decir con esto que tengamos que ser insensibles a las circunstancias que acontecen a nuestro alrededor, pero sí es cierto que nuestra seguridad total está en Dios y no tanto en que las cosas me salgan bien o mal.
¿He dejado mis oraciones de lado, o las he hecho con rutina y sequedad? ¿He sido fiel a lo que el Señor me iba mostrando o pidiendo en ellas?
¿He faltado a la Misa de los domingos, o he asistido a ella con rutina, falta de fervor, de mala gana y distracciones?
¿He realizado alguna lectura espiritual para alimentar mi ser y abrirme a otras experiencias y a otros horizontes que puedan acercarme más a Dios?
Se podían sacar muchas más cosas, pero de momento yo creo que con esto vale para tener una guía más o menos exhaustiva.jueves, 17 de marzo de 2011
Domingo II de Cuaresma (A)
20-3-11 DOMINGO II CUARESMA (A)
DIA DEL SEMINARIO
Gn. 12, 1-4a; Slm. 32; 2 Tim. 1, 8b-10; Mt. 17, 1-9
Homilía de audio en MP3
Queridos hermanos:
En el día de hoy se nos acumulan las celebraciones. Por una parte, conmemoramos el segundo domingo de Cuaresma con el evangelio de la narración de la Transfiguración del Señor; por otra parte, celebramos en toda la Iglesia española el día del Seminario.
En la homilía de hoy quisiera reflexionar sobre este segundo tema: sobre el Seminario, sobre los seminaristas, sobre las vocaciones al sacerdocio. El lema que este año se ha escogido es un poco atrevido, o quizás no. Juzgar por vosotros mismos: “Sacerdote, regalo de Dios para el mundo”. ¿Realmente un sacerdote, cada sacerdote es un regalo de Dios para nosotros, para todo el mundo?
- Empieza la primera lectura diciendo: “El Señor dijo a Abrahán: -‘Sal de tu tierra y de la casa de tu padre hacia la tierra que te mostraré’ […] Abrahán marchó, como le había dicho el Señor”. Fijaros en cómo Abrahán por la fe salió de su tierra, de su familia, de sus amigos, de lo conocido, de sus seguridades y salió sin saber a dónde iba. Sí, él se fió de Dios y de su promesa. Y lo hizo, no a los 20 años, sino a los 75 años. Hay una pregunta que me hago en muchas ocasiones desde que era seminarista, en este caso y en otros: ¿Qué sabemos de los que se quedaron en Ur de los caldeos, la tierra que vio nacer a Abrahán? Nada, no sabemos nada. Pero lo más importante es ¿qué sabe Dios de ellos? Quien sigue la voluntad de Dios, permanece; quien no la sigue, ¿dónde está? ¿Cómo está?
Si me lo permitís voy a hablaros un poco ahora de mi vocación, de cómo sentí yo
Al llegar al Seminario todo era nuevo: lugar, personas, circunstancias, estudios largos y a veces tediosos. Sabía del esfuerzo económico que mis padres realizaban para pagarme los estudios. Tuve que dejar muchas cosas conocidas y seguras. Aprendí mucho… en los estudios y de la vida, y maduré rápidamente. Dios me acompañaba… directamente y a través de otras personas que fue poniendo a mi lado, como D. Laurentino, el párroco de La Corte.
Sé que para otros seminaristas o novicios fue mucho más doloroso que para mí ese salir de lo conocido, de lo seguro…, pero todos, de una forma u otra tuvimos de cumplir el mandato de Dios a Abrahán: “Sal de tu tierra y de la casa de tu padre hacia la tierra que te mostraré”. Por otra parte, cuando yo me fui de mi casa para el Seminario (en 1976), el sacerdote gozaba aún de un cierto prestigio social. Hoy ocurre todo lo contrario, al menos, a nivel general. Hoy y siempre, pero sobre todo más hoy quien opta por el camino sacerdotal ha de saber que no hay prestigio social alguno en ello; todo lo contrario. Hoy y siempre quien sigue el camino del sacerdocio debe hacerlo por seguir esa llamada de Dios, que le invita a salir de su tierra, de su familia, de sus seguridades… para ir hacia la tierra de Dios.
Sólo puede dar este paso quien ha tenido una experiencia personal con Jesús. De lo contrario no se entiende que se deje familia, casa, amigos… para ser cura, para ser de Dios.
