miércoles, 11 de febrero de 2026

Domingo VI del Tiempo Ordinario (A)

15-2-26                          DOMINGO VI TIEMPO ORDINARIO (A)

Sof. 2, 3;3, 12-13; Slm. 145; 1 Cor. 1, 26-31; Mt. 5, 1-12a

Homilía en vídeo.  

Homilía de audio.  

ESTA HOMILÍA NO PUDE PREDICARLA 15 DÍAS ANTES POR ESTAR AFÓNICO. LO HAGO HOY.

Queridos hermanos:

Seguimos otro día más hablando sobre el Símbolo de la Fe, y en el día de hoy hablamos de la Pasión del Señor.

Párrafo 2. Jesús murió crucificado.

I. El proceso de Jesús.

No todos los judíos, ni los fariseos, ni los sumos sacerdotes estaban contra Jesús. al día siguiente de Pentecostés ‘multitud de sacerdotes iban aceptando la fe’ (Hch 6, 7) y que ‘algunos de la secta de los fariseos... habían abrazado la fe’ (Hch 15, 5) hasta el punto de que Santiago puede decir a san Pablo que ‘miles y miles de judíos han abrazado la fe, y todos son celosos partidarios de la Ley’ (Hch 21, 20) (n. 595).

Las autoridades religiosas de Jerusalén no fueron unánimes en la conducta a seguir respecto de Jesús (cf. Jn 9, 16; 10, 19) […] El Sanedrín declaró a Jesús ‘reo de muerte’ (Mt 26, 66) como blasfemo, pero, habiendo perdido el derecho a condenar a muerte a nadie (cf. Jn 18, 31), entregó a Jesús a los romanos acusándole de revuelta política (cf. Lc 23, 2). Son también las amenazas políticas las que los sumos sacerdotes ejercen sobre Pilato para que éste condene a muerte a Jesús (cf. Jn 19, 12. 15. 21) (n. 596).

La Iglesia declara que no es el pueblo judío quien colectivamente es responsable de la muerte de Jesús, sino que son todos los pecadores, cristianos incluidos. Ahí están las terribles palabras de san Francisco de Asís: Y los demonios no son los que le han crucificado; eres tú quien con ellos lo has crucificado y lo sigues crucificando todavía, deleitándote en los vicios y en los pecados.

II. La muerte redentora de Cristo en el designio divino de la salvación.

Pertenece al misterio del designio de Dios, como lo explica san Pedro a los judíos de Jerusalén ya en su primer discurso de Pentecostés: ‘Fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios’ (Hch 2, 23). Este lenguaje bíblico no significa que los que han ‘entregado a Jesús’ (Hch 3, 13) fuesen solamente ejecutores pasivos de un drama escrito de antemano por Dios (n. 599). Dios ha permitido los actos nacidos de su ceguera (cf. Mt 26, 54; Jn 18, 36; 19, 11) para realizar su designio de salvación (cf. Hch 3, 17-18) (n. 560).

Este designio divino de salvación a través de la muerte del ‘Siervo, el Justo’ (Is 53, 11; cf. Hch 3, 14) había sido anunciado antes en la Escritura como un misterio de redención universal, es decir, de rescate que libera a los hombres de la esclavitud del pecado (cf. Is 53, 11-12; Jn 8, 34-36) (n. 601).

Jesús no conoció la reprobación como si él mismo hubiese pecado (cf. Jn 8, 46). Pero, en el amor redentor que le unía siempre al Padre (cf. Jn 8, 29), nos asumió desde el alejamiento con relación a Dios por nuestro pecado hasta el punto de poder decir en nuestro nombre en la cruz: ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?’ (Mc 15, 34; Sal 22,2). Al haberle hecho así solidario con nosotros, pecadores, ‘Dios no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros’ (Rm 8, 32) para que fuéramos ‘reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo’ (Rm 5, 10) (n. 603).

Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios manifiesta que su designio sobre nosotros es un designio de amor benevolente que precede a todo mérito por nuestra parte: […]  ‘La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros’ (Rm 5, 8) (n. 604). La Iglesia, siguiendo a los Apóstoles (cf. 2 Co 5, 15; 1 Jn 2, 2), enseña que Cristo ha muerto por todos los hombres sin excepción: ‘no hay, ni hubo ni habrá hombre alguno por quien no haya padecido Cristo’ (Concilio de Quiercy, año 853: DS, 624) (n. 605).

