9-3-2025 DOMINGO
I CUARESMA (C)
Dt.26, 4-10; Slm. 90; Rm. 10, 8-13; Lc. 4, 1-13
Queridos
hermanos:
- ¿Qué es la Cuaresma? Hoy celebramos el primer domingo de Cuaresma.
Ésta dura 40 días: desde el Miércoles de Ceniza hasta antes de la Misa de la
Cena del Señor del Jueves Santo.
La
Cuaresma es un tiempo fuerte para los cristianos.
La
Cuaresma es el tiempo litúrgico por excelencia dedicado a la conversión
de nuestras vidas, lo cual es un medio excelente para prepararnos a la gran
fiesta de la Pascua de Resurrección. La Cuaresma no tiene sentido en sí misma,
sino como preludio y preparación de la fiesta cristiana por antonomasia: la
Pascua.
La
Cuaresma es un tiempo para arrepentirnos de nuestros pecados y de
nuestra vida tantas veces vivida de espaldas a Dios, y también es un tiempo
para cambiar algo en nosotros a fin de ser mejores y poder vivir más cerca de
Cristo. En efecto, en la Cuaresma, Jesús nos invita a cambiar de vida.
La
Cuaresma es el tiempo del perdón y de la reconciliación fraterna. Cada
día, durante toda la vida, hemos de arrojar de nuestros corazones el odio, el
rencor, la ira, la envidia, los celos que se oponen a nuestro amor a Dios y a
los hermanos.
Para
mejor vivir este tiempo cuaresmal, Dios y su santa Iglesia nos proponen algunos medios que nos faciliten este
camino hacia Él:
La
lectura de la Palabra de Dios, especialmente los textos que se leen en
las Misas durante estos cuarenta días tienen una fuerte exigencia para
nosotros. Esta lectura sosegada ha de estar acompañada de la oración.
Además,
en la Cuaresma la Iglesia nos insiste en vivir la austeridad y en hacer
penitencia. Y esto no es por masoquismo, sino por seguir el ejemplo de
Jesús, nuestro Señor, que vivió pobre y austeramente toda su vida.
La
participación en las celebraciones litúrgicas también nos facilitará la
vivencia de la Cuaresma. Así, en la Iglesia se nos presentan varios signos
externos que nos ayudan a vivir y profundizar en este tiempo, por ejemplo, la
imposición de ceniza al inicio de la Cuaresma, practicar el ayuno el Miércoles
de Ceniza y el Viernes Santo, la abstinencia de comer carne los viernes de
Cuaresma, y también el color morado de las casullas de los sacerdotes que
ofician la Misa o en los atriles de los templo. Este color morado es signo de
penitencia.
Compartir
con el prójimo nuestros bienes y haciendo
obras concordes con la voluntad del Padre.
Como veis aquí os propongo algunas
pistas para que podáis elaborar un plan
para la Cuaresma, al cual siempre aludo por este tiempo. Cada uno ha de
preparar este plan de acuerdo a sus posibilidades y circunstancias concretas.
Es preferible proponerse poco y cumplirlo, que mucho y dejarlo por el camino.
Sería también conveniente que, al final de la Cuaresma, examinarais el plan en
cuanto a su cumplimiento y los frutos espirituales alcanzados.
- El desierto en la vida del cristiano. Nos dice el evangelio de hoy
que el Espíritu Santo fue llevando a Jesús al desierto.
Dios nos invita a todos nosotros a
entrar en el desierto, como a los israelitas, un lugar donde se pasa sed,
calor, hay alimañas y peligro de perderse; pero entrar en el desierto y
atravesar es desierto es necesario para llegar a la tierra prometida: Jesús.
Como ya podemos barruntar, el
desierto no es un lugar geográfico. No tenemos que irnos al desierto de los
Monegros (Huesca), ni al de Tánger u otro parecido. El desierto es aquella
vivencia en la que se da una situación ambivalente: es el momento propicio para
encontrarnos con Dios y sentirlo muy cerca sin cosas extrañas y superfluas que
nos distraigan, pero también el desierto es el momento de la tentación, de la
rebeldía y del pecado. Hace un tiempo estuve en la Casa de Ejercicios de Meres
(en las cercanías de Oviedo) dando una tanda de ejercicios espirituales.
Estuvimos allí cerca de 50 personas. Aparte de las charlas, de la Misa diaria,
del tiempo prolongado de oración y silencio, tenía entrevistas con las personas
que acudieron a los ejercicios. Ellas me contaban cómo lo estaban pasando:
Algunas tuvieron ganas de marcharse de allí enseguida, otras se aburrieron por
momentos, otras lo pasaron mal al mirarse interiormente y no gustarles lo que
vieron,
y muchas percibieron la gracia de Dios y su amor generoso y desbordante.
Ir
al desierto, como Jesús, significa pasar hambre, sed, ser tentado por el
demonio, pero también significa salir más purificado y percibir mucho más cerca
a Dios. Por tanto –repito– el desierto no es un lugar geográfico, sino que se
trata de una experiencia de conversión, de comunicación con Dios y de lucha.
Hay varias cosas que debemos tener
claras y que yo tengo el deber de decíroslas por la misión que Cristo me confió
como sacerdote:
1)
Todo creyente que quiera llevar una vida auténticamente cristiana ha de pasar
necesariamente por esta situación de desierto, es decir, de luchas,
sufrimientos, tentaciones, pero también de presencia y de cercanía de Dios.
Podemos no querer entrar en el desierto, pero entonces nos quedamos, como los
israelitas en Egipto, como esclavos. Son los que no pueden superar la primera
tentación de Jesús. Piensan que sólo de pan vive el hombre, que lo importante
es que tenga uno el estómago lleno, aunque sea esclavo del demonio, de su
propio miedo a sufrir, de su comodidad.
2) Dios no nos deja solos en el
desierto. Lo mismo que acompañó al pueblo de Israel, lo mismo que el Espíritu
Santo guió a Jesús, así Dios está con nosotros: confortándonos y guiándonos.
3) Esta lucha nos llena de alegría y
de fe, porque nos esforzamos por algo que tiene sentido. Esta lucha está llena
de agradecimiento, porque todo lo que consigamos es porque Dios nos lo ha dado.
Esta lucha está llena de sentido, porque caminamos hacia la tierra prometida,
es decir, la resurrección de Cristo y la nuestra, hacia una vida feliz, ya aquí
en la tierra y mucho más feliz en el cielo.
¡Señor, ayúdanos a serte fieles
durante esta cuaresma y no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal!
Amén.