viernes, 3 de abril de 2026

Domingo de Pascua (A)

5-4-26                                      DOMINGO I DE PASCUA (A)

Hch. 10, 34a.37-43; Slm. 117; Col. 3, 1-4; Jn.20, 1-9

 

Queridos hermanos:

- Debemos empezar como terminábamos ayer la homilía sobre la pasión y muerte de Cristo; allí en la cruz Jesús estaba sólo, abandonado y muerto, o ya en el sepulcro, que es donde acaba todo. La última canción de la película de Jesucristo Superstar dice así: “Jesucristo, Jesucristo ¿de qué ha valido tu sacrificio?” Eso es lo que Él se preguntaba en aquellos momentos previos a su muerte. ¿Dónde estaba su Dios, dónde? Y también así quedaron los apóstoles: sin Jesús, abandonados a su suerte… Desde el sepulcro, Satanás arrastró consigo al cadáver de Jesús al ‘Sheol’, que es traducido al español en el credo por ‘descendió a los infiernos’. Pero ‘Sheol’ no es sinónimo de infierno, sino que es el lugar común de todos los muertos. Lo traduce bien el alemán cuando dice: ‘das Reich de Todes’, o el portugués cuando dice: ‘ã mansão dos mortos’, o en el mismo sentido está el credo en inglés. La Biblia llama infiernos, sheol, o hades (cf. Flp 2, 10; Hch 2, 24; Ap 1, 18; Ef 4, 9) a la morada de los muertos donde bajó Cristo después de muerto, porque los que se encontraban allí estaban privados de la visión de Dios (cf. Sal 6, 6; 88, 11-13) (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 633).

Satanás había logrado una vez más su objetivo: que los hombres despreciasen el mensaje de Dios y que matasen a su único Hijo. Pero NO. Jesús no murió para siempre; Jesús resucitó al tercer día. Ni la tumba ni el ‘Sheol’ no fueron capaces de retenerlo. Cuando Jesús llegó a lo más hondo del ‘Sheol’, cuando estaba en el reino de la muerte, rompió las ataduras y abrazó a todos los que allí estaban y que habían esperado en Dios. A todos los justos, asesinados y a todos los despreciados los recogió Jesús y, al resucitar, es decir, al volver a la vida, pero no a la terrena, sino a la eterna, los llevó consigo.

            - Sí, hoy celebramos la resurrección de Cristo Jesús, y, con la suya, también la nuestra. Pero, ¿en qué consiste la resurrección? Pues en que una persona pasa de la muerte a otra vida nueva, pasa a una vida que no se acaba nunca, a una vida que no alcanza la muerte.

De acuerdo, puede decir alguien, ¿pero cómo sucede la resurrección? No lo sabemos. Podemos imaginarlo e intuirlo basándonos en la razón y en nuestra fe alimentada por la Sagrada Escritura: se detiene la corrupción del cuerpo muerto; pero sobre todo este cuerpo muerto se transforma en un cuerpo nuevo, y éste se llena de VIDA: Vida eterna, Vida superior, Vida distinta, Vida que capacita para VER las realidades espirituales: a Dios, a los ángeles, a los santos…; Vida que capacita para ver nuestra propia existencia terrenal anterior y a nuestros seres queridos…

¿Qué nos dice la Biblia de la resurrección de Cristo? Lo que el evangelio, que leímos en la Vigilia Pascual de este año, nos dice es lo que sucedió en torno a la resurrección de Jesús: hubo un temblor fuerte de la tierra, hubo una aparición de ángeles, los centinelas romanos puestos por los judíos y por Pilatos ante la tumba de Jesús temblaron de miedo y se quedaron como muertos, el sepulcro de Jesús estaba vacío, Jesús se apareció vivo a los discípulos… De aquí sacamos la conclusión de que Jesús resucitó: volvió a la vida, pero no sabemos cómo sucedió la resurrección. Los discípulos le vieron muerto colgando de la cruz, vieron cómo lo bajaron de la cruz y cómo lo metieron en el sepulcro. Comprobaron perfectamente cómo Jesús estaba muerto en la cruz, al bajarlo y al enterrarlo. Ahora, sin embargo, estaba vivo.