III. Cristo se ofreció a su Padre por nuestros pecados.

Desde el primer instante de su Encarnación el Hijo acepta el designio divino de salvación en su misión redentora: ‘Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra’ (Jn 4, 34). El sacrificio de Jesús ‘por los pecados del mundo entero’ (1 Jn 2, 2), es la expresión de su comunión de amor con el Padre (n. 606).

Jesús fue libre toda su vida, incluso a la hora de su muerte: Jesús, al aceptar en su corazón humano el amor del Padre hacia los hombres, ‘los amó hasta el extremo’ (Jn 13, 1) porque ‘nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos’ (Jn 15, 13). Tanto en el sufrimiento como en la muerte, su humanidad se hizo el instrumento libre y perfecto de su amor divino que quiere la salvación de los hombres (cf. Hb 2, 10. 17-18; 4, 15; 5, 7-9). En efecto, aceptó libremente su pasión y su muerte por amor a su Padre y a los hombres que el Padre quiere salvar: ‘Nadie me quita [la vida]; yo la doy voluntariamente’ (Jn 10, 18). De aquí la soberana libertad del Hijo de Dios cuando Él mismo se encamina hacia la muerte (cf. Jn 18, 4-6; Mt 26, 53) (n. 609).

Jesús anticipó en la última Cena su entrega libre: “‘Este es mi Cuerpo que va a ser entregado por vosotros’ (Lc 22, 19). ‘Esta es mi sangre de la Alianza que va a ser derramada por muchos para remisión de los pecados’ (Mt 26, 28) (n. 610). El cáliz de la Nueva Alianza que Jesús anticipó en la Cena al ofrecerse a sí mismo (cf. Lc 22, 20), lo acepta a continuación de manos del Padre en su agonía de Getsemaní […] Jesús ora: ‘Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz...’ (Mt 26, 39). Expresa así el horror que representa la muerte para su naturaleza humana (n. 612).

Este sacrificio de Cristo es único, da plenitud y sobrepasa a todos los sacrificios (cf. Hb 10, 10). Ante todo es un don del mismo Dios Padre: es el Padre quien entrega al Hijo para reconciliarnos consigo (cf. 1 Jn 4, 10). Al mismo tiempo es ofrenda del Hijo de Dios hecho hombre que, libremente y por amor (cf. Jn 15, 13), ofrece su vida (cf. Jn 10, 17-18) a su Padre por medio del Espíritu Santo (cf. Hb 9, 14), para reparar nuestra desobediencia (n. 614). Ningún hombre aunque fuese el más santo estaba en condiciones de tomar sobre sí los pecados de todos los hombres y ofrecerse en sacrificio por todos. La existencia en Cristo de la persona divina del Hijo, que al mismo tiempo sobrepasa y abraza a todas las personas humanas, y que le constituye Cabeza de toda la humanidad, hace posible su sacrificio redentor por todos (n. 616).

Jesús llama a sus discípulos a ‘tomar su cruz y a seguirle’ (Mt 16, 24) porque Él ‘sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas’ (1 P 2, 21). Él quiere, en efecto, asociar a su sacrificio redentor a aquellos mismos que son sus primeros beneficiarios (cf. Mc 10, 39; Jn 21, 18-19; Col 1, 24) (617).

Párrafo 3. Jesús fue sepultado.

En su designio de salvación, Dios dispuso que su Hijo no solamente ‘muriese por nuestros pecados’ (1 Co 15, 3) sino también que ‘gustase la muerte’ (Hb 2, 9) , es decir, que conociera el estado de muerte, el estado de separación entre su alma y su cuerpo, durante el tiempo comprendido entre el momento en que Él expiró en la Cruz y el momento en que resucitó. Este estado de Cristo muerto es el misterio del sepulcro y del descenso a los infiernos. Es el misterio del Sábado Santo en el que Cristo depositado en la tumba (cf. Jn 19, 42) manifiesta el gran reposo sabático de Dios (cf. Hb 4, 4-9) después de realizar (cf. Jn 19, 30) la salvación de los hombres, que establece en la paz el universo entero (cf. Col 1, 18-20)” (n. 624).