- En la segunda lectura le dice San Pablo a su discípulo Timoteo: “Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según las fuerzas que Dios te dé”. En estos días estoy leyendo de modo repetido en los medios de comunicación social que ha habido dos sucesos muy desagradables en dos universidades españolas: una en Madrid y la otra en Barcelona. En Madrid, en la capilla de una universidad se estaba celebrando una Misa para los estudiantes católicos y, de repente, un grupo de chicas de ideología radical entraron de mala manera: dando voces e insultando a la Iglesia católica y al Papa. Rodearon el altar las chicas y varias de ellas se han quitado la ropa de la cintura para arriba. Se hicieron varias fotos que colgaron en Internet para mostrar al mundo su “hazaña”. Parece que el rector de la universidad de Madrid no está haciendo demasiado, a pesar de que esto no es un hecho aislado. Igualmente, en una universidad de Barcelona la capilla católica estuvo cerrada durante un mes por las agresiones y pintadas de jóvenes radicales. Este lunes se abrió de nuevo la capilla y se han repetido las agresiones verbales. Leo: “Minutos antes de que comenzara la misa en la capilla un grupo de estudiantes católicos ultimaba una campaña de recogida de alimentos para los más desfavorecidos. En ese momento, un grupo de alumnos laicistas llegó a las puertas de la capilla para volver a provocar a sus compañeros. Para ello, trajeron una pancarta en la que se podía leer ‘No pasarás sin carné de cristiano’. Ésta iba ilustrada con una imagen que quería representar a un dios que tenía el brazo elevado en actitud fascista mientras sostenía una cruz con la otra mano”.
Nunca fue fácil anunciar a Jesucristo y su evangelio. Hoy menos aún. Por eso se entienden muy bien las palabras de San Pablo a Timoteo y eso que están dichas hace 20 siglos. Sólo desde la fe pueden vivirse estas dos palabras de la primera y de la segunda lectura. Así, desde la fe lo vivió Van Thuan, cardenal vietnamita. Él fue encerrado por los comunistas en 1975 y estuvo en la cárcel muchos años. Le hicieron la vida muy difícil, pero él se mantuvo fiel a su fe. El 7 de octubre de 1976 escribía esto: “Amadísimo Jesús, esta noche, en el fondo de mi celda, sin luz, sin ventana, calentísima, pienso con intensa nostalgia en mi vida pastoral. Antes celebraba con patena y cáliz dorados; ahora tu sangre está en la palma de mi mano. Antes recorría el mundo dando conferencias y reuniones; ahora estoy recluido en una celda estrecha, sin ventana. Antes iba a visitarte al sagrario; ahora te llevo conmigo día y noche, en mi bolsillo. Antes celebraba la Misa ante miles de fieles; ahora, en la oscuridad de la noche, dando la comunión por debajo de los mosquiteros. Antes predicaba ejercicios espirituales a sacerdotes, a religiosos, a laicos…; ahora un sacerdote, también él prisionero, me predica los ejercicios a través de las grietas de
viernes, 11 de marzo de 2011
Domingo I de Cuaresma (A)
13-3-11 DOMINGO I CUARESMA (A)
Gn. 2, 7-9; 3, 1-7; Slm. 50; Rm. 5, 12-19; Mt. 4, 1-11
Homilía de audio en MP3
Queridos hermanos:
- Comenzó el miércoles pasado el tiempo de Cuaresma y ésta se prolongará hasta la Pascua del Señor. Este tiempo de Cuaresma hace referencia a los cuarenta años que estuvieron los israelitas en el desierto del Sinaí, a los cuarenta días que estuvo Jesús en el desierto siendo tentado por Satanás. La Iglesia nos presenta estos cuarenta días como tiempo personal y comunitario de conversión, de purificación y de caminar hacia Dios. En este tiempo de Cuaresma Jesús nos pide que dejemos de lado todo lo que no es Dios o de Dios, y que volvamos nuestro rostro hacia Dios.
La Iglesia nos exhorta a los cristianos para que en este tiempo de Cuaresma recobremos la gracia del Bautismo. Esto se logra con nuestro esfuerzo personal y con la acción misericordiosa de Dios, que nos da su fuerza y su santidad. En cuanto al esfuerzo personal, la Iglesia nos pide que hagamos ayuno tan solo dos días: miércoles de ceniza y viernes santo. Además, nos pide que nos abstengamos de comer carne todos los viernes de la Cuaresma e igualmente el miércoles de ceniza. A través de las lecturas de la Biblia y de la predicación, la Iglesia igualmente nos anima a intensificar la oración personal, la confesión sacramental de nuestros pecados, la lectura de la Palabra de Dios, a compartir nuestros bienes por medio de la limosna… Y muchos fieles añaden ellos mismos otras exigencias o mortificaciones que duran todo el tiempo cuaresmal. Aquí “cada uno sabe dónde le aprieta el zapato” y hace un plan cuaresmal a su medida. Por ejemplo, una persona se ha propuesto lo siguiente: “- Esforzarme en la oración. - Ayunar un día cada semana, además del Miércoles de Ceniza y del Viernes Santo. - Rezar el Vía Crucis los martes y los jueves. - Acompañar más tiempo a mi tía. - Caminar 2 Km diarios. Esto es porque hay días que no salgo ni a la puerta de casa”.