¿Qué provoca en los discípulos la resurrección de Jesús? Esa resurrección provoca también una serie de reacciones o frutos en los discípulos: * “Los centinelas
temblaron de miedo”
, pero el ángel habló a las mujeres y les dijo: “Vosotras no temáis”. Y el mismo Jesús se lo dice de nuevo al final de este evangelio: “No tengáis miedo”. Por lo tanto, el miedo desaparece de los discípulos, cuando Jesús resucitado está cerca. * “Alegraos”, les dice Jesús al aparecérseles, y el evangelio nos dice que efectivamente aquellas mujeres, que acudieron temprano al sepulcro de Jesús, se marcharon “llenas de alegría”.  La alegría forma parte de los discípulos que son ‘tocados’ por Jesús resucitado. * Los discípulos son contactados por Jesús, ya que él mismo les sale al encuentro. * Éstos pueden ‘tocar’ a Jesús. * Asimismo, los discípulos se convierten en misioneros que tienen que anunciar a otros la resurrección de Cristo Jesús.

También hoy, en abril de 2014, nosotros, discípulos de Cristo Jesús, sabemos por la fe que Él ha resucitado, pero no sabemos cómo fue la resurrección de Jesús.

Nosotros hoy, en abril de 2014, podemos experimentar con la resurrección de Cristo una serie de hechos en torno a ella: * La vida y la ilusión de tantos hombres que creen en Jesús y le siguen. * Los hombres y las mujeres que no tienen miedo de anunciar su mensaje, como el jesuita holandés que fue asesinado hace poco en Siria, siendo él el último sacerdote católico que quedaba allí o también el ejemplo que nos dio una anciana en la Rusia comunista de Stalin: Éste quiso arrancar la fe y la creencia religiosa de todos los rusos, por lo que prohibió tributar culto a Dios bajo penas muy severas. En cierta ocasión la policía política comunista encontró a una mujer mayor haciendo oración y adoración ante un icono de Jesucristo. La policía le llamó la atención y le dijo: ‘Mujer, eso tienes que hacérselo a Stalin y no a Jesús’. A lo que la mujer respondió: ‘Sí, estoy dispuesta a hacerlo, pero sólo a partir del día en que Stalin padezca, muera y resucite por mí’. * Tantos ejemplos de personas anónimas que en Asturias (y en otros sitios de España y del mundo) actúan como catequistas gastando su tiempo, no en divertirse o hacer sus cosas, sino en enseñar a niños o jóvenes, o tantas personas que actúan como sacristanes, lectores, cantores en nuestras parroquias, o tantas personas que lavan, limpian, trabajan en las parroquias, en Caritas y en tantas organizaciones a favor de los demás, o tantas personas que ‘perdieron’ su tiempo en esta Semana Santa para adecentar los templos y preparar todo para que estuviera a tiempo.

Termino: ¿cuáles son los frutos que hemos visto o vemos en nosotros mismos por la resurrección de Jesús? Cada uno tendrá que hacer su propia lista…

jueves, 2 de abril de 2026

Viernes Santo (A)

3-4-26                                             VIERNES SANTO (A)

Is 52, 13-53,12; Slm. 30; Heb. 4, 14-16; 5, 7-9; Jn. 18, 1-19, 42

Homilía en vídeo. (Está mucho mejor la explicación en el vídeo que en el audio

Homilía en audio

Queridos hermanos:

            Cuando nos detenemos ante un crucifijo y contemplamos pausadamente aquello que está ante nuestros ojos...; cuando leemos el Evangelio y tratamos de profundizar en qué sucedió a Jesús, sobre todo durante su pasión, nos podemos dar cuenta de que los sufrimientos de Jesús en la cruz fueron de tres tipos:

            1) De tipo físico. Al introducirle tres clavos. Dos en las manos/muñecas otro clavo en los pies superpuestos.