“‘Aunque Cristo en cuanto hombre se sometió a la muerte, y su alma santa fue separada de su cuerpo inmaculado, sin embargo su divinidad no fue separada ni de una ni de otro, esto es, ni del alma ni del cuerpo: y, por tanto, la persona única no se encontró dividida en dos personas. Porque el cuerpo y el alma de Cristo existieron por la misma razón desde el principio en la persona del Verbo; y en la muerte, aunque separados el uno de la otra, permanecieron cada cual con la misma y única persona del Verbo’ (San Juan Damasceno, De fide orthodoxa, 3, 27: PG 94, 1098A) (n. 626).

De Cristo se puede decir a la vez: ‘Fue arrancado de la tierra de los vivos’ (Is 53, 8); y: ‘mi carne reposará en la esperanza de que no abandonarás mi alma en la mansión de los muertos ni permitirás que tu santo experimente la corrupción’ (Hch 2,26-27; cf. Sal 16, 9-10) (n. 627).

jueves, 5 de febrero de 2026

Domingo V del Tiempo Ordinario (A)

8-2-26                            DOMINGO V TIEMPO ORDINARIO (A)

 

Is. 58, 7-10; Slm. 111; 1 Cor. 2, 1-5; Mt. 5,13-16

CAMPAÑA CONTRA EL HAMBRE 

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Homilía de audio.  

Queridos hermanos:

            Un año más celebramos la colecta de la Campaña contra el Hambre. El año pasado se pedía en nuestro arciprestazgo de Oviedo para el ‘Fomento de la inclusión social y laboral de la población en situación de riesgo en Wau (Sudán del sur)’. El importe total era de 108.493,00 €. Al frente del proyecto estaban los religiosos salesianos. Los beneficiarios directos: 480, los indirectos: 2.400. Hemos recibido el informe con fotografías, que está a vuestra disposición para que se pueda corroborar a dónde ha ido el dinero enviado por nosotros.

            Antes de presentar el proyecto para este año, hemos de recordar el lema de la campaña que Manos Unidas nos propone hoy: «Declara la guerra al hambre». Las esperanzas de paz en nuestro mundo se vinculan con el reto de una vida digna para todo ser humano, León XIV nos invita, en su Exhortación Apostólica ‘Dilexi te’ (Te amo) de octubre de 2025, a comprometernos con el bien común y, en particular, con la defensa de los más débiles y desfavorecidos; el reconocimiento de la dignidad de millones de personas privadas de su libertad y obligadas a vivir en condiciones similares a la esclavitud. Es, sin duda, una forma humana y sobre todo cristiana de apostar por una paz que erradique toda forma de violencia, incluida la estructural. Según León XIV, «la dignidad de cada persona humana debe ser respetada ahora, no mañana». Desde esta convicción, el Papa no dice: «Ya sea a través del trabajo que ustedes realizan, o de su compromiso por cambiar las estructuras sociales injustas, o por medio de esos gestos sencillos de ayuda, muy cercanos y personales, será posible para aquel pobre sentir que las palabras de Jesús son para él: “Yo te he amado” (Ap 3,9)»

Para este año se nos presenta el siguiente proyecto en la República Democrática del Congo - África Central. El proyecto desea una mejora del acceso a la educación primaria en zona rural Impanga – Idiofa. Importe total 81.249,00 €. Al frente del proyecto está la Diocesis d'Idiofa. Los beneficiarios directos: 785, los indirectos: 4.710.

1.- RESUMEN DEL PROYECTO. Nos situamos en la parroquia de Mwilambongo, una de las 43 de la diócesis de Idiofa. La región sufre serios problemas climáticos y deforestación. El clima es tropical, tiene dos estaciones principales: seca y 8 meses de estación lluviosa. No hay carretera trazada y en periodo de lluvias es intransitable. Se accede solo en moto o vehículos todo terreno. La población es en su mayoría muy vulnerable. Vive de la agricultura y de la pesca tradicional, que practican de manera rudimentaria, así como del comercio de subsistencia. Producen aceite de palma, maíz, mandioca, mijo, calabaza, etc. y talan madera para transformarla en carbón vegetal para cocinar. Sus prácticas arcaicas y su desconocimiento no les permiten diversificar su producción, ni producir al máximo de su capacidad, por lo que no pueden generar mayores ingresos. Sus ingresos medios oscilan entre 15 y 35 USD/mes/familia. Además de la pobreza, se enfrentan al aislamiento, la falta de infraestructuras básicas de agua y electricidad, la ausencia de comunicaciones, sanidad, etc. Su nivel de vida es muy inferior a los estándares mínimos de dignidad humana. Son familias numerosas, de más de 6 hijos, que viven en casas construidas con materiales no duraderos, sin agua potable, ni luz. La situación de las mujeres es muy difícil. Las niñas, claramente desfavorecidas en el acceso a la educación, puesto que se prioriza a los chicos, están destinadas al matrimonio a edades tempranas.