- Propio de este tiempo de Cuaresma es el salmo 50. Hemos leído un trozo de dicho salmo hace un momento. Sería importante que en algún momento de estos cuarenta días oráramos sobre el salmo 50 completo. A este salmo se le conoce como el “Miserere”. Es la primera palabra que inicia la oración: “Misericordia…” Se dice que este salmo lo compuso el rey David tras la denuncia que le hizo el profeta Natán, de parte de Dios, por haber mandado asesinar a Urías, con cuya mujer, Betsabé, se había acostado David. Dios hizo ver a David toda la profundidad y la maldad de su pecado. Fruto de esta gracia de Dios y de su arrepentimiento David compuso este salmo.
Por la lectura de esta oración se ve que hay dos grandes pilares en los que David se apoya: 1) la culpa y responsabilidad del pecador; 2) la bondad de Dios, que perdona. A Él se le súplica, pues sólo de Él puede proceder la salvación y la transformación del hombre pecador en un hombre santo.
1) David, el pecador, no echa la culpa a otros de su maldad, ni se escuda en su propia debilidad e igualmente tampoco David se justifica diciendo que fue más grande la tentación que su fuerza. No. Dice y ora David: “Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado. Contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad que aborreces”. Aquí resalta David que fue él quien pecó y no otro. Es cierto que a Urías lo mataron los soldados enemigos y que fue su general Joab quien lo puso en primera línea, donde más peligro había, pero también es cierto que fue el rey David quien envió una carta por medio del mismo Urías para el general Joab. En esa carta, que era su sentencia de muerte, se daban órdenes precisas para que a Urías se le pusiera en lo peor del combate y muriera, y de este modo se taparía el embarazo adúltero de su mujer por la violación de David. Sólo David violó a una mujer casada. Sólo David engañó a Urías. Sólo David firmó su sentencia de muerte en la carta que le entregó. Sólo David puso a Urías a
2) David apela a la misericordia de Dios (Miserére mei, Deus…). “Misericordia, Dios mío, por tu bondad; por tu inmensa compasión borra mi culpa. Lava del todo mi delito, limpia mi pecado”. ¿Podrán ser lavados y arrancados para siempre del corazón de David todos los horribles pecados cometidos por él? El hombre pecador sabe en lo más íntimo de su ser que sólo Dios puede hacer esto. Por muy grande que sea el pecado del hombre, más grande es la misericordia y el perdón de Dios. Por eso, David se acerca humillado, con dolor de corazón, arrepentido y le muestra a Dios, sin disimulo alguno, sus pecados y le pide su perdón. La respuesta de Dios, como bien nos dice el profeta Isaías, no se hace esperar: “Aunque vuestros pecados sean como escarlata, blanquearán como la nieve; aunque sean rojos como púrpura, quedarán como lana” (Is. 1, 18). ¿Recordáis el caso que os conté hace unos meses de un jugador italiano? Os lo voy a repetir, porque ilumina muy bien todo esto: En el 2004 hubo un campeonato de fútbol europeo. En uno de los partidos jugaba Italia contra Dinamarca. En un momento del encuentro Francesco Totti, jugador italiano, escupió sobre el danés Poulsen. Por este hecho, Totti fue descalificado y se le prohibió jugar durante 3 partidos. Al llegar a Italia, a su casa, descalificado y no pudo seguir jugando con su equipo. Totti cogió un papel y escribió: “Santísima Virgen del Divino Amor (nombre de la devoción de un santuario mariano muy famoso en Italia), te pido perdón y te ruego que nunca me abandones. Tu Francesco”. Este papel lo envolvió en su camisa de la selección y lo entregó al santuario a través de un sacerdote, al que conocía desde niño. Totti ha elegido el camino de la fe para borrar su feo gesto con otro jugador. Decía Totti: “El modo más hermoso para pedir perdón es dirigirse al único que sabe perdonar. Y por eso he sentido la exigencia de regalarle a