La muerte de un crucificado se produce no por dolores..., no por la pérdida de sangre..., sino por asfixia. El cuerpo que cuelga de la cruz, con los brazos estirados, ejerce una presión sobre la caja torácica de tal modo que impide la respiración del crucificado, por lo que éste debe empinar­se sobre sus pies ayudándose del clavo que tiene en ellos. Así levantándose un poco puede tomar aire, pero esto le causa tal dolor en los pies que debe dejarse caer. En este momento los pulmones quedan nuevamente "aprisionados", por así decirlo, y vuelve a faltarle el aire y se ha de repetir la operación: alzarse sobre los pies, dolor extremo y dejarse caer. Esta agonía puede durar unas 6 horas (así sucedió en el caso de Jesús, según San Marcos), depende de la fortaleza del crucificado. Además, enseguida todo se agrava con calambres en los brazos, la angustia de quedar sin aire en los pulmones con la consiguien­te sensación de ahogo y la pérdida de sangre a través de las heridas que hace sufrir una sed atroz a los que padecen tal muer­te. De ahí que era normal tener algunas sustancias, como vinagre, que empapadas en una esponja servían en cierta medida para calmar y al mismo tiempo "anestesiar" o adormecer al reo.

            A veces, como una medida de gracia, para acortar el sufri­miento y la agonía, se les partía los huesos de las piernas con unas mazas de hierro o madera de tal modo que, al no poder empinarse sobre los pies, la asfixia total llegase en breves minutos y, por tanto, la muerte. Esto fue lo que hicieron con los dos ladrones crucifica­dos a los lados de Jesús.

            Se nos puede ocurrir una pregunta: ¿por qué Jesús murió antes que los otros que tenía a su izquierda y a su derecho? ¿Tal vez era menos resistente que ellos? No. Seguramente se debió al hecho de que Jesús había tenido el fenómeno de sudar sangre en el día anterior por la angustia y el terror ante lo que se le venía encima. Además, le había golpeado muy duramente los judíos en el Sanedrín. Y, por último, le había dado los 39 latigazos. Por todo ello, cuando Jesús llega a la cruz, estaba ya muy debilitado.

            2) De tipo psicológico y afectivo. Jesús vio cómo sus discípulos amados lo negaban, lo traicionaban, lo abandonaban. Jesús vio cómo la gente a la que él había curado, predicado, dado de comer, querido... ahora se volvían contra él y pedían su crucifixión o simplemente se volvían a sus casas desilusionados. Salvo Juan, los demás apóstoles no estuvieron con él a la hora de su muerte. Aquellos apóstoles a los que había escogido, enseñado, querido y mimado durante tres años, ahora no estaban.

            3) De tipo espiritual. Toda la obra de su vida se veía derrumbada. ¿Mereció la pena abandonar su Nazaret de la infancia para... nada? ¿Mereció la pena vivir en la incomprensión y remando contra corriente: contra su propia familia, contra sus conocidos, contra los apóstoles, contra toda la gente que le rodeó para... nada? Todo aquello por lo que había luchado desapareció en un instante.

            En la cruz Jesús grita: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" Jesús experimentó el abandono de Dios. Dios se sintió abandonado por Dios. Jesús experimentó el silencio de Dios ante el sufrimiento de los hombres. ¿Dónde estaba el Dios del monte Tabor? ¿Dónde?

Jesús cargó sobre sí con todos nuestros pecados, con los pecados y dolores de todos los hombres y de todos los tiem­pos. Los pecados de las guerras, de los niños con hambre o maltratados, de los exterminios nazis y otros a lo largo de la historia; toda esa podredumbre la tomó sobre sí. Todo el odio de los hombres, todas las injusticias, las calum­nias, avaricias, egoísmos, soberbias, etc. de los hombres se cargaron sobre Jesús en este momento. Este sufrimiento es algo totalmente misterioso para nosotros y sólo sabemos de él por algunos trozos de la Escritura como cuando Isaías dice "traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes... tomó el pecado de todos..." (Isaías 53 5.8b).

            Sin embargo, las lecturas bíblicas nos traen una frase de sentido a su pasión y muerte, de esperanza, de resurrección: "Por eso Dios lo levantó sobre todo, y le concedió el 'Nombre-sobre-todo-nombre'; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble -en el cielo, en la tierra, en el abismo-, y toda lengua proclame: 'Jesucristo es el Señor', para gloria de Dios Padre" (Flp 2, 9-11).