Algunas ONG trabajan en temas agropecuarios y reforestación, pero pocas en educación. La escuela de Primaria de Sta. Teresa de Mwilanbingo se crea en los años 60, una época en la que la economía y la situación del país eran florecientes y por iniciativa del director y de los padres del poblado, que reunieron fondos para su construcción. Es una escuela concertada católica, que en su día tuvo 36 aulas, actualmente derruidas en su mayoría por falta de medios económicos para mantenerlas. Hoy tienen autorización estatal para 20 aulas, pero solo están en uso 7, con una media de 77/niños por aula. Cuentan con 18 maestros y personal de dirección. No hay equipamiento en las aulas y el hacinamiento y las condiciones de los alumnos es inapropiado para un buen desarrollo. Las letrinas están saturadas e inutilizadas por vetustas, y son foco de infecciones.

En este entorno, la Coordinación de Escuelas Católicas de Idiofa, nuestra organización socia local, solicita la ayuda de Manos Unidas para la construcción y equipamiento en 1 año, de una edificación de 5 aulas y un bloque con 4 letrinas. El socio local y los beneficiarios aportan 10% y Manos Unidas el 90% de una edificación que garantizará un entorno de seguridad y mejorará el rendimiento académico y la motivación de los alumnos. El socio local contribuirá igualmente organizando sesiones formativas a los docentes y a los niños centradas en higiene y salud. Impulsarán acciones transversales en coordinación con los diferentes actores del ámbito educativo para fomentar la asistencia de las niñas a las aulas. El equipo de docentes trabajará en un entorno educativo adecuado. La implementación de este proyecto permitirá que 785 personas desarrollen sus actividades en un colegio digno, constituyéndose en un elemento clave para el desarrollo integral de los alumnos y el fortalecimiento de las competencias docentes.

2.- BENEFICIARIOS. Los beneficiarios son 767 alumnos, 498 niños y 269 niñas, que en la actualidad y ante la falta de aulas están hacinados en las aulas con una media de 77 alumnos por aula. Son niños de entre 6 y 12 años, que residen en un entorno agrícola muy vulnerable. Muchos viven en medio del campo a una distancia de 5 km que realizan a pie. Igualmente, entre los beneficiarios hay 16 maestros, todos ellos pagados por el Estado congoleño. Son 9 mujeres y 7 hombres. Además de los dos directores. Los beneficiarios directos de este proyecto serán los 785 mencionados que realizarán actividades escolares y utilizarán las nuevas instalaciones.

3. - PARTICIPACIÓN EN LA ELABORACIÓN DEL PROYECTO. Al tratarse de una población muy vulnerable, la aportación de los beneficiarios será como mano de obra, llevando arena, cemento, piedras, agua, colaborando en la construcción. Esto está valorado en 2.300 $ durante el proceso de construcción. Una vez el proyecto terminado, se ocuparán de su mantenimiento y limpieza. El Socio Local aporta también 1.720 $ en sesiones de formación anuales a lo largo de las 38 semanas lectivas.

4.- ACTIVIDADES A REALIZAR. Construcción de un edificio de 5 aulas, total 67.667 euros (Manos Unidas: 59,400; Socio Local: 6.267. Beneficiarios: 2.000). Construcción de letrinas: Manos Unidas: 14.415 euros. Las aulas constarán de equipamiento como bancos, sillas, mesas y armarios.

miércoles, 28 de enero de 2026

Domingo IV del Tiempo Ordinario (A)

1-2-26                            DOMINGO IV TIEMPO ORDINARIO (A)

Sof. 2, 3;3, 12-13; Slm. 145; 1 Cor. 1, 26-31; Mt. 5, 1-12a

Aviso 

Queridos hermanos:

Seguimos otro día más hablando sobre el Símbolo de la Fe, y en el día de hoy hablamos de la Pasión del Señor.

Párrafo 2. Jesús murió crucificado.