En efecto, sólo de Dios procede el perdón y la transformación del hombre pecador en santo. “¡Oh Dios!, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme […] Devuélveme la alegría de tu salvación”. Si Dios únicamente nos perdonara, pero no nos transformara interiormente, volveríamos a la misma situación de antes. No basta el mero perdón, que es mucho. Es necesario que Cristo Jesús nos arranque el corazón de piedra y nos ponga uno de carne. Esta carne debe ser extraída del mismo corazón de Jesús: corazón puro, corazón que comprende y que espera pacientemente, corazón que perdona a los otros y a uno mismo…
El camino que aquí se ha trazado de la mano del salmo 50 es el siguiente: 1) existe un pecado del hombre que hiere y daña a otro hombre y a Dios mismo; 2) el hombre tiene luz para ver su pecado, pero únicamente puede verlo con los ojos de Dios; 3) ver el propio pecado así lleva a uno a un auténtico dolor de corazón y a un arrepentimiento total; 4) el hombre pecador y con luz para ver su pecado suplica a Dios su perdón; 5) el pecador humillado y suplicante es escuchado y perdonado por Dios; 6) Dios transforma a ese hombre y le da un corazón nuevo, un espíritu nuevo; 7) esta nueva situación produce en el hombre alegría. No cualquier alegría, sino
Este es el itinerario que la Iglesia nos marca para esta Cuaresma… y para toda la vida.
¡Que así sea!
viernes, 4 de marzo de 2011
Domingo IX del Tiempo Ordinario (A)
6-3-11 DOMINGO IX TIEMPO ORDINARIO (A)
Dt. 11, 18.26-28; Slm. 30; Rm. 3, 21-25.28; Mt. 7, 21-27
Homilía de audio en MP3
Queridos hermanos:
- Hace unos años, teniendo yo unos 35 años, salía por la mañana de mi casa y me encuentro con un señor de unos 55 años en el portal. Como yo no lo conocía de nada, hice ademán de seguir mi camino, pero él me habló y me llamó por mi nombre. Yo me fije más en él: tenía bigote y éste estaba muy sucio por el tabaco; los dedos de una mano también tenían ese color marrón consecuencia de fumar mucho; los ojos inyectados en sangre y los carrillos muy colorados, como de haber bebido, no en ese momento, pero sí de modo habitual. A pesar de fijarme bastante en él hice un gesto con mi rostro de no reconocerle. Entonces él me dijo que era fulano, y que habíamos ido juntos al instituto de La Luz (Avilés) allá por 1975. Realmente era imposible, al menos para mí, identificar a aquel señor “de unos 55 años” con el compañero mío de un curso del instituto y que en realidad tenía 35 años como yo.
Creo que me lo habéis oído contar en alguna ocasión: en una de mis primeras parroquias había una chica de unos 16 años que, con frecuencia, me decía que no estaba de acuerdo con la Iglesia al impedir ésta las relaciones prematrimoniales. Yo trataba de argumentarle para darle a conocer las razones de todo ello, pero esta chica me decía que no quedaba para nada convencida. Recuerdo que muy poco tiempo después de una de estas “disputas” vinieron sus padres a verme, pues ella se había quedado embarazada de un chico y “había que casarlos”. Yo les di mi opinión y finalmente la pareja, que tenían una edad parecida, se casaron en otra parroquia distinta de las que me correspondía a mí. La chica tuvo que dejar de estudiar; no pudo acabar el bachiller. El chico tuvo que ponerse a trabajar y los padres de ambos les buscaron un piso de alquiler y para allá se fueron los tres. Digo los tres, porque el hijo nació enseguida. Muy poco tiempo después supe que había problemas en el matrimonio… y se separaron casi inmediatamente. Dos inmaduros asumieron (o quisieron asumir, o les hicieron asumir) de repente una serie de obligaciones para las que no estaban preparados ni por supuesto convencidos de ello: tuvieron que asumir la atención de un bebé, las tareas de un hogar, el trabajo fuera de casa, la administración del sueldo, la convivencia conyugal… Luego yo me marché para Roma a estudiar y, al cabo de unos años, regresé por allí; me encontré con la madre de esta chica, y me contó que ésta andaba mucho de discoteca hasta altas horas de la madrugada. Ella, tras la separación, se había ido a vivir con sus padres y eran estos, es decir, los abuelos del niño quienes tuvieron que asumir toda la atención y educación del niño, pues la madre de éste quería vivir la juventud en la que aún estaba.