I. El proceso de Jesús.

No todos los judíos, ni los fariseos, ni los sumos sacerdotes estaban contra Jesús. al día siguiente de Pentecostés ‘multitud de sacerdotes iban aceptando la fe’ (Hch 6, 7) y que ‘algunos de la secta de los fariseos... habían abrazado la fe’ (Hch 15, 5) hasta el punto de que Santiago puede decir a san Pablo que ‘miles y miles de judíos han abrazado la fe, y todos son celosos partidarios de la Ley’ (Hch 21, 20) (n. 595).

Las autoridades religiosas de Jerusalén no fueron unánimes en la conducta a seguir respecto de Jesús (cf. Jn 9, 16; 10, 19) […] El Sanedrín declaró a Jesús ‘reo de muerte’ (Mt 26, 66) como blasfemo, pero, habiendo perdido el derecho a condenar a muerte a nadie (cf. Jn 18, 31), entregó a Jesús a los romanos acusándole de revuelta política (cf. Lc 23, 2). Son también las amenazas políticas las que los sumos sacerdotes ejercen sobre Pilato para que éste condene a muerte a Jesús (cf. Jn 19, 12. 15. 21) (n. 596).

La Iglesia declara que no es el pueblo judío quien colectivamente es responsable de la muerte de Jesús, sino que son todos los pecadores, cristianos incluidos. Ahí están las terribles palabras de san Francisco de Asís: Y los demonios no son los que le han crucificado; eres tú quien con ellos lo has crucificado y lo sigues crucificando todavía, deleitándote en los vicios y en los pecados.

II. La muerte redentora de Cristo en el designio divino de la salvación.

Pertenece al misterio del designio de Dios, como lo explica san Pedro a los judíos de Jerusalén ya en su primer discurso de Pentecostés: ‘Fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios’ (Hch 2, 23). Este lenguaje bíblico no significa que los que han ‘entregado a Jesús’ (Hch 3, 13) fuesen solamente ejecutores pasivos de un drama escrito de antemano por Dios (n. 599). Dios ha permitido los actos nacidos de su ceguera (cf. Mt 26, 54; Jn 18, 36; 19, 11) para realizar su designio de salvación (cf. Hch 3, 17-18) (n. 560).

Este designio divino de salvación a través de la muerte del ‘Siervo, el Justo’ (Is 53, 11; cf. Hch 3, 14) había sido anunciado antes en la Escritura como un misterio de redención universal, es decir, de rescate que libera a los hombres de la esclavitud del pecado (cf. Is 53, 11-12; Jn 8, 34-36) (n. 601).

Jesús no conoció la reprobación como si él mismo hubiese pecado (cf. Jn 8, 46). Pero, en el amor redentor que le unía siempre al Padre (cf. Jn 8, 29), nos asumió desde el alejamiento con relación a Dios por nuestro pecado hasta el punto de poder decir en nuestro nombre en la cruz: ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?’ (Mc 15, 34; Sal 22,2). Al haberle hecho así solidario con nosotros, pecadores, ‘Dios no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros’ (Rm 8, 32) para que fuéramos ‘reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo’ (Rm 5, 10) (n. 603).

Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios manifiesta que su designio sobre nosotros es un designio de amor benevolente que precede a todo mérito por nuestra parte: […]  ‘La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros’ (Rm 5, 8) (n. 604). La Iglesia, siguiendo a los Apóstoles (cf. 2 Co 5, 15; 1 Jn 2, 2), enseña que Cristo ha muerto por todos los hombres sin excepción: ‘no hay, ni hubo ni habrá hombre alguno por quien no haya padecido Cristo’ (Concilio de Quiercy, año 853: DS, 624) (n. 605).

III. Cristo se ofreció a su Padre por nuestros pecados.

Desde el primer instante de su Encarnación el Hijo acepta el designio divino de salvación en su misión redentora: ‘Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra’ (Jn 4, 34). El sacrificio de Jesús ‘por los pecados del mundo entero’ (1 Jn 2, 2), es la expresión de su comunión de amor con el Padre (n. 606).