¿A qué vienen estos ejemplos y muchos más que se pueden poner? Como digo muchas veces, hay acciones del hombre que no traen ninguna consecuencia al mismo: por ejemplo, ponerse una chaqueta u otra, decidir si de postre se come un plátano o una manzana… Pero sí es cierto que otras acciones del hombre sí que traen consecuencias… para sí mismo y para otros. En efecto, el compañero mío de instituto ha ido tomando una serie de decisiones que lo llevaron a un deterioro físico muy importante. En efecto, la chica de antes, la que no veía problemas en tener relaciones sexuales a los 16 años…; pues bien, su decisión y su acción de mantener dichas relaciones le llevaron a elegir inmaduramente a un chico que era tan inmaduro como ella, a un embarazo no deseado, a un matrimonio no conveniente, a un truncar su vida en cuanto a estudios y preparación, a un no asumir su maternidad… y su hijo tuvo que pagar las consecuencias de todo esto. Como dice el refrán: “De aquellos polvos, vienen estos lodos”.
Estos dos ejemplos, y otros muchos que se puede poner, vienen a iluminar y a corroborar las palabras de Jesús en el evangelio de hoy: “…aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se hundió totalmente”. Pero si os fijáis bien, los dos ejemplos que acabo de narrar son casos de la vida corriente y pueden ser contados y/o escuchados por personas sin fe. Y es que con esta primera parte de la homilía quiero hablar simplemente a nivel humano. O sea, lo dicho hasta ahora vale para creyentes y para no creyentes. Y la moraleja es: Nuestras palabras, nuestros actos tienen consecuencias. Y las consecuencias son para nosotros y para los demás. Una buena elección y decisión mía afecta positivamente a los que me rodean, pero al revés también sucede, es decir, mi mala cabeza puede afectar negativamente a los que me rodean. El escoger determinadas compañías, el no fomentar y esforzarme por valores humanos correctos, etc., me va a afectar inexorablemente a mí y a los míos. Un señor juega a las máquinas de modo desorbitado y las consecuencias son: pierde dinero, pierde el trabajo, pierde la vivienda, pierde la familia y, además,
- Repito: Todo esto que he dicho en un sentido negativo, también sucede en un sentido positivo. Todo lo bueno que siembro en mí, en los míos, en los que me rodean… dará su fruto en algún momento. A este respecto recuerdo que en 1984, en mi primera parroquia había un hombre de unos 84 años de edad. Hacía mucho tiempo que no iba por la iglesia y empezó a acudir a mi llegada. Se empezó a confesar conmigo y me dijo que debía su fe a… (pensé que iba a decirme que a mí) a un sacerdote que hubo en la parroquia, cuando él tenía 14 años. Aquel sacerdote se había marchado y él había abandonado la práctica de la fe, pero ahí estuvo sembrada y 70 años después (sin saber cómo; Dios lo sabrá) salió a
- Ya pasando ahora de un modo más explícito al aspecto religioso vemos que Jesús parte de una premisa: “El que escucha estas palabras mías…”. Y a partir de esta escucha se pueden seguir, fundamentalmente, dos posturas diversas: ponerlas en práctica o no. Quien las pone en práctica es un hombre prudente. Quien no las pone en práctica es un hombre necio. El resultado no se ve de modo inmediato, ya que ambos hombres construyen una casa, una vida. Si se mira superficialmente las dos casas, las dos vidas… podemos concluir que las casas se pueden parecer entre sí, aunque la del hombre necio es más barata, ya que no ha tenido que gastar en cimientos. Se ha ahorrado una buena “pasta” en cimientos. En cambio, la casa del hombre prudente es más cara y le ha costado más tiempo, esfuerzo y dinero levantarla. Pero una casa y una vida quedan acreditadas sólo en las pruebas. La casa y la vida del hombre necio –dice Jesús- sucumben ante las pruebas. La casa y la vida del hombre prudente –dice Jesús- resisten ante las pruebas.
Pienso que todos los hombres, de un modo u otro, escuchamos las palabras de Dios, de Jesús. Puede que lleguen a nuestros oídos. Puede que lleguen a nuestro entendimiento. Puede que lleguen al sentimiento. Puede que llegue a nuestra voluntad. Puede que llegue a nuestro corazón, el núcleo íntimo de todo el ser. Muchas palabras nos resbalan, es cierto, pero muchas nos iluminan y nos emocionan. No muchas son las que realmente nos cambian y transforman.
¿Escucho las palabras de Jesús? ¿Cuánto tiempo a la semana dedico a esto? ¿Las pongo en práctica? ¿Mi casa, mi vida está asentada sobre roca o sobre arena?