Jesús fue libre toda su vida, incluso a la hora de su muerte: Jesús, al aceptar en su corazón humano el amor del Padre hacia los hombres, ‘los amó hasta el extremo’ (Jn 13, 1) porque ‘nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos’ (Jn 15, 13). Tanto en el sufrimiento como en la muerte, su humanidad se hizo el instrumento libre y perfecto de su amor divino que quiere la salvación de los hombres (cf. Hb 2, 10. 17-18; 4, 15; 5, 7-9). En efecto, aceptó libremente su pasión y su muerte por amor a su Padre y a los hombres que el Padre quiere salvar: ‘Nadie me quita [la vida]; yo la doy voluntariamente’ (Jn 10, 18). De aquí la soberana libertad del Hijo de Dios cuando Él mismo se encamina hacia la muerte (cf. Jn 18, 4-6; Mt 26, 53) (n. 609).

Jesús anticipó en la última Cena su entrega libre: “‘Este es mi Cuerpo que va a ser entregado por vosotros’ (Lc 22, 19). ‘Esta es mi sangre de la Alianza que va a ser derramada por muchos para remisión de los pecados’ (Mt 26, 28) (n. 610). El cáliz de la Nueva Alianza que Jesús anticipó en la Cena al ofrecerse a sí mismo (cf. Lc 22, 20), lo acepta a continuación de manos del Padre en su agonía de Getsemaní […] Jesús ora: ‘Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz...’ (Mt 26, 39). Expresa así el horror que representa la muerte para su naturaleza humana (n. 612).

Este sacrificio de Cristo es único, da plenitud y sobrepasa a todos los sacrificios (cf. Hb 10, 10). Ante todo es un don del mismo Dios Padre: es el Padre quien entrega al Hijo para reconciliarnos consigo (cf. 1 Jn 4, 10). Al mismo tiempo es ofrenda del Hijo de Dios hecho hombre que, libremente y por amor (cf. Jn 15, 13), ofrece su vida (cf. Jn 10, 17-18) a su Padre por medio del Espíritu Santo (cf. Hb 9, 14), para reparar nuestra desobediencia (n. 614). Ningún hombre aunque fuese el más santo estaba en condiciones de tomar sobre sí los pecados de todos los hombres y ofrecerse en sacrificio por todos. La existencia en Cristo de la persona divina del Hijo, que al mismo tiempo sobrepasa y abraza a todas las personas humanas, y que le constituye Cabeza de toda la humanidad, hace posible su sacrificio redentor por todos (n. 616).

Jesús llama a sus discípulos a ‘tomar su cruz y a seguirle’ (Mt 16, 24) porque Él ‘sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas’ (1 P 2, 21). Él quiere, en efecto, asociar a su sacrificio redentor a aquellos mismos que son sus primeros beneficiarios (cf. Mc 10, 39; Jn 21, 18-19; Col 1, 24) (617).

Párrafo 3. Jesús fue sepultado.

En su designio de salvación, Dios dispuso que su Hijo no solamente ‘muriese por nuestros pecados’ (1 Co 15, 3) sino también que ‘gustase la muerte’ (Hb 2, 9) , es decir, que conociera el estado de muerte, el estado de separación entre su alma y su cuerpo, durante el tiempo comprendido entre el momento en que Él expiró en la Cruz y el momento en que resucitó. Este estado de Cristo muerto es el misterio del sepulcro y del descenso a los infiernos. Es el misterio del Sábado Santo en el que Cristo depositado en la tumba (cf. Jn 19, 42) manifiesta el gran reposo sabático de Dios (cf. Hb 4, 4-9) después de realizar (cf. Jn 19, 30) la salvación de los hombres, que establece en la paz el universo entero (cf. Col 1, 18-20)” (n. 624).

“‘Aunque Cristo en cuanto hombre se sometió a la muerte, y su alma santa fue separada de su cuerpo inmaculado, sin embargo su divinidad no fue separada ni de una ni de otro, esto es, ni del alma ni del cuerpo: y, por tanto, la persona única no se encontró dividida en dos personas. Porque el cuerpo y el alma de Cristo existieron por la misma razón desde el principio en la persona del Verbo; y en la muerte, aunque separados el uno de la otra, permanecieron cada cual con la misma y única persona del Verbo’ (San Juan Damasceno, De fide orthodoxa, 3, 27: PG 94, 1098A) (n. 626).

De Cristo se puede decir a la vez: ‘Fue arrancado de la tierra de los vivos’ (Is 53, 8); y: ‘mi carne reposará en la esperanza de que no abandonarás mi alma en la mansión de los muertos ni permitirás que tu santo experimente la corrupción’ (Hch 2,26-27; cf. Sal 16, 9-10) (n. 